Recepción: 20 de septiembre de 2025
Aceptación: 4 de diciembre de 2025
Este ensayo fotográfico explora el fenómeno de las animitas en Chile, pequeños altares populares erigidos para las almas de personas fallecidas de manera trágica. Con el tiempo, estas han comenzado a ocupar un rol que va más allá de lo conmemorativo. No solo son visitadas por los seres queridos del difunto o la difunta, sino que también conviven con ellas vecinos y otros practicantes de la religiosidad popular, otorgándoles un lugar relevante en la sanación del cuerpo y del espíritu. Basado en un proceso etnográfico de investigación-creación, el proyecto propone comprender las animitas como nodos de sanación multidireccional, en tanto brindan apoyo a los familiares en duelo, cuidado simbólico al alma del difunto, un espacio de descanso y mediación para la comunidad, así como una resignificación del lugar del accidente. Por medio de imágenes y testimonios, el ensayo muestra cómo las animitas devienen lugares de fe y de cuidado colectivo.
where two souls are healed: a photographic essay on the animita as a healing artifact in chile
This photographic essay examines animitas, small popular shrines erected across Chile at spots where a person has suffered a tragic death. Over time, these sites have come to occupy a role that exceeds commemoration. Besides the deceased’s loved ones, neighbors and other devotees of popular religion also visit these shrines as part of daily life, giving animitas a meaningful role in the healing of body and spirit. Grounded in an ethnographic process of both research and creation, the essay explores animitas as nodes of multidirectional healing: besides resignifying the site of the accident, they provide support for grieving relatives, symbolic care for the soul of the deceased, and a space of rest and mediation for the surrounding community. Through images and testimonies, the essay shows how animitas become sites of worship and collective care.
Keywords: animitas, popular religiosity, healing, memory, mourning, Chile.

Las animitas forman parte del paisaje cotidiano en Chile. Estas pequeñas construcciones populares, erigidas en memoria de personas fallecidas en circunstancias trágicas o inesperadas, constituyen espacios donde se entrelazan memoria, religiosidad popular y prácticas de sanación. En carreteras, esquinas urbanas o rincones de barrio, las animitas son frecuentadas por familiares y vecinos, por conductores y transeúntes. Movidos por la fe o el respeto,1 algunos encienden una vela, dejan una ofrenda, tocan la bocina de su vehículo o simplemente detienen su paso o la mirada por un momento.
Fabián Claudio Flores (2023: 2) plantea la necesidad de “hacer visible lo oculto y penetrar en el universo de la inmaterialidad para, desde allí, repensar la materialidad misma”. El autor retoma a Alicia Lindón (2011: 19), quien sostiene que el espacio no es únicamente un objeto de manufactura y modelado material, sino que su construcción involucra procesos más complejos que integran dimensiones inmateriales : saberes, palabras, imágenes, fantasías e imaginarios. Con base en esta aproximación, planteamos que las animitas en el espacio público chileno dan cuenta de cómo sus objetos aparentemente mínimos –casitas, velas, placas, imágenes– habilitan un desplazamiento en un eje temporal ampliado. En este sentido, las animitas permiten un acceso singular a memorias y traumas (dimensión del pasado), al duelo, los afectos vividos del presente, así como mandas, deseos, aspiraciones y prácticas de sanación personal o colectiva (dimensión del futuro). Cada animita constituye un portal, un espacio sagrado que emerge en medio de lo profano.
La animita es un encuentro del difunto con el visitante, en el que puede ocurrir una sanación espontánea. El título Donde dos almas se sanan interpreta esta dinámica que puede tomar múltiples direcciones. Para los familiares, la animita es un lugar donde pueden expresar y compartir el dolor de la pérdida, abriendo la posibilidad de que otros se unan en ese gesto y los acompañen en el duelo. Al mismo tiempo, la propia animita –como representación del alma del difunto– recibe cuidado y apoyo de la comunidad, lo que permite pensar que el alma en pena encuentra en estos gestos la fuerza para resolver asuntos pendientes en la esfera terrenal y, eventualmente, ascender al cielo. Por su parte, los vecinos y transeúntes hallan en la animita un espacio al que acudir con sus propias súplicas. Finalmente, el mismo lugar del trauma –la esquina, la carretera o el sitio donde ocurrió la muerte trágica– es transformado mediante la presencia de la animita. De este modo, las animitas trascienden su materialidad y se convierten en espacios que comunican mensajes de advertencia, consuelo, fe, memoria y cuidado.
Este ensayo fotográfico busca ofrecer una representación visual de algunas animitas de diferentes zonas geográficas del país,2 con la finalidad de ilustrar el modo de convivir con ellas mediante testimonios de vecinos, familiares o funcionarios de instituciones nacionales.3 Nuestra intención es responder cómo la animita podría entenderse como medio para la sanación individual y comunitaria.
Este ensayo fotográfico surge como parte del proyecto de investigación-creación “Donde el cielo y la Tierra se juntan”, iniciado en 2015 a partir de la tesis de maestría en Antropología Cultural de la autora.4 Desde entonces, el proyecto ha continuado de manera autogestionada y ha ampliado sus alcances. En 2023 se formalizó la realización de un largometraje documental.5 El equipo inicial se conformó por la investigadora y tres estudiantes de Antropología, quienes participaron tanto en el trabajo de campo como en la elaboración del guion. La producción audiovisual cuenta con el apoyo del Laboratorio de Antropología y Arqueología Visual (laav) de la Escuela de Antropología de la Universidad Católica de Chile (uc). Con el paso de los años, el proyecto se ha consolidado como una investigación de carácter colectivo, que involucra a vecinos y devotos de las animitas, familiares y amigos de los difuntos, usuarios de las rutas, artistas independientes y funcionarios públicos. Esta red diversa de participantes ha permitido construir un archivo etnográfico singular en torno a las animitas en Chile. El ensayo fotográfico “Donde dos almas se sanan” recoge una parte de los resultados del material recopilado hasta la fecha con la finalidad de hacer un acercamiento estético y reflexivo al fenómeno estudiado.
Las animitas pueden comprenderse como una expresión situada de un repertorio ritual más amplio propio de la religiosidad andina e hispanoamericana, cuyas lógicas desbordan las categorías binarias modernas entre lo religioso y lo secular, lo natural y lo sobrenatural. Las tradiciones de creencias andinas6 han persistido históricamente como entramados relacionales que articulan identidades, territorialidades y formas de agencia no exclusivamente humanas, resistiendo y resignificando frente a los procesos de evangelización colonial y al catolicismo cultural dominante (Rappaport, 1993; Brosseder, 2012; Morandé, 2015; De la Torre, 2012). Lejos de suprimir las cosmologías indígenas, la colonización promovió formas de sincretismo dinámico y conflictivo que continúan estructurando prácticas rituales contemporáneas (De la Torre, 2012; Frigerio, 2018).
En este marco, el culto a los llamados “muertos milagrosos”, extendido en toda Hispanoamérica, encuentra en las animitas su versión chilena (Parker, 1992), materializándose por lo general como pequeños edículos erigidos en el espacio público en el lugar de una muerte trágica y que operan como cenotafios populares que conmemoran el alma del difunto en ausencia de su cuerpo (Plath, 1993; Ojeda, 2013). Prácticas homólogas se registran en distintos países con denominaciones locales,7 las que dan cuenta de un repertorio ritual compartido que sacraliza la muerte violenta en espacios de tránsito y circulación (Ojeda, 2013: 49).
Desde enfoques recientes, autores como Marisol de la Cadena (2010, 2019) y Penelope Dransart (2019) han cuestionado la noción clásica de religión al destacar la agencia de entidades –montañas, aguas o vientos– que no pueden ser reducidas ni a lo natural ni a lo sobrenatural, sino que refuerzan relaciones éticas y sociales entre humanos y no-humanos en el mundo andino contemporáneo. En esta lógica relacional, diversos estudios muestran cómo la construcción de altares, cruces y la entrega de ofrendas en caminos y lugares de paso continúan siendo prácticas centrales en la producción de memorias colectivas y en la configuración de identidades locales (Richard, 2013; Galdames Rosas et al., 2016; Gaytán y Nava, 2021; Readi Garrido, 2016). Elementos como apachetas (Galdames Rosas et al., 2016), cruces (Lira, 2016) o pagos a la tierra (Bastien, 1978) encuentran continuidad en estos altares urbanos y rurales, resistiendo y adaptándose a la modernidad (Orr, 2016; Richard y Ortúzar, 2023).
En Chile, las animitas son pequeños altares populares erigidos en memoria de personas fallecidas de manera trágica o repentina, por lo general en el lugar mismo donde ocurrió la muerte (Plath, 1996; Parker, 1982, 1997; Readi Garrido, 2016). Por una parte, esta tradición retoma de las costumbres introducidas durante la conquista el gesto de señalar espacialmente el sitio de una muerte violenta; por la otra, incorpora elementos de la concepción andina de la apacheta, entendida como un espacio sagrado donde se establece una mediación entre lo humano y lo divino mediante ofrendas (Thomson, cit. en Readi Garrido, 2016: 20). Aunque su construcción se documenta desde el siglo xix, hoy se encuentran extendidas a lo largo de todo el país, desde caminos aislados hasta barrios urbanos densamente poblados (Salazar, 1999; Pumarino, 2012; Canales, 2014). Suelen adoptar la forma de casitas, grutas o capillas en miniatura, adornadas con plantas, placas, fotografías, imágenes religiosas y ofrendas como velas (Ojeda, 2013: 54).
Diversos investigadores han definido a las animitas como cenotafios populares (Plath, 1996; Ojeda, 2013; Gaytán y Nava, 2021), es decir, monumentos conmemorativos que evocan al muerto en un sitio distinto de aquel donde descansan sus restos. Oreste Plath (1996: 15) explica que, según las creencias populares chilenas, cuando ocurre una muerte violenta el ánima del fallecido permanece en el lugar de la tragedia. Desde allí comienza a actuar como mediadora entre lo humano y lo divino para luego llegar a Dios (Plath, 1996: 16). De este modo, los visitantes pueden ser escuchados por el ánima, quien puede influir en el cumplimiento de sus peticiones (Plath, 1996: 15). Cuando estas se concretan, son interpretadas como milagros. Con el tiempo, algunas animitas pasan a ser veneradas como “santos del pueblo” o “santos no canonizados” (Salas, 1999; Parker, 1993).
La omnipresencia de las animitas a lo largo de Chile ha sido registrada por varios investigadores, quienes se apoyan en testimonios de locales (Benavente, 2011). Un entrevistado, en el marco de nuestra investigación, habla de las animitas de este modo: “Las animitas son importantes; son parte de Chile. Son parte de lo nuestro. No hay ciudad, ni siquiera la más atrincherada de la República, donde no aparezcan” (Emilio, 2025).
Esta presencia extendida y naturalizada en el paisaje cotidiano permite comprender a las animitas no solo desde su aspecto territorial, sino también desde la lógica de expresiones rituales conocidas en el ámbito local. En este sentido, las animitas operan de manera semejante a los altares domésticos:8 también son adornadas con objetos personales y se convierten en punto de reunión en aniversarios de muerte, cumpleaños o fiestas. En ambos casos, la acumulación y personalización de objetos funciona como un lenguaje ritual que articula experiencias íntimas con imaginarios colectivos. La animita, en tanto altar emplazado en el espacio público, ofrece –en nuestra interpretación– un punto de unión entre el cielo y la Tierra, así como un lugar para la elaboración y sanación del trauma ocurrido.
El poder milagroso y sanador de las animitas ha sido referido por numerosos autores (Acevedo y Cortés, 2016; Ysern, 1974; Plath, 1993; Ojeda, 2013). Sebastián Acevedo y Claudio Cortés (2016: 48) sugieren que este poder especial ha promovido el desarrollo de un culto en torno a su figura. A partir de nuestros materiales etnográficos recopilados a lo largo de los años, mostraremos una posible lectura del poder sanador de las animitas, que se manifiesta en múltiples ejes interrelacionados: el apoyo al proceso de duelo de los círculos más cercanos; el acompañamiento a la comunidad mediante la atribución de milagros; la resignificación de espacios locales marcados por la tragedia; la promoción del cuidado mutuo en una comunidad más amplia y, finalmente, la comunicación de un mensaje universal en torno al ciclo de la vida y la muerte.
En primer lugar, estos santuarios cumplen una función importante que apoya el proceso del duelo vivido por los familiares (Bermúdez y Bermúdez, 2002: 341; Urrutia y Valenzuela, 2019). Con el fin de explorar los mecanismos a través de los cuales operan, entrevistamos a Daniela Marino, psicóloga clínica que se desempeña en una unidad especializada en trauma y cuenta con varios años de experiencia en la atención de pacientes que han enfrentado la pérdida de familiares y personas cercanas. De acuerdo con lo señalado por la especialista, las animitas pueden comprenderse del siguiente modo:
Desde la psicología, una animita puede entenderse como una intervención precoz orientada a prevenir la psicopatología aguda tras un evento traumático, como un accidente fatal, por ejemplo. Una vez que la memoria del hecho se consolida –lo que ocurre aproximadamente un mes después de un acontecimiento potencialmente traumático– puede iniciarse y anclarse un posible cuadro de estrés postraumático. Durante ese primer mes existe una ventana de tiempo para realizar intervenciones tempranas que permitan desactivar una memoria que, de otro modo, podría quedar fijada en un exceso de angustia intolerable. La animita funciona como una intervención temprana para evitar que se configure una psicopatología. Se trata de un ritual que puede facilitar y organizar la vida de la persona. Además, en la construcción de la animita la comunidad contribuye a acompañar el dolor y a hacerlo más tramitable (Daniela Marino, 2025).
En este sentido, la animita cumple una función sanadora al operar como un recurso simbólico-terapéutico con efectos concretos en la salud mental, tal como explica la especialista. Ello ocurre mediante su construcción, que actúa como insumo para la prevención de una posible psicopatología; junto a esto, los deudos pueden recibir contención temprana de parte de la comunidad. Como ejemplo citamos aquí un testimonio que hemos registrado en la ocasión de un almuerzo familiar con los más cercanos de Juan José, joven motociclista que falleció con 26 años en un grave accidente en Villa Alemana (2025). Una de las hermanas del difunto Juan José nos relata la construcción de la animita:
Justo cuando se accidentó mi hermano, habían quedado unos neumáticos en la casa. Entonces yo le dije a mi hermana: “Deberíamos hacerle algo conmemorativo a mi hermano, ahí donde pasó el accidente”. Todos me decían que sí. Agarramos el neumático, lo amarramos al poste el primer día, y le pusimos velas. Un amigo de él dijo que le podría hacer la animita. Nosotros le colaboramos con dinero para los materiales. Justo cuando mi hermano estaba midiendo el espacio para la animita, llegó un caballero que no conocíamos, y él regaló una casita de vidrio para las velas. Y mi hermano hizo toda la estructura de fierro, con techo, cemento y rejas. El amigo también fue agregando cosas. Tú abres la puerta y se prenden las luces. Entonces alumbra la animita y se ve qué es lo que está dentro, la foto de mi hermano, una lapidita y regalitos de moto, una moneda que era del año que él nació. Una señora le dejó una planta, después nosotros le llevamos más. Ya está como animita, muy bonita, muy respetada (Eli, 2025).
El testimonio de Eli muestra precisamente el mecanismo explicado por la psicóloga clínica en la práctica. La construcción inicial de la animita surge por iniciativa de la familia en el lugar de la tragedia, como un gesto consciente de conmemoración. Dicho proceso sale del ámbito íntimo progresivamente y es sostenido, validado y enriquecido por la participación de amigos y vecinos, hasta transeúntes desconocidos. De este modo, la animita se consolida como un espacio compartido, construido y mantenido en comunidad. Gracias a este tejido social se agiliza la tramitación del duelo.
Según Claudia Lira, cada construcción responde a la visión de mundo de la sociedad que les dio origen y explica, en parte, las creencias que existen respecto de la vida y la muerte (Lira, 2016: 357). Las animitas se construyen colectivamente en la medida en que las personas depositan en ellas sus afectos del momento. Además, proyectan aspiraciones hacia el futuro a través de mandas (Ysern, 1974; Rojas, 2012). En sintonía con Peter Jan Margry y Cristina Sánchez-Carretero (2011: 2) y con Jack Santino (2011: 97), se comprende que la animita puede vehiculizar demandas colectivas, dar visibilidad a necesidades no atendidas o incluso activar procesos de movilización social.
Esta manifestación tiene raíces, de acuerdo con Plath (1993: 16), en las creencias populares chilenas; según ellas, “las ánimas tienen que trabajar para llegar a Dios, por eso ayudan a las personas”. Entendiendo que hay necesidad por parte de ambas partes –el ánima y la comunidad– se establece la dinámica del intercambio de favores mutuos. El ánima reafirma su rol social como protector. Este proceso se inicia con actos de devoción individual y se intensifica mediante prácticas colectivas como la peregrinación, la instalación de exvotos, ampliación del altar principal, así como la reiteración de ofrendas. La culminación de este ciclo ocurre con el reconocimiento comunitario de un “milagro”, legitimando socialmente al difunto como figura sacralizada (Guerrero Jiménez, 2012, 2015; Almási-Szabó, 2017; Urrutia y Valenzuela, 2019). El rol protector del ánima milagrosa es mediar soluciones cotidianas, aliviando carencias y angustias de la propia comunidad.
Un tercer eje de sanación se manifiesta en la resignificación del espacio mismo. Para anclar teóricamente esta idea, vemos un ejemplo del autor Huub de Jonge (2011: 268), quien relata sobre el poder de los ritos de purificación con base en un caso etnográfico en Bali, referido a la limpieza ritual de un sitio de bombardeo que había marcado a la comunidad balinesa con una pérdida trágica. El autor describe cómo el espacio –percibido como “físicamente y espiritualmente contaminado”– es sometido a un proceso ceremonial orientado a desactivar la contaminación y a restaurar el equilibrio simbólico (De Jonge, 2011: 268). El trauma ocurrido en el sitio físico se reconoce como contaminación simbólica, que debe ser restaurada para que el sitio pueda funcionar nuevamente con normalidad.
En este espacio herido, la animita actúa como sanadora. En las palabras de Paula (26 años, Santiago): “la animita sirve para hacer de alguna manera hermoso y aceptable el horrible lugar donde ocurrió el accidente […] Imagínate si tuvieras que pasar todos los días en la esquina donde tu hijo de seis años fue atropellado. Estarías deprimida, entonces no serías capaz de soportar la presión y luego tendrías que mudarte”. En esta interpretación, los deudos tienden a rechazar o evitar estar en un espacio donde algo terrible ocurrió. En la interpretación de la entrevistada, la animita restaura la armonía del sitio.
Como cuarto punto, este espacio renovado también comunica a los transeúntes y conductores quienes no conocen la historia de la tragedia. Permite recordar lo valioso de la vida perdida y evidencia la necesidad de cuidarse a sí mismo y a los demás. En palabras de Emilio, funcionario del Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones, con desempeño en la región de Antofagasta y responsabilidades a nivel directivo: “La animita te advierte que es una curva peligrosa o que la cuesta es riesgosa […] En todo Chile esto es casi un comentario obligado: ‘Ojo ahí, donde hay tantas animitas’”. Desde esta postura, la animita en la ruta se interpreta inmediatamente como señal de alerta por los usuarios. Como señala Emilio: “Una animita llega más que un letrero para quienes manejan por ahí […] Uno sabe que detrás de una animita hay una muerte”. Las animitas activan una conciencia mayor del peligro latente.
Según el entrevistado, las animitas en el desierto tienen un rol especial. Acompañan a los conductores en el camino, quienes deben manejar en un entorno demasiado uniforme que, en ocasiones, es causa de accidentes. La animita es referente para medir visualmente el avance del vehículo en la ruta. Con frecuencia, los conductores tocan la bocina al pasar al lado de un altar como un gesto de respeto a la animita y también al desierto, reconociendo la fragilidad humana y la posibilidad siempre latente de la muerte. El testimonio del teniente Francisco Cabezas a cargo de la Subcomisaría de Providencia Sur (2025) describe cómo la presencia de animitas en las rutas refuerza la conciencia del riesgo vial de manera pública:
Respecto a las animitas donde aparece la figura de un carabinero, para nosotros resulta algo especialmente llamativo como institución [Carabineros de Chile]. Intentamos aprovechar ese carácter llamativo para hacer también un llamado a la gente a ser más cuidadosa […] Tratamos de ocupar las animitas para realizar campañas preventivas y de concientización, sobre todo en lugares donde la señalética por sí sola no logra el mismo impacto (teniente Francisco Cabezas, 2025).
El testimonio del teniente reafirma que la señalización vial es menos efectiva en la prevención, en comparación con las animitas visibles al borde de los caminos. Algunos organismos públicos9 incorporan la referencia visual a las animitas como parte de campañas10 orientadas a promover conductas preventivas en las rutas.
Las animitas han operado como un fértil núcleo de inspiración para creadores de diversas disciplinas artísticas para la producción cultural contemporánea chilena. Estos altares son referentes estéticos y simbólicos; ello se advierte en obras musicales y audiovisuales (Parra, 2024;11 De la Jara y Caruz, 2025; Muñoz Beck, 2022; Cárdenas y Los Piolitas Cueca Brava, 2019; Bastidas Cárcamo, 2019; Oyarzún Vera, 2018 ), propuestas de instalaciones (Jacobsen, 2017; Osses, 2026), joyería de autor (Ruiz, 2014),12 pinturas (Miranda Osses, 2024a13 y 2024b;14 Molina Henríquez, 2011; Vidor, 1980a, 1980b, 1980c; Bontá, 1990a, 1990b) y puestas en escena (Teatro Municipal de San Javier, 2022). En estas obras, las animitas proponen dialogar sobre la fe popular, identidad tanto local como nacional, y fomentar la discusión sobre problemáticas en torno a la muerte traumática, a la vez que son herramienta de la propia sanación.15 A modo de ejemplo, la obra Usted está aquí, instalación de Pía Osses Espinoza (2026), introduce en el debate público la problemática de los suicidios en el Metro de Santiago. La obra contribuye a la sanación de la propia autora y a la difusión de conocimiento sobre el número y localización de los incidentes, promoviendo una mayor conciencia respecto del cuidado mutuo en espacios de tránsito.
En esta sección del ensayo conoceremos, mediante fotografías y testimonios, qué es la animita en palabras de los mismos chilenos. El ensayo se abre con una serie de imágenes que muestran la animita como lugar donde el ánima persiste. Mediante las imágenes de esta sección observamos que la animita funciona tanto como memorial íntimo como advertencia pública. Las primeras fotografías muestran los sitios exactos de accidentes o muertes violentas, marcados por la irrupción de la tragedia en el espacio cotidiano. La animita aparece en sitios diversos desde el norte al sur, en el borde de una carretera, en la esquina de un barrio, en la vereda de una ciudad transitada. Cada una señala un acontecimiento doloroso, pero también advierte a quienes pasan: aquí ocurrió algo, aquí se perdió una vida de modo injusto.
En esta sección, el registro fotográfico presenta a las animitas en su dimensión de santos populares, poniendo énfasis en las narrativas del milagro y en las prácticas devocionales que las sostienen. Las imágenes permiten observar no solo los relatos de intercesión atribuidos a cada figura, sino también el profundo respeto que manifiestan los devotos, las comunidades locales e incluso ciertas instituciones frente a estas animitas consideradas milagrosas. Este artículo da cuenta de la lógica relacional de la devoción, con una dinámica de intercambio simbólico entre promesas, ofrendas y favores concedidos, interpretada a partir de las propias palabras de las personas entrevistadas.
Las fotografías aquí reunidas corresponden a animitas de fuerte arraigo territorial y reconocimiento devocional: la animita de María Márquez, ubicada en Nercón (Chiloé), asociada a la protección de niños y viajeros; la animita de Fortuoso Soto, en el barrio Bellavista de Puerto Montt, reconocida por su poder intercesor en temas de salud, protección y bienestar familiar; la animita de Romualdito, emplazada en el centro de Santiago, una de las más visitadas del país y símbolo urbano de la fe popular; y la animita de Astrid Soto, la Niña Hermosa, situada en el kilómetro 22 de la ruta 78, vinculada especialmente a la protección de conductores y motoqueros.
Esta sección se organiza en tres momentos: encuentros cotidianos, reclamando espacio y la presentación de una serie de animitas como figuras cercanas. En el primer momento, las fotografías muestran la convivencia cotidiana con las animitas. El segundo evidencia cómo el espacio público se reconfigura a partir de las heridas que la tragedia ha dejado en él. Las rejas de un supermercado pueden transformarse en un lugar de oración. La sangre derramada puede modificar nuestra relación con el territorio. La animita llega ahí afirmando su derecho a ocupar ese sitio. En un tercer momento, las animitas son presentadas explícitamente como personas “iguales a nosotros”, dotadas de personalidad, gustos y roles reconocibles dentro de la comunidad. Estas animitas aparecen humanizadas a través de los objetos que las rodean y de los relatos que las nombran; tienen gustos y preferencias comprensibles para quienes las visitan. Las figuras introducidas aquí encarnan identidades singulares.
¿Qué ocurre cuando una animita no está? Las fotografías y testimonios de esta sección dan cuenta de que esta ausencia se percibe como una pérdida doble. No solo se pierde el objeto material, sino también un espacio de mediación. Como sugiere Federico Aguirre (2025), lo que está en juego no es un símbolo abstracto de la muerte, sino la presencia concreta de un difunto. La imagen, los objetos personales y las ofrendas resultan indispensables para afirmar la presencia de la animita y del ánima que la habita. La animita no puede no estar ahí porque la sangre derramada ya marcó el lugar y, desde ese momento, el ánima pasa a ser su habitante.
El ensayo concluye centrándose en la dimensión sanadora de las animitas. Como cierre de la exploración etnográfica realizada hasta el momento, este apartado identifica algunos de los ejes a través de los que la sanación asociada a las animitas –en nuestra interpretación– opera en múltiples direcciones. Las fotografías y los fragmentos de esta sección muestran cómo este proceso es simultáneamente íntimo y colectivo: sana al familiar que encuentra un espacio donde expresar y elaborar su dolor; apoya el ánima del difunto, que recibe cuidado y acompañamiento; sana a la comunidad, que halla en ella un lugar de encuentro y mediación; y sana también el propio espacio del accidente, transformado en un sitio significativo, resignificado y protegido.
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Lili Almási-Szabó es docente de la Escuela de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Pontificia Universidad Católica de Chile. Directora del proyecto de investigación-creación “Donde el cielo y la Tierra se juntan”.
David Arturo Espinoza Zamudio es estudiante en el programa de Pregrado en Antropología, Escuela de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Pontificia Universidad Católica de Chile. Ayudante del proyecto de investigación-creación “Donde el cielo y la Tierra se juntan”.
Pedro Pablo Medina Andrade es estudiante en el programa de Pregrado en Antropología, Escuela de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Pontificia Universidad Católica de Chile. Colaborador del proyecto de investigación-creación “Donde el cielo y la Tierra se juntan”.