La escucha como método: alcances y perspectivas de la historia oral

Recepción: 9 de abril de 2026

Aceptación: 4 de mayo de 2026

La escucha como método: alcances y perspectivas de la historia oral

Graciela de Garay y Jorge Aceves (coords.), 2024 Instituto Mora, México, 553 pp.

El libro colectivo coordinado por Graciela de Garay y Jorge Aceves aborda un conjunto de trabajos escritos por autoras y autores interesados en la práctica de la historia oral. Como punto de partida, se introduce la tensión entre dos modelos historiográficos: uno documental o autosuficiente de corte positivista y otro de corte constructivista radical. Entre ellos, se debate si la tarea de la historiografía debe consistir en reproducir lo verdaderamente ocurrido o si debe concentrarse en la interpretación y construcción social de la memoria y los relatos. La historia oral se decanta por construir un conocimiento histórico que reconoce la subjetividad, agencia, memoria y emociones como dimensiones legítimas del pasado, analizándolas de manera crítica con pruebas, contextualizaciones y rigurosidad metodológica.

La obra es fruto del trabajo desarrollado desde 2022 en el Seminario de Historia Oral del Instituto Mora, espacio académico que forma parte de las actividades de la Asociación Mexicana de Historia Oral (amho); desde hace más de tres décadas, la amho ha sido escenario de comunicación y colaboración entre practicantes de la historia oral, las historias de vida y los enfoques biográficos. Sus autoras y autores –provenientes de múltiples disciplinas sociales– forman parte de uno de los grupos que han desarrollado y actualmente mantienen vivo este movimiento investigativo y, en función de ello, comparten una agenda que, en sus palabras: “Consiste en buscar la evidencia empírica de los recuerdos, pero también entender las confusiones de la memoria como parte de la interpretación de la historia […]” (p. 21). Con base en esta premisa, este libro está dedicado a profundizar en las experiencias y recursos metodológicos que han guiado sus procesos de investigación.

El contenido se organiza en quince capítulos agrupados en seis partes. La primera de ellas se propone “Revisitar la experiencia y reflexionar sobre el campo de la historia oral”. Como punto de partida, Jorge Aceves habla de los momentos, espacios, influencias y experiencias que configuraron su quehacer académico, como parte de un movimiento que se ha desarrollado gracias a los esfuerzos de distintos actores. Asimismo, brinda una aproximación a los estilos y rutas de producción de las fuentes orales, así como las estrategias analíticas que se configuran entre el modo interpretativo, objetivista y sus combinaciones. El siguiente capítulo, de Gerardo Necoechea, profundiza en una vertiente de la historia oral interesada por la participación directa de las comunidades en el registro, análisis y uso de la memoria como herramienta política, al igual que la colaboración del investigador con grupos y comunidades dentro de procesos compartidos. Posteriormente, Perla Chinchilla reflexiona sobre el lugar que ha llegado a ocupar la historia oral dentro de la historiografía, como un campo inmerso en las tensiones entre lo que la autora denomina “la historia ciencia” y “la historia práctica”. A partir de la historia escolar, la public history y las humanidades digitales, muestra cómo la historia oral permite superar la crisis de la historia académica e involucrar activamente a los sujetos en su pasado desde sus propias preguntas y necesidades.

La segunda parte, titulada “Explorando emociones, afectos y la moral en la esfera pública”, comienza con un capítulo escrito por Graciela de Garay, en el que la autora analiza las emociones de un grupo de personas de la Ciudad de México y zonas conurbadas durante la pandemia por covid-19, y reflexiona en cómo las experiencias vividas, además de afectarnos, inciden en la forma en que las expresamos y nos relacionamos con otros. Silvia Dutrénit y Bianca Ramírez dedican su escrito a profundizar en los retos metodológicos para el uso de la historia oral por medios virtuales al entrevistar a dos mujeres guatemaltecas, activistas de derechos humanos y con familiares desaparecidos. Las autoras muestran que, a pesar de la falta de cercanía corporal, herramientas como la escucha reflexiva y la atención hacia las pautas en el discurso y gesticulación hacen posible un “acercamiento” desde lo virtual. En el siguiente capítulo, Patricia Pensado muestra una historia colectiva realizada por los participantes del taller “Relatos de vida: experiencias en la lucha sindical”, en el que fue posible conformar un archivo afectivo y explorar los sentimientos, afinidades y afectos desarrollados, así como los hechos violentos que experimentaron en su lucha. Esta sección cierra con el texto de David Luján y Diana Guillén, cuyo desarrollo analiza las relaciones políticas cotidianas en la alcaldía Miguel Hidalgo de la Ciudad de México, resaltando que el análisis político requiere incorporar dimensiones subjetivas y afectivas a las que la historia oral permite acceder.

La tercera parte trata las “Memorias de lucha y resistencia en jóvenes indígenas y organizaciones de colonos”. Rocío Martínez y Mario Camarena comienzan con un análisis crítico de la construcción de la memoria colectiva en San Francisco Cherán, y cómo esta ha invisibilizado el papel fundamental de los jóvenes en los principales conflictos sociales y políticos de la comunidad. Como muestran los autores, reconstruir la memoria de los jóvenes resulta indispensable para comprender la complejidad del proceso autonómico, al igual que la continuidad generacional de la resistencia. Por su parte, María Concepción Martínez profundiza en los procesos de organización y resistencia de los habitantes de los Pedregales de Coyoacán, que luchan por defender su derecho al agua frente a los desarrollos urbanos inmobiliarios. Su análisis, basado en la contrastación y confrontación de testimonios orales y notas periodísticas, expone la pluralidad de memorias y discursos que conforman la experiencia social del conflicto.

La cuarta parte del libro está dedicada a los “Avatares de la vida diplomática”. Con tal fin, Mónica Toussaint presenta un capítulo en el que analiza la práctica diplomática de tres figuras del Servicio Exterior Mexicano en Centroamérica, ubicada temporalmente entre las décadas de 1970 y 2020. A partir de los testimonios de Antonio de Icaza, Gustavo Iruegas y Carmen Moreno Toscano, su texto da cuenta de la articulación entre los principios de la política exterior mexicana y los estilos personales de acción diplomática en contextos de conflicto. Como cierre, Araceli Leal presenta las vivencias de seis mujeres asiladas en la embajada mexicana en Chile durante la dictadura. Sus experiencias quedaron plasmadas en documentos oficiales y personales que nos permiten conocer a otras actoras relevantes, invisibilizadas en los procesos políticos, cuya participación en la esfera pública fue relegada.

La quinta parte da un giro interesante al adentrarse en el terreno “Del teatro independiente y la música popular”. En los capítulos que la conforman, los autores exploran los efectos que se producen a partir del contacto con las formas de expresión artística. Carlos Domínguez analiza los testimonios orales de teatreros independientes en la Ciudad de México, mostrando cómo las estructuras narrativas introyectadas dan forma y brindan sentido a sus memorias y configuran los testimonios en clave dramática, a la vez que son resultado de una negociación intersubjetiva entre entrevistador y entrevistado. A su vez, Rodrigo Laguarda escribe sobre cómo las canciones populares de una época funcionan como artefactos culturales que organizan los deseos, contradicciones y momentos de sociabilidad fundamentales para un grupo emergente, como lo fue la comunidad gay de la Ciudad de México en los años sesenta del siglo pasado.

La sexta y última parte del libro trata como principal tema de interés el de los “Recursos y guías metodológicas” relacionados con el estudio de la historia oral. Felipe Morales profundiza en cómo era la experiencia de asistir a las salas de cine de la Ciudad de México en distintos momentos del siglo xx. Para ello, propone una ruta basada en el uso de imágenes e historia oral videograbada, cruce que le permite explorar el potencial del registro audiovisual en el estudio de los procesos sociohistóricos. En el último capítulo, Erika Tapia presenta una aproximación interesante al uso del software maxqda en el análisis de datos cualitativos generados en la historia oral. Con base en la experiencia del proyecto “Cultura de la legalidad”, la autora da cuenta de las posibilidades que brinda esta herramienta para la sistematización y análisis de la información de datos cualitativos.

Como es posible observar, el libro asume una apertura temática y disciplinar estratégica que le permite informar sobre la versatilidad de la historia oral. El mosaico de experiencias y recursos que ofrece muestran que, si bien esta práctica surgió de las discusiones paradigmáticas de la historiografía, también ha sabido dialogar con otras disciplinas y brindar a las ciencias sociales un nuevo ángulo productivo: la escucha centrada en narrativas biográficas y comunitarias que ayudan a analizar las tensiones entre las condiciones estructurales y la capacidad de agencia de los sujetos. Allí se dibujan los contornos que engloban a la diversidad de temas y perspectivas dentro de una misma práctica, y colocan en el centro las versiones que, desde sus propias coordenadas, tienen tanto valor para comprender los procesos históricos pasados y presentes como las fuentes tradicionales.

Las distintas partes y capítulos iluminan el camino recorrido hasta este punto, pero también nos invitan a reflexionar qué se proyecta hacia el futuro, cómo asumirá la historia oral los retos, desafíos y nuevas posibilidades que hoy se presentan a las ciencias sociales. Una veta reflexiva propone la exploración de los conflictos y tensiones del presente desde la mirada de los sujetos, así como los efectos que se producen en sus vidas individuales y colectivas. Muestra cómo las transformaciones sociales, culturales, políticas y económicas son interpretadas y resignificadas por los narradores. En tal sentido, los testimonios orales aportan información del pasado, pero también permiten indagar la manera en que los sujetos construyen sus memorias y vivencias frente a las dinámicas estructurales actuales. Por ello, la historia oral amplía las capacidades explicativas de las ciencias sociales al revelar las tensiones, resistencias y formas de agencia que, por lo general, quedan fuera de las versiones históricas oficiales. En un contexto de complejos desafíos, múltiples crisis económicas y ambientales, así como de pérdida de legitimidad de las instituciones, entender los procesos de cambio desde el punto de vista de los actores permite incorporar nuevas y valiosas perspectivas analíticas.

Otro eje para desarrollar el potencial de la historia oral es examinar su carácter interdisciplinario. Al articular herramientas y técnicas propias de la historia, sociología, antropología y estudios culturales, enriquece los métodos tradicionales de la investigación social para incorporar las dimensiones simbólicas, emocionales y relacionales. De esta forma, ofrece a las distintas disciplinas la posibilidad de fortalecer sus propios métodos desde un abordaje abierto, reflexivo e inclusivo, propiciando análisis integrales y articuladores de sus objetos de estudio. Ejemplos de ello son los casos de la psicología social, la ciencia jurídica y la política, disciplinas que encuentran en la historia oral una ruta para incorporarse, aportar y beneficiarse de estos debates e intercambios, cuyo desarrollo cuenta ya con un largo y productivo camino.

Un tercer aspecto de interés consiste en reflexionar sobre las relaciones que la historia oral puede establecer con la inteligencia artificial (ia), cuya presencia en el mundo social es cada vez más marcada y transforma sus condiciones de manera significativa. La producción masiva de información por medio de los modelos de lenguaje grandes (llm, por sus siglas en inglés) nos exige reflexionar sobre el valor de los conocimientos que se alojan en las memorias de los sujetos y grupos. La práctica de la historia oral adquiere aquí un papel central, pues profundiza en dimensiones de la experiencia humana que la ia no puede alcanzar. La producción de conocimiento se basa en el contacto del investigador con sus colaboradores, en el carácter intersubjetivo de ese encuentro, a diferencia de la información generada con base en patrones algorítmicos y estadísticos (no experienciales) de la ia.

Aunado a lo anterior, es innegable que estas tecnologías abren posibilidades interesantes para optimizar el almacenamiento, organización y procesamiento de los datos, lo que puede beneficiar a los investigadores sociales y, en particular, a los practicantes de la historia oral. Como señala Erika Tapia, cada día surgen nuevas redes sociales digitales, blogs y archivos históricos de fuentes digitalizadas, lo que evidencia su amplia capacidad para producir fuentes orales y procesarlas de manera organizada y ágil (p. 517). Pero también, el desarrollo de las ia que circulan en el mercado y los múltiples dispositivos tecnológicos de registro, como las grabadoras de voz de alta gama, que ofrecen la posibilidad de transcribir, discriminar y organizar la información, anuncian un escenario estimulante para el surgimiento de innovaciones en el tratamiento y análisis de los datos.

El escenario es innovador y, al mismo tiempo, nos propone retos y desafíos. Mientras se desarrollan formas de trabajo capaces de aprovechar las nuevas posibilidades y recursos, resulta imprescindible tomar precauciones con respecto a riesgos como el sesgo algorítmico, la posibilidad de plagio, la violación de la privacidad y seguridad de los datos o la persistencia de alucinaciones. Todo ello aunado a la necesidad de reflexionar sobre la incorporación de la ia en la investigación social, como una herramienta que permita potenciar los propios procesos de comprensión, y no como un elemento sustitutivo que comprometa nuestra autonomía. Incursionar en los nuevos escenarios requiere de un ejercicio reflexivo profundo a nivel ético y metodológico.

Las posibilidades y desafíos para el futuro de la historia oral dibujan un escenario complejo y cambiante, ante el cual esta práctica deberá mantener una postura crítica. La obra reseñada en estas páginas representa un esfuerzo por condensar los aprendizajes y usos que la historia oral ha desarrollado desde diversos enfoques. Los lectores que se inician en este campo encontrarán un material accesible para introducirse en las discusiones actuales y sus diversas aplicaciones; mientras que quienes ya cuentan con trayectoria y conocen bien su potencial podrán profundizar en los debates propuestos en cada capítulo y dialogar con base en sus propias perspectivas.


Ignacio Salvador Durán Ricardez es doctor en Ciencias Sociales con especialidad en Antropología Social por el ciesas Occidente, y posdoctorante de la línea de Cultura e Identidades Contemporáneas de esta misma institución. Sus intereses de investigación se centran en la reconfiguración de las identidades sociales frente al crecimiento urbano, la actualidad de las tradiciones y rituales ligados a la religiosidad popular, así como la manera en que se recrea la memoria colectiva desde el presente. Actualmente desarrolla el proyecto “Religiosidad popular y transmisión de la tradición en pueblos conurbados del área metropolitana de Guadalajara: una propuesta de análisis intergeneracional”.

Natalia Zepeda Cazarez es posdoctorante del ciesas Occidente en la línea de Cultura e Identidades Contemporáneas y doctora en Ciencias Sociales con especialidad en Antropología Social por la misma institución. Sus intereses se centran en la aplicación de metodologías cualitativas y etnográficas para el análisis de las transformaciones sociohistóricas de los territorios y comunidades, así como la agencia de las mujeres y familias en sus prácticas y vida cotidiana. Actualmente desarrolla un proyecto de investigación con las familias artesanas de la ribera de Chapala.

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