Enfermedad y guerra: breve análisis de un phármakon etnográfico a partir de sus efectos secundarios

Recepción: 11 de octubre de 2025

Aceptación: 6 de enero de 2026

Maraña. War and Disease in the Jungles of Colombia

Lina Pinto García, 2025 University of Chicago Press, Chicago, 240 pp.

Luego de más de seis décadas de conflicto interno, en el que distintos grupos guerrilleros –con alguna filiación política de izquierda– se enfrentaron al Estado colombiano materializado en sus fuerzas militares y en varios grupos paramilitares –con alguna filiación política de derecha–, a finales de 2016 se firmó un acuerdo de paz entre el grupo guerrillero Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (farc-ep) y el gobierno colombiano encabezado por el entonces presidente Juan Manuel Santos. La negociación y posterior firma de estos acuerdos abrieron la posibilidad para iniciar un periodo de transición en varios niveles.

Por un lado, las y los guerrilleros que decidieran apegarse a lo acordado se desmovilizarían y podrían reintegrarse a la sociedad civil, lo cual implicó la creación de las denominadas Zonas Veredales Transitorias de Normalización (zvtn) como centros de reunión para todas las personas interesadas en dar ese paso. Por el otro, se inició un proceso de justicia transicional que dio lugar a la creación de un Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, que incluye tres cuerpos: 1) la Jurisdicción Especial para la Paz, 2) la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en el Contexto y en Razón del Conflicto Armado, y 3) la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.

Es en este entorno de apertura tanto del grupo guerrillero, como de las instituciones del Estado, incluyendo las fuerzas armadas, y del reconocimiento de las víctimas del conflicto armado, en el que se inscribe el trabajo etnográfico de Lina Pinto García. Graduada en Biología (Universidad de los Andes, Colombia) y con una sólida formación doctoral en Estudios de la Ciencia y la Tecnología (Universidad de York, Canadá), Lina nos ofrece en Maraña. War and Disease in the Jungles of Colombia los resultados de un trabajo etnográfico que comenzó en 2017 y se extendió por los turbulentos años de la pandemia por covid-19, en el cual rastrea, registra y elabora la compleja vida social de la leishmaniasis en el contexto del conflicto armado colombiano.1

El trabajo etnográfico la llevó desde zonas rurales en las selvas colombianas, donde se encontraba una de las zvtn que visitó y donde pudo entrevistar a varias personas que habían participado activamente en las guerrillas de las farc-ep, hasta otras poblaciones afectadas por el parásito en el Pacífico colombiano, pasando por laboratorios de investigación en enfermedades tropicales y el Centro de Rehabilitación de Leishmaniasis, en el que las y los soldados de las fuerzas armadas de Colombia –infectados con el parásito– recibían atención y cuidados médicos para la leishmaniasis. Lejos de encontrarnos con una etnografía que revela formas de extrañamiento o sorpresa desde una distancia segura, Maraña resulta ser un asunto mucho más cercano e íntimo, de modo que sus efectos han de sentirse en la piel y en las entrañas. Si bien estos lugares para la manifestación de sus efectos se corresponden con los de la leishmaniasis, me refiero también a lo que produce para las colombianas y colombianos, al interior del país o en el extranjero –como es mi caso–, que nos adentramos en sus páginas y entramado. Quizá la mayor virtud de Maraña sea esa capacidad de producir un extrañamiento sensible pero profundo, doloroso y, a la vez, cuidadoso con respecto a lo que ha sido el conflicto armado colombiano y su vida después de los acuerdos de paz. En ese sentido, además de constituir primariamente una etnografía de una enfermedad y su tratamiento, este libro puede leerse como un relato de los padecimientos y dolencias del conflicto armado, tanto para quienes se vieron afectados por la leishmaniasis en las selvas como para quienes desde la comodidad de nuestros hogares percibíamos con suma parcialidad la realidad del conflicto, así como para quienes decidían tomar partido por uno u otro bando sin mayores aspavientos. Como toda buena narración, ella misma se dispone como alivio para el malestar; sin embargo, el phármakon etnográfico que ofrece no está exento de efectos secundarios.

Visión doble

Al inicio del libro, se narra el viaje de Andrea González (seudónimo) hacia la selva para realizar ensayos clínicos del glucantime (pp. 1-2). Hay en este relato una imagen que ilustra a cabalidad el despliegue etnográfico de la autora: desde el helicóptero, el denso dosel se asemejaba a una alfombra verde y aterciopelada que se extendía sobre el horizonte, para luego, ya en tierra, convertirse en algo diferente, en esa maraña en la que se entrelazan y entrecruzan los árboles y sus ramas en un tejido de lianas y follaje.

A ello se suma una anécdota que da cuenta de los comienzos de esta investigación, en 2012, cuando, durante una conversación acerca del glucantime, Lina se enteró del control que mantenía el Estado colombiano sobre el medicamento como medida para hacerle daño a las guerrillas (p. 34). Le sorprendió el modo en que las y los científicos asumían dicha restricción como algo erróneo, pero al mismo tiempo como una medida concebible e imaginable, particularmente en el contexto de normalización de la violencia que se ha vivido en Colombia desde hace varias décadas.

La imagen del helicóptero descendiendo muestra cómo el acercamiento desde el cielo hacia la tierra revela que la homogeneidad percibida no es más que una ilusión como efecto de la escala; al disminuirla nos encontramos con la densa maraña. En la anécdota se puede percibir el efecto contrario: la atención prestada a una conversación casual culminó en un impresionante esfuerzo etnográfico en el que se vincularon diversos factores, agentes y modos de circulación, hasta construir un denso tejido, una maraña. Ahí, donde se tocan los dos movimientos que señalan la imagen (de lo macro a lo micro) y la anécdota (de lo micro a lo macro), se encuentra el detalle.

El cuidado, la acogida y el trabajo con el detalle son, en mi opinión, los puntos centrales de esta etnografía. Lejos de constituir meramente una serie de descripciones meticulosas que se apilan, la atención al detalle se reviste de un carácter propiamente metodológico. Contrario a lo que el sentido común pudiera indicar, la etnografía que presenta Maraña tiene la efectividad de exponer a plenitud que el detalle no es la parte más pequeña, el extremo ínfimo de una escala, sino lo que permite el movimiento entre distintas magnitudes y escalas.

Debilitamiento inmunológico

La primera vez que leí el trabajo de Lina fue gracias al libro Belicopedia (Ruiz-Serna y Ojeda, 2023), una reunión de distintas voces de los estudios de las ciencias y la tecnología en Colombia, en el que se narran las maneras en que la guerra ha sido capaz de crear, destruir, modificar relaciones e, incluso, impedir que se formen. Este texto es uno de las muchas producciones culturales que se inscriben en la estela de la firma de los acuerdos de paz de 2016 y del impresionante trabajo que hiciera la Comisión de la Verdad en los 11 volúmenes que finalmente fueron publicados. En ellos se recogen los testimonios de víctimas del conflicto, ya sea de la población civil (con un énfasis especial en las diferencias que se presentan al hablar de mujeres, comunidad lgbtiq+, comunidades indígenas y afro, entre otras), de las guerrillas, de las fuerzas armadas, de los paramilitares o, incluso, del territorio mismo. Hay otro tipo de producciones culturales, como la novela Esta herida llena de peces, de Lorena Salazar Masso, o la película Yo vi tres luces negras, del director Santiago Lozano, por mencionar algunas, que se inscriben en este mismo legado al que ahora se integra Maraña.

Lo que tienen en común estas producciones culturales –una etnografía es también una producción cultural– es que ponen sobre la mesa una serie de narrativas diferentes acerca de la guerra y sus efectos; abren una conversación sobre temas, preguntas y encrucijadas que se mantenían ocultas por la constancia mediática del conflicto y los discursos que dominaban su presentación. A los compromisos adquiridos con la firma de los acuerdos de La Habana todavía les falta mucho para hacerse realidad; de hecho, la situación actual de Colombia parece regresar a niveles previos y crecientes, aunque distintos, de violencia. Sin embargo, la firma de los acuerdos sirvió, desde mi perspectiva, para tomar una bocanada de aire fresco en medio del fétido ambiente que se respiraba, para abrirle campo a otras formas de pensar lo que ocurre en la guerra más allá de los bandos, de los amigos y los enemigos, del nosotros y los otros, para recuperar una forma mucho más rica de acción política.

Hago énfasis en este último punto porque Maraña revela mucho al respecto. La leishmaniasis afectaba a todos los actores del conflicto armado, siempre y cuando se sumergieran en la maraña de la selva; no solo eso, la disposición del tratamiento y las medidas que tomó el Estado colombiano para hacerse del control absoluto y exclusivo del glucantime pusieron de relieve que afectarlos a todos no significaba hacerlo de la misma manera. Esta situación se muestra en lo que la autora describe como la extensión farmacéutica de la guerra [pharmaceutizalization of war] (capítulo 2). En ese sentido, la leishmaniasis no es –como solía decirse, no sin cierta ingenuidad, sobre el covid-19– una enfermedad democrática. Sin embargo, sí tuvo un efecto peculiar al desdibujar las barreras claras entre víctimas y victimarios, entre los buenos y los malos, entre el Estado y los otros, cuando la escala se pone no en las instituciones y quienes se encargan de tomar decisiones en los altos mandos, sino en esa escala mucho más detallada de quiénes son las personas que le dan cuerpo a la guerra y sus enfrentamientos.

Queda claro por el estigma de enfermedad guerrillera ligado a la leishmaniasis que hubo un efecto negativo preponderante sobre esta población, particularmente porque el acceso al tratamiento farmacéutico implicaba quedar a expensas del radar del Estado y sus consideraciones acerca del presunto “enemigo interno” y de la seguridad nacional (capítulo 1). Cuando la autora se adentra en el Centro de Rehabilitación de Leishmaniasis, ubicado en el batallón Silva Plazas en Duitama, otros cuestionamientos se asoman, en particular aquellos acerca del estatus de las y los soldados en el conflicto.

A pesar de que se encuentran protegidos por el Estado, de que sus tratamientos los paga el Ministerio de Salud y no el de Defensa (asunto que evidencia su lugar como ciudadanos antes que como parte de las fuerzas armadas), estas medidas de cuidado y protección ocurren dentro de una lógica bélica: lo primordial no es la salud, sino la posibilidad de tener a las y los soldados de vuelta, lo más pronto posible, en el campo de batalla (capítulo 3). Sin entrar en pormenores acerca del trasfondo socioeconómico de las personas que se enrolan en el ejército, no es una exageración afirmar que las medidas de cuidado y de protección dentro de la lógica bélica solo refuerzan una concepción de las y los soldados como carne de cañón para el conflicto armado.

En este contexto, el juego de escalas también se ve afectado por el debilitamiento inmunológico, de modo que la escala de las células y de las citoquinas, misma que domina el discurso biomédico de la enfermedad y su tratamiento, le cede su lugar a la escala de los cuerpos que sufren, que se debilitan y que padecen la enfermedad y también la agresividad de las inyecciones de glucantime que durante tres semanas, y en ocasiones dos veces al día, tienen que recibir las y los soldados. Las dolencias glúteas llevan a que quienes reciben las inyecciones se vean incapacitados para sentarse o realizar actividades cotidianas, al punto que hay quienes consideran dejar incompleto el tratamiento; pero también constituye un nodo para que quienes las inyectan pongan en marcha estrategias que causen el menor impacto posible (capítulo 4).

Gracias a la narrativa de Maraña, el acto mismo de inyectar una nalga se convierte en todo un despliegue de experticia, habilidad y compasión. La agresividad del tratamiento, aunada a los cuidados que el personal de salud despliega para minimizar esa característica del medicamento, pone de relieve el carácter sociomaterial de la enfermedad y el cuerpo. En lu-gar de mantener la unidad propia de la lógica inmunológica, Pinto García muestra de qué modo el conflicto también se convierte en un vector de multiplicidad de los cuerpos, a la sazón de la bien conocida obra de Annemarie Mol (2021) o del más reciente aporte de Santiago Martínez Medina (2021).

Este debilitamiento inmunológico también se pone en evidencia en la negativa a caer en el lugar común de la guerra contra la enfermedad o de presentar a la leishmaniasis como el “segundo enemigo del Estado” después de las guerrillas (p. 155), imagen común en los medios y en la caracterización que algunos científicos hicieran de la enfermedad.

Trastornos de la memoria

Estudié Biología en la Universidad de Antioquia, donde hay dos grupos de investigación biomédica reconocidos. El primero, que no tiene que ver con la investigación de este libro –aunque sí con el trabajo actual de Lina–, es el Grupo de Neurociencias de Antioquia, que está dedicado a estudiar una forma de Alzheimer hereditaria que se presenta en una familia de Yarumal. El segundo es el pecet (Programa para el Estudio y Control de Enfermedades Tropicales), donde se estudian padecimientos como la enfermedad de Chagas o la leishmaniasis. No tuve mayor información sobre este último grupo, pues no estaba entre mis intereses formativos, pero sí supe que la leishmaniasis ocupaba una buena parte de la atención y el tiempo de sus investigaciones, razón por la que pensaba que era una afección muy tenaz y difícil que afectaba a muchas personas, al menos en la selva. La relación de esta enfermedad con el conflicto estaba completamente velada y es algo que he confirmado al preguntarle a mis compañeros de generación. Parece entonces que el problema de memoria no era solo individual, sino que se desplazaba hacia lo colectivo.

La lectura de Maraña me obligó a reconsiderar estos recuerdos y a preguntarme por qué nunca escuché nada acerca de la relación entre la leishmaniasis y el conflicto armado, ni siquiera para decir que las investigaciones y los ensayos clínicos se hacían en alianza con el ejército, además de recibir dinero que provenía de proyectos cercanos al Ministerio de Defensa y mucho menos del control que ejercía el Estado sobre los medicamentos (capítulo 5). Ni hablar de que el tratamiento más común sea a base de antimonio, un metal que se usaba para inducir vómitos o que era parte de los procesos alquímicos por sus propiedades para purificar oro, el que, incluso como medicamento, tiene una alta toxicidad.

Hay toda una escala de la investigación científica que queda tras bambalinas al cruzar las puertas de los laboratorios y los centros de investigación, como ocurre con la Sede de Investigación Universitaria (siu) de la Universidad de Antioquia. Esto no solo se convierte en un problema para seguir las prácticas científicas y reconstruir las redes sociales, económicas y políticas que las sostienen –como bien lo han estado haciendo los estudios de la ciencia y la tecnología–, sino que, siguiendo la propuesta de la autora, en este caso particular se convierte también en un obstáculo para hacer memoria, para la construcción de la verdad y para la rendición de cuentas tan necesarias en un proceso de justicia transicional como el que ha estado viviendo Colombia desde hace casi una década.

Sueños lúcidos

A diferencia de miles de publicaciones que han repetido hasta el cansancio el concepto de entanglement de Karen Barad (2003), Lina nos recuerda sus orígenes en la mecánica cuántica y, por ende, sus limitaciones. Si bien la palabra maraña es una traducción posible de entanglement, lo que llama la atención en su propuesta no es tanto la maraña o el enmarañamiento, sino el proceso inverso: el desenmarañamiento (“Introducción”). Quiero sugerir que, justamente, es el desenmarañamiento el aporte conceptual más fructífero y relevante de esta etnografía.

El concepto de entanglement, como otros similares, es útil para pensar que son las relaciones las que constituyen a las entidades, y no al contrario; de este modo, cualquier cambio en ellas implica la generación de nuevas relaciones. Sin embargo, lo que señala el desenmarañamiento es que, antes de darle paso a nuevas relaciones, tendríamos que deshacer aquellas relaciones nocivas en las que ya nos encontramos (“Conclusión”). Dicho así no parece haber una gran novedad, pero creo que este trabajo es uno de los pocos que señala esta ruta con firmeza. Su propuesta resuena y le da sentido al llamado de Elizabeth Povinelli a prevenir que las ontologías relacionales se conviertan en formas asépticas de construcción de la realidad: primero están las relaciones y las entidades que se hacen al relacionarse, para luego verter sobre dicha base el contenido histórico y social específico de la situación en la que las relaciones ocurren.

Con esta mezcla lista, es entonces posible visibilizar las formas de la violencia que atraviesan buena parte de la vida contemporánea; habría que darle la vuelta a esa aproximación y partir de las condiciones concretas de violencia y asimetría para comprender de qué manera se han constituido y forjado las estructuras relacionales (Povinelli, 2021). Además, la claridad conceptual que ofrece el desenmarañamiento resulta útil para forjar prácticas que desafíen la hegemonía del solucionismo tecnológico que encarna la industria farmacéutica y la disposición del glucantime en el conflicto.

Desenmarañar constituye, pues, una ruta de acción política que implica conocer la maraña y el proceso de enmarañamiento. Esto se vincula con la importancia del detalle que señalaba al principio, así como con la necesidad de deshacer la maraña, no con la finalidad de regresar a un estado previo, sino para desatar cabos que se puedan juntar con otros gracias a la mediación de valores como la justicia o la equidad social. En otras palabras, desenmarañar nos aleja de los imaginarios del jardín del edén o del apocalipsis –como dos extremos de un uróboro– para abrir otros caminos de exploración.

Desórdenes lingüísticos inespecíficos

Hay una tendencia en los estudios de la ciencia y la tecnología que, por su cercanía disciplinar involucra también a la antropología y a la etnografía, confirma Maraña: la supremacía conceptual del inglés. No me refiero aquí a que el inglés sea la lengua de uso más socorrida para comunicar ideas y planteamientos entre comunidades académicas que hablan distintas lenguas. Me remito específicamente a los conceptos. Al detenerse en las referencias, se puede apreciar que la mayor parte de las que hablan del conflicto armado en Colombia están en español. De igual manera, todas las entrevistas se llevan a cabo en esta lengua. El inglés, por su parte, domina en lo que concierne a la literatura científica tocante a la leishmaniasis, así como en prácticamente todas las referencias que usa como andamiaje conceptual, de modo que casi todos los conceptos se encuentran en inglés. No obstante, pese a todo, el concepto central de Maraña está en español.

La tensión que intento señalar no es exclusiva del libro, por supuesto, pero creo que este, en particular, me permite articular ciertos interrogantes que considero relevantes para el quehacer disciplinar de estas áreas en nuestra lengua. Lejos de encontrarme en una suerte de defensa acérrima del español, considero que resulta conveniente resaltar un cierto escrúpulo académico relacionado con la traducción al que valdría la pena prestarle atención. Como hablantes del español hemos vivido en numerosas y muy diversas ocasiones el influjo del inglés: la exigencia de constreñirse a formas de escribir y expresarse “académicas”; la proliferación de calcos y neologismos; o la diseminación de términos que parecen no tener equivalente en español. En contra de esta tendencia, cada vez es más usual encontrar en inglés un sinnúmero de palabras en otros idiomas, dependiendo de la localidad de las y los autores, señalando con ello que la posibilidad de comunicación del inglés encuentra sus limitaciones en la especificidad propia de realidades ajenas a su esfera de acción directa.

Maraña abre con una nota acerca de los términos y las dificultades de la traducción: selva no es exactamente equivalente a jungle o forest; no hay un equivalente en inglés para departamento en tanto demarcación geopolítica y administrativa; a ello se le suman numerosas expresiones coloquiales que, en las transcripciones de las entrevistas, permanecen en español con una traducción tentativa al lado. No es mi intención juzgar estas decisiones de la autora o de quienes consideran que esa es la manera de proceder en estos casos. Me interesa, más bien, hacer preguntas: ¿por qué la escritura académica, a diferencia por ejemplo de la literatura o la poesía, puede tener el privilegio de no traducir algunas de sus palabras y exigirle a sus lectores que hagan la correspondiente gestión lingüística?, ¿constituyen estos crecientes bancos de términos y expresiones en otras lenguas un enriquecimiento de la cultura y de la teoría?, ¿no estaremos perdiendo algo de nuestras posibilidades imaginativas y conceptuales al imponer políticas lingüísticas muy restrictivas sobre el quehacer de la traducción?

Las respuestas claras me eluden al enfrentarme a estas interrogantes, pero me gustaría cultivar el terreno, aunque solo sea de pasada y para terminar, con otras perspectivas que pudieran dar lugar a una conversación crítica y comprometida. En primer lugar, recordar que los intraducibles constituyen “no lo que no se traduce, sino lo que no cesa de –no– traducirse” y, por ende, forman parte de lo que singulariza y pone en relación a las distintas lenguas (Cassin, 2019: 21). En segundo lugar, rememorar que la traducción es siempre una forma de “hacerse de las palabras de otros, para hacerse de palabras con otros” (Castro Ramírez, 2018: 59). Con seguridad, la reciente aparición de la traducción al español de Maraña (Pinto García, 2026), auspiciada por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (icanh) y la Universidad de los Andes, servirá para continuar esta discusión.

Bibliografía

Barad, Karen (2003). “Posthumanist Performativity: Toward an Understanding of How Matter Comes to Matter”, Signs: Journal of Women in Culture and Society, vol. 28, núm. 3, pp. 801-831.

Cassin, Barbara (2019). Elogio de la traducción. Complicar el universal. Trad. por Irene Agoff. Buenos Aires: El Cuenco de Plata.

Castro Ramírez, Nayelli (2018). Hacerse de palabras: traducción y filosofía en México (1940-1970). México: Bonilla Artigas.

Martínez Medina, Santiago (2021). Anatomización. Una disección etnográfica de los cuerpos. Bogotá: Universidad de los Andes.

Mol, Annemarie (2021). El cuerpo múltiple. Ontología en la práctica médica. Trad. por Cristóbal Gnecco. Bogotá: Universidad de los Andes/Universidad del Cauca.

Pinto García, Lina (2026). Maraña. Guerra y enfermedad en las selvas de Colombia. Trad. por Alfonso Conde. Bogotá: Universidad de los Andes, icanh.

Povinelli, Elizabeth A. (2021). Between Gaia and Ground: Four Axioms of Existence and the Ancestral Catastrophe of Late Liberalism. Durham: Duke University Press.

Ruiz-Serna, Daniel y Diana Ojeda (2023). Belicopedia. Bogotá: Universidad de los Andes.


Juan Felipe Guevara Aristizábal es investigador y académico de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa. Biólogo (Universidad de Antioquia) con maestría y doctorado en Filosofía de la Ciencia (unam). Me interesa pensar la filosofía desde sus márgenes, ya sea su relación con las prácticas científicas, las condiciones sociomateriales que la hacen posible o los efectos políticos de sus discursos y formas de construir la realidad. Actualmente desarrollo dos sendas de investigación: una, acerca de la irrupción del concepto de raza en la filosofía crítica de Kant, su relación con ideas provenientes de la historia natural y la historia del arte, así como el papel del color de la piel en su planteamiento; y otra que intenta trazar una genealogía política de la filosofía de la ciencia, con especial énfasis en la separación entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu, sociales o humanas. jguevara@cua.uam.mx

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