Recepción: 9 de mayo de 2026
Aceptación: 16 de mayo de 2026
El 4 de mayo de 2026, mantuvimos una conversación con el profesor Paul Stoller en la que compartió sus experiencias y perspectivas sobre la etnografía sensorial, la narración etnográfica y la ética de la investigación antropológica. En esta entrevista, también reflexionó sobre su etnografía intensiva y a largo plazo entre el pueblo songhay de Níger y la forma en que esta moldeó su característico estilo de escritura, así como su forma de llevar a cabo la etnografía como “antropología compartida”.
Su interés por la etnografía sensorial surgió durante su investigación etnográfica sobre la magia y la brujería en África Occidental, donde se dio cuenta de cómo los sentidos del gusto, la vista, el tacto, el olfato y el oído influían en la experiencia de los antropólogos en el trabajo de campo y en cómo estos interpretaban los porqués y los cómos de la vida social. La inclinación de Stoller por desarrollar descripciones etnográficas que apelen a los sentidos de los lectores le animó a proponer una etnografía sensorial, en la que la etnografía se entiende como un proceso corporal que involucra al etnógrafo en las experiencias físicas y sensoriales de sí mismo y de los demás.
Dos elementos de su propuesta que se exploran con mayor detalle en la entrevista son, por un lado, el poder de los sentidos y, por el otro, el poder de la vulnerabilidad. Ambos componentes son característicos de su obra y sus publicaciones, y sirven no solo para crear narrativas etnográficas significativas y captar la atención del lector, sino también para “humanizar” los textos antropológicos.
Esta entrevista con el profesor Stoller es rica en relatos de recuerdo, reflexión y agradecimiento. Tras una breve presentación de nuestro invitado, la primera parte nos transporta a sus primeros años como joven investigador y a los inicios de su investigación antropológica sobre la posesión espiritual en África Occidental entre el pueblo songhay. A través de la narrativa, Paul Stoller comparte las lecciones sobre la importancia del aprendizaje pausado y la percepción profunda del mundo que recibió durante sus 17 años de aprendizaje con el brujo y sanador Adamu Jenitongo. En la segunda parte, recurre a sus propias experiencias durante el trabajo de campo sobre el mundo espiritual de los songhay para abordar el poder de la vulnerabilidad y la humildad tanto en la narración etnográfica como en la investigación antropológica en general. También insiste en la importancia de incluir los sentidos y las dimensiones sensoriales de la “realidad” a la hora de crear descripciones etnográficas. En la tercera parte, comparte recomendaciones para los académicos que deseen dedicarse a la narración etnográfica a través de la escritura evocadora y destaca el potencial de la “antropología compartida” de Jean Rouch para llevar a cabo una antropología más ética.
Yael Dansac (yd): Saludos a la querida audiencia de la revista Encartes, una revista en línea del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social. Me llamo Yael Dansac, y es para mí un privilegio y un honor entrevistar para ustedes a nuestro invitado, Paul Stoller. Bienvenido a Encartes, profesor Stoller.
Paul Stoller (ps): Muchas gracias.
yd: El distinguido antropólogo Paul Stoller es una de las figuras más destacadas del “giro sensorial” en la antropología. En esta ocasión, hablaremos de los temas claves que han definido sus cuarenta años de carrera en la investigación antropológica. Comenzaremos con su extensa investigación en África Occidental, pasaremos luego a su enfoque del trabajo de campo y concluiremos con sus reflexiones sobre el futuro de la etnografía. Antes de empezar, quiero compartir unas palabras sobre nuestro invitado:
Paul Stoller es profesor emérito de Antropología en la Universidad de West Chester, en Pensilvania (usa uu.), y también es miembro permanente de la Universidad de Erlangen-Núremberg, en Alemania, y profesor visitante de Estudios Africanos en la Universidad de Pensilvania. Sus primeros estudios se centraron en la religión del pueblo songhay, que vive en las repúblicas de Níger y Malí, África Occidental. En ese trabajo, se enfocó principalmente en la magia, la brujería y las prácticas de posesión espiritual. Desde 1992, el profesor Stoller ha llevado a cabo investigaciones sobre los inmigrantes de África Occidental en la ciudad de Nueva York, explorando las dinámicas culturales de las economías de mercado informales y la política de inmigración.
Su obra ha supuesto una importante contribución al desarrollo de la etnografía sensorial y la antropología de los sentidos. Sus libros han marcado la formación académica de varias generaciones de antropólogos, como lo demuestra la importancia perdurable de obras como The Taste of Ethnographic Things: The Senses in Anthropology and Sensuous Scholarship, entre muchas otras.
El compromiso del profesor Stoller con la difusión de su investigación ha dado lugar a la publicación de 16 libros, entre los que se incluyen etnografías, biografías, memorias y tres novelas. A lo largo de su carrera, ha recibido numerosos honores, entre ellos, el Premio Robert B. Textor a la Excelencia en Antropología, la Beca Guggenheim y la Medalla de Oro Anders Retzius en Antropología.
yd: Empecemos por el principio: ¿qué te llevó a África Occidental, más concretamente a Níger, y qué te impulsó inicialmente a realizar trabajo de campo entre los songhay?
ps: Bueno, lo que me llevó a Níger fue una serie de circunstancias. Estaba en edad de ser reclutado durante la guerra de Vietnam. Era objetor de conciencia y activista estudiantil contra la guerra de Vietnam. Así que, a finales de la década de 1960, una forma de evitar el reclutamiento era solicitar el Cuerpo de Paz. Solicité ir al África francófona porque había estudiado francés en la universidad. Elegí Níger porque era un lugar donde el francés no se usaba mucho, lo que significaba que me vería obligado a aprender una lengua de África Occidental –el songhay, como resultó ser–. Elegí Níger y pasé dos años allí como voluntario del Cuerpo de Paz, enseñando inglés como lengua extranjera, intentando disciplinar a los alumnos con mi francés cada vez mejor, y pasándomelo absolutamente, absolutamente de maravilla allí. Me enamoré de Níger, de su gente y de su estilo de vida. Y me pregunté a mí mismo: “¿Cómo puedo volver a Níger?”.
Así que me matriculé en un posgrado. Primero estudié lingüística y después pasé a estudiar Antropología Social, y conseguí una beca Fulbright para realizar un año de investigación en Níger. Fue una oportunidad fantástica y el punto de partida de mi investigación.
yd: ¿Cómo te adentraste en el universo religioso de los songhay de Níger?
ps: Bueno, verás, cuando daba clases en un lugar llamado Tillabéri, en la orilla este del río Níger, una ciudad preciosa, tenía un pequeño bungaló en el recinto de la escuela y detrás había una duna de arena. Solía oír música procedente de la duna todo el tiempo y no le daba mucha importancia. Pero luego, al final, la curiosidad pudo más que yo, y subí a ver de dónde venía esa música que llegaba desde lo alto de la duna de arena. Así que subí hasta allí y entré en el recinto, y un hombre –un anciano vestido de negro– me dio la bienvenida y me dijo: “Bienvenido, ven a ver nuestro festival”. El festival se llamaba Holey Hori, el Festival de los Espíritus.
Así que entré allí, y había una música absolutamente rítmica. Era una música fantástica, muy vibrante, y a mí, personalmente, me gusta bailar, ¿no? Así que estoy de pie junto a este tipo; nunca lo había visto antes. Se llamaba Adamu Jenitongo. Y me vio mover los pies y el cuerpo, y me dijo: “Bueno, ¿por qué no intentas bailar?”. Así que, ya sabes, con 22 años, sin miedo y sin vergüenza, salí a la pista de baile; intenté hacer ese tipo de pasos que ellos hacían. Lo hice. La gente me dedicó una ovación un poco tibia. El hombre blanco bailando esta danza espiritual. Luego volví con Adamu Jenitongo y me dijo: “Hoy nos has mostrado respeto. Nos has demostrado que respetas nuestras tradiciones. Por favor, vuelve siempre que oigas la música. Por favor, vuelve y forma parte de nuestro pequeño grupo aquí”. Esa fue mi primera experiencia con la posesión espiritual.
De vez en cuando oía la música. Subía a visitarlos. Observaba cómo la gente se veía poseída por los espíritus; eso me fascinaba por completo, y era algo que nunca había vivido en mi entorno de clase trabajadora. Como chico de Washington, D. C., nunca había vivido algo así. Así que me dije: “Tengo que averiguar más sobre este tipo de cosas”.
Fui a la universidad. Estudié Lingüística y luego Antropología Social, y conseguí una beca Fulbright para un año. La pasé en dos lugares: uno llamado Méhana, en la orilla occidental del río Níger, donde estudiaba el contraste entre el islam y las religiones no islámicas, sobre todo la posesión espiritual. Y luego pasé la segunda mitad [de la beca] con Adamu Jenitongo, quien me invitó a volver a su recinto para estudiar con él. Mi aprendizaje con él duró un periodo de 17 años. Así que me senté con él, le escuché, le observé tratar a sus pacientes. Me enviaba al campo en busca de plantas medicinales. Me decía dónde encontrarlas y cómo identificarlas. Le observaba mientras curaba a la gente. Lo veía mientras intentaba sanar a la comunidad. Fue una experiencia fabulosa. Durante más de 17 años, fui su aprendiz.
yd: Como has dicho, tu aprendizaje duró mucho tiempo. Entonces, ¿cómo modificó tu aprendizaje con estos hechiceros y curanderos del pueblo songhay tu comprensión del tiempo y del conocimiento?
ps: Bueno, los songhay y Adamu Jenitongo me enseñaron mucho. Él [Adamu Jenitongo] me enseñó dos cosas. Una sobre el tiempo. Me dijo que el proceso de aprendizaje es un proceso lento, que evoluciona poco a poco, una epistemología lenta. Así que me decía: “Ya sabes, ahora eres joven, tu cerebro no está preparado para recibir información importante”. Me decía: “Así que te enseñaré los fundamentos de, ya sabes, la curación y la brujería y el uso de plantas medicinales, etcétera, y tú memorizarás los encantamientos”. Una especie de aprendizaje memorístico. Me decía:
A medida que te haces mayor, tu mente se amplía con la experiencia. Así pues, cuanto más se amplía, más capaz es de asimilar información importante. Entonces podrás poner en práctica lo que te estoy enseñando cuando seas una persona de mediana edad. Pero solo cuando eres un anciano. Cuando tu mente ha vivido tantas cosas, tanto el amor como la pérdida, cuando has experimentado todo eso, entonces te conviertes en un anciano. Cuando eres un anciano, sigues practicando lo que has aprendido, sigues intentando sanar a las personas, pero tu mayor obligación es transmitir tu conocimiento a la siguiente generación. Esa es tu obligación sagrada.
Su aprendizaje, el aprendizaje de mi maestro, duró 40 años. Se sentó junto a su padre hasta que este murió. No empezó realmente a practicar hasta los 60 o 70 años. Vivió hasta los 105. Así que es un proceso muy, muy lento. Y él dijo: “Este tipo de cosas llevan mucho tiempo comprenderlas. Por eso, necesitas una mente madura, madurada por la experiencia. Y así, antes de que te enseñe algo realmente, realmente serio, tienes que hacerte mayor”.
Y así, seguí volviendo y me hice cada vez más mayor, pero él murió antes de que yo llegara a ser un anciano; no obstante, comprendí los fundamentos que me enseñó y los he incorporado a mi propia vida. Cuando era un joven investigador, escribía artículos e intentaba perfeccionar la teoría, etc. Luego, como investigador más experimentado, empecé a pensar en los sentidos que mencionaste. Como investigador veterano, como académico de edad avanzada, seguiré escribiendo artículos y libros. Pero mi verdadera misión es transmitir lo que he aprendido a la próxima generación de investigadores, y lo hago a través de talleres de escritura.
Lo cual me lleva a la siguiente cuestión: ¿cómo influyó mi formación en mi escritura? Al principio de mi trabajo de campo, escribí mi primer libro, que se titulaba In Sorcery’s Shadow, pero el manuscrito original no se publicó. Y la razón fue que lo había concebido como un texto académico. Tenía una introducción, una revisión de la literatura, resultados, análisis y relevancia teórica. Pero como quería mucho a mi profesor Adamu Jenitongo, me dije: “Tengo que ir y enseñarle lo que estoy haciendo. Conseguir su aprobación”. Así que fui a Níger un verano, durante la estación de lluvias allí, y le conté lo que quería hacer. Y él dijo: “Está bien”. Le dije: “Voy a traducir este texto académico lo mejor que pueda al songhay para que puedas entender lo que estoy intentando hacer aquí”. “Está bien”, dijo. “Lo único es que hablaremos de cosas profundamente esotéricas. No quiero que la gente nos oiga. Así que ven a la cabaña de los espíritus [donde él dormía]. Ven a la cabaña de los espíritus en mitad de la noche”.
Así que, para él, eran como las dos de la madrugada. Me presenté en plena noche. Me recibió con los brazos abiertos. Había una tenue luz de linterna y empecé a traducirle mi texto académico. Escuchaba con atención y, al cabo de unos cinco minutos de traducción, me dijo: “Sabes, estoy un poco cansado. ¿Por qué no vuelves mañana, vale?”. Así que le respondí: “De acuerdo, Baba, no hay problema”. Volví al día siguiente, lo mismo, cinco páginas más. “Estoy cansado”, dijo, “vuelve mañana”. Esto se prolongó durante dos meses y medio. Estaba realmente muy privado de sueño, levantándome a las dos de la madrugada durante cinco o diez minutos para traducir este texto. Y durante todo ese tiempo, él nunca dijo una palabra. Se limitaba a escuchar, sin decir ni una palabra. Entonces, por fin, llegó el momento de marcharme. Le dije: “Bueno, Baba, ya sabes, me voy mañana. No has dicho ni una palabra sobre este trabajo que he hecho”. Y él me dedicó una gran, gran sonrisa, y dijo: “Bueno, no está tan bien”. Le pregunté: “¿Qué quieres decir?”. Él respondió:
No hay suficiente de mí en ello, y no hay suficiente de ti en ello. Tu conocimiento es el producto de nuestra relación. Así que deberías hablar de nuestra relación, de nuestro aprecio mutuo, de nuestro amor por el conocimiento, del amor por la tradición. Habla de esas cosas en lugar de cómo esto va a mejorar la teoría de la magia.
Él no utilizó esos términos [teoría de la magia]. Luego dijo algo que influyó profundamente en todo lo que escribí después. Dijo: “Crea algo que mis nietos y tus nietos puedan apreciar, debatir y comentar”. Así que, básicamente, lo que decía era: “Crea algo, ya sea un texto o lo que sea, crea algo que tenga ‘perdurabilidad’, que se ponga a prueba; pasará el tiempo y seguirá siendo relevante para la gente”. Así que, en mi caso, le he enviado este libro, que se publicó en 1987, hace mucho tiempo, a mi nieta, que ahora está en segundo año de la universidad, y lo está leyendo mientras hablo. Así que ya veremos qué tiene que decir al respecto.
La idea de todo esto era, por supuesto, que las ideas de ese texto son, en cierto sentido, algo efímeras. Él dijo: “No pienses que lo que tengo que decirte es lo que tienes que hacer. Lo importante es que el texto, la película o lo que sea que presentes sea tal que la gente le preste atención, hable de ello y lo utilice a su manera. Porque el tiempo, ya sabes, lo cambia todo”.
Así que, básicamente, me dijo: “Escribe narraciones que lleguen a un público amplio y que resistan el paso del tiempo”. Y eso es lo que he estado intentando [hacer]. No todos mis libros son narraciones, pero la mayoría tienen un elemento narrativo. Algunos son narraciones completas. Eso es lo que he intentado hacer porque quería que un público amplio leyera lo que escribía. Todo escritor, por supuesto, quiere que le lean, ¿verdad? Y mi profesor lo entendía. Por eso empecé a escribir etnografías narrativas y también ficción, precisamente por esa razón.
yd: Tus libros son muy ricos en ejemplos, y tu aprendizaje, como dijiste, duró varias décadas. Así que siempre estás ilustrando todas esas enseñanzas que recibiste, todos esos momentos valiosos. ¿Podrías compartir con el público qué momento desafió más tus suposiciones como antropólogo o cambió más fundamentalmente tu percepción de la realidad y tus creencias?
ps: Sí, dos ejemplos. Primer ejemplo: mi maestro Adamu Jenitongo me envió a Wanzerbé, que es la gran sede de la brujería entre el pueblo songhay. Está en medio de la nada. Se asienta sobre dos dunas de arena. Está muy, muy lejos de cualquier fuente de agua. Para llegar allí, tuve que cabalgar a caballo durante dos días atravesando prácticamente el desierto. Finalmente, llegué allí, y una de las personas de mi pueblo, Méhana, donde trabajaba, tenía a su padre casado con la gran hechicera de Wanzerbé. Cuando llegué allí tras dos días y medio a caballo bajo temperaturas muy, muy altas, me dijeron que la gran hechicera, que se llamaba Kassey, había oído que yo venía y había decidido marcharse. Pero pude ver a su compañera, una mujer llamada Dunguri.
Así que mi amigo Sidi me llevó a conocer a Dunguri. Y, por lo general, en Songhay, cuando llega un viajero, se le recibe con mucha calidez y hospitalidad. Pero Dunguri se mostró muy fría y no fue nada hospitalaria. Y eso me sorprendió mucho. Entonces miró mis anillos, ya sabes, llevo anillos puestos. Miró mis anillos, que me había regalado mi maestro [Adamu Jenitongo], y me preguntó: “¿Dónde has conseguido tus anillos?”. Mi maestro me había dicho: “Nunca reveles el origen de los anillos”. Y le dije: “Bueno, ya sabes, estaba en un pueblo llamado Ayourou, y vi los anillos y los compré”. Y ella dijo: “Ajá. Claro”. Bueno, pues entonces me despidió, por así decirlo.
Los anillos le indicaban que era un aprendiz. Así que volví al otro lado de la ciudad, me tomé una buena comida y me fui a dormir a una casita de adobe. Y no podía dormir. Oía un golpeteo en el techo. No sabía qué era. Me desperté en mitad de la noche y no podía mover las piernas. Sentí el entumecimiento desde los pies hasta los muslos subiendo lentamente hacia el pecho y pensé: “Esto es [el final]”. Tenía miedo de morir. Entonces, mi maestro me dijo: “En esas circunstancias, recita un conjuro llamado genjihow”, que armoniza las fuerzas del bosque, creando armonía en una situación desarmónica. Así que empecé a recitar ese texto y seguí recitándolo porque no reaccioné como un erudito, sino como un aprendiz. Reaccioné como un aprendiz. Entonces, poco a poco, empecé a sentir que la sensibilidad volvía a mis muslos, luego a mis piernas y a mis pies. Seguí haciéndolo. No podía levantarme de la cama, pero al amanecer ya era capaz de sentir cosas y pude levantarme de la cama.
Mi amigo Sidi vino y me dijo: “Tienes muy mal aspecto. ¿Has dormido lo suficiente?”. Le respondí: “Bueno, no mucho”. No le expliqué lo que creía que había pasado. Me dije [para mis adentros]: “Según la lógica de la brujería, si alguien intenta hacer algo, es como una prueba. Así que tenía que ir a ver a Dunguri otra vez”. Así que fui a ver a Dunguri. Esta vez salió con una gran sonrisa. Me agarró de las manos y me dijo: “Ahora sé que eres un hombre de corazón fuerte. Entra en mi casa y empezaremos a aprender”. Así que le dije: “Gracias”, pero no tenía mucha confianza. Le dije, ya sabes, fue como una especie de enfrentamiento con la mortalidad. Así que le dije: “No, está bien. Gracias de todos modos, pero tengo que volver”. Así que ella se fue. Yo me fui.
No volví a Wanzerbé durante muchos años después de eso. Y hablé con mi maestro [Adamu Jenitongo], y mi maestro dijo: “Bueno, ella te estaba poniendo a prueba. Ya sabes, quería ver si eras digno de continuar en el camino del poder. Pasaste la prueba, ¿verdad? Desafiaste a la muerte”. Y yo dije: “Bueno, ¿sabes qué? Creo que ya no quiero seguir en el camino del poder. Llévame por el camino de las plantas”. Había dos caminos que podía tomar. “Llévame por el camino de las plantas” [dije]. Y así, hacia el final de mi aprendizaje con él, estudiamos las plantas. Me envió al monte a buscar plantas. Preparamos brebajes y decocciones. Realizamos ceremonias juntos con las plantas que yo recogí. Aprendí muchísimo. Recogí muchas plantas para analizarlas químicamente de vuelta en Estados Unidos.
El camino de las plantas se ajustaba más a mi sensibilidad psicológica. No tenía la fortaleza mental necesaria para enfrentarme continuamente a la posibilidad de la muerte. La mayoría de la gente en ese universo [el camino del poder] vive mirando de manera constante por encima del hombro, pensando: “Alguien me va a hacer algo”. Y yo no quería tener nada que ver con eso. Así que eso ocurrió al principio de mi trabajo de campo. Esa experiencia me dio una idea del poder de la brujería. No encontré ninguna explicación racional para ello. Ninguna. La gente decía: “Oh, fue una pesadilla”, o “Estás teniendo una alucinación”, “¿Has tomado alguna droga?”. Nada de eso. Dunguri sabía exactamente lo que estaba pasando, y mi maestro sabía exactamente lo que había pasado. Y me dije [a mí mismo, en el camino de las plantas]: “Este es el camino para mí, para mi psique. No tengo la fortaleza psicológica para recorrer el camino del poder”. Así que seguí el camino de las plantas y aprendí muchísimo de mi maestro.
En aquel momento pensaba que la sanación y la brujería consistían en una competencia por el poder: enfermar a la gente, curarla. Y eso es parte de ello. Pero lo que en realidad aprendí más tarde fue que no era lo suficientemente perspicaz para comprender lo que me había sucedido. No tenía la experiencia suficiente para entender de qué estaba hablando. Más tarde me di cuenta de que el objetivo de la brujería es sanar, hacer que la gente se sienta completa de nuevo, hacer que la gente se sienta a gusto en su propia piel. Y si haces eso, esa es la tarea del brujo anciano más veterano: hacer que la gente se sienta cómoda y reparar la disonancia de la vida social, además de sanar la venganza. El reto de este enfoque era lidiar con la venganza de la naturaleza y crear equilibrio y armonía. Esa fue la lección que él me enseñó, y yo era demasiado inexperto para entenderla. No lo entendí hasta que yo mismo enfermé gravemente.
Mi segunda experiencia al enfrentarme a la mortalidad se debió a un linfoma no Hodgkin, un tipo de cáncer de la sangre. Cuando pasé por esa experiencia, puse en práctica los conocimientos que había aprendido de mi maestro. Quemaba resinas en mi casa y recitaba conjuros. Cada vez que iba al tratamiento, recitaba el genjihow, el conjuro que armoniza las fuerzas de la naturaleza. La primera vez, cuando fui a mi primera sesión de quimioterapia, a mi médico, que era un tipo bastante guay y tenía una mentalidad muy abierta (estábamos en su consulta y yo estaba con mi hermano), le dije: “Bueno, tenemos que darnos la mano, y tengo que afrontar esta posible muerte por linfoma no Hodgkin, que no tiene cura, desde esta perspectiva”. Él [mi médico] dijo: “Bueno, está bien. Hagamos lo que vas a hacer”. Así que recité el genjihow, nos dimos la mano y luego escupí en las cuatro direcciones cardinales de su consulta, que era muy aséptica, y él preguntó: “¿Qué ha sido eso?”. Le respondí: “Es el genjihow. La curación no puede producirse si hay desarmonía entre, digamos, mi cuerpo y el entorno externo. Así no puede producirse”. Él dijo: “¡Qué guay! Me gusta eso”. Entonces se fue a preparar los medicamentos de quimioterapia e inmunoterapia que iba a administrarme. Volvió y dijo: “Vamos a conocer a tu enfermera de oncología”. Así que volvimos a esa gran sala donde había un montón de gente conectada a goteros que les administraban medicamentos de quimioterapia o inmunoterapia. Me presentó a una mujer llamada Kelly, que era una de las mujeres más guapas que había visto en mi vida, de verdad. Y ella me miró con una gran sonrisa y me dijo: “Paul, voy a cuidar muy, muy bien de ti”. Así que me volví hacia mi médico y le dije: “¿Ves? Ya está empezando a funcionar”.
Y así, [la sabiduría de África Occidental] ha influido en mi vida. Quiero decir, tengo conchas adivinatorias. A veces quemo incienso. Me ha hecho tomarme las cosas con más calma y me ha enseñado a apreciar la yuxtaposición entre el amor y la pérdida, dos aspectos fundamentales de la condición humana. Me ha impulsado a escribir relatos y blogs. Me ha ayudado a impartir talleres de escritura para intentar transmitir mis conocimientos a la próxima generación de estudiosos. Teniendo en cuenta todo tipo de retos a los que me he enfrentado, me ha permitido vivir, toquemos madera, una vida plena y sólida.
yd: Incorporar experiencias sensoriales y también la vulnerabilidad es, creo, una de las características de tu trabajo. Tienes que exponerte cuando haces etnografía y no tener miedo de sentir y de que te afecte lo que estás estudiando. Así que mi siguiente pregunta sería: ¿cómo pueden los antropólogos incorporar mejor la experiencia sensorial en su trabajo?
ps: Bueno, en primer lugar, hay un artista suizo fantástico, muy conocido, Paul Klee, y sus conferencias se recopilaron en unos cuadernos. Sus alumnos tomaban notas de sus clases sobre arte, y en una de ellas habla de cómo pintar un árbol, cómo pintar el bosque. Y dijo: “Cuando entro en el bosque y quiero pintarlo, tengo que abrir mi ser al bosque y dejar que el bosque entre en mí. Y entonces, una vez que el bosque está dentro de mí, soy capaz de romper con esta especie de colonización del bosque. Necesito pintar, y mi pintura es mi vía de escape de esta colonización”.
Pero al hacerlo, si abres tu ser a otra persona, es arriesgado; se crea una especie de vulnerabilidad que es, ya sabes, profunda. Porque estás asumiendo riesgos. Te estás mostrando a alguien. Muchos de los sanadores con los que trabajé te miraban y te conocían. Adamu Jenitongo me miró y supo quién era casi de inmediato. Miró en mi interior y conoció mis secretos. Conocía mis mecanismos de defensa. En lugar de apartarlos, dijo: “Hablemos de las cosas reales”. Así que, si haces eso como escritor y creas una sensación de vulnerabilidad, se genera una especie de contacto humano entre tú, como escritor, y el lector. Anima al lector a pasar la página. Si has leído memorias o novelas, o incluso etnografías en las que el etnógrafo habla de algunas de sus vulnerabilidades, eso humaniza el texto. Atrae al lector hacia el texto de la misma forma que el bosque entró en el cuerpo de Paul Klee, permitiéndole crear su arte.
Así que, ya sabes, creo que eso es más o menos cómo me ha influido esa vulnerabilidad. Creo que la vulnerabilidad es una clave fundamental para escribir con éxito, ya sea ficción, no ficción creativa o etnografía.
yd: ¿Cómo equilibras el rigor académico con la expresión literaria? Tú, por ejemplo, a menudo mezclas la etnografía con la narración.
ps: El taller de escritura que imparto se llama “Weaving the World”. El nombre surge de mi investigación en Nueva York, donde intentaba averiguar cómo escribir sobre la experiencia de los inmigrantes de África Occidental. Sus relatos eran realmente fascinantes, pero también quería hablar de la economía informal; hablar del arte original frente al arte copiado; hablar de cómo los africanos occidentales adquieren cierto grado de confianza cultural en una tierra extranjera. Todo ese tipo de cosas. Hay mucha literatura psicológica sobre eso.
Pero estaba atascado. Tenía todo este material fantástico y no sabía cómo encajarlo. Un tejedor se sentó a mi lado. A los tejedores en Songhay se les llama chakay. Me dijo: “¿Por qué no escribes tu libro de la misma manera que un tejedor teje una manta? Tomas varios hilos que son diferentes, los combinas, los tejes en un patrón que crea un tapiz completo. Para nosotros, una manta cuenta una historia, ¿verdad? Inténtalo”.
Eso es lo que hice con mi libro titulado Money Has No Smell. Básicamente son las historias de vida de tres inmigrantes de África Occidental que son comerciantes en Harlem, Nueva York. Sus historias implican todo tipo de información sobre la economía informal, sobre la historia del comercio a larga distancia, sobre la originalidad frente a las imitaciones, la ley de marcas registradas, la ley de derechos de autor y la adaptación psicológica a una tierra extranjera. Todas esas cosas están implícitas en sus historias. Cuento la historia y llego a un punto en el que hablan de “tengo estas cosas falsificadas”, y entonces pongo tres puntos en la página y escribo una sección más discursiva sobre la antropología de la originalidad, o hablo de la antropología de la economía informal, etc. En “Weaving the World” enseño técnicas cuyo objetivo final es fusionar la narrativa con el análisis cultural. Así que es como tejer.
yd: Entiendo, y es muy fácil ver este “tejido” cuando leemos tu obra, que es en cierto modo atemporal. Hablabas de que varios de tus libros se publicaron a finales de los años ochenta, y al mismo tiempo se sienten tan actuales en el mundo de hoy, en este mundo cada vez más polarizado. Entonces, ¿cómo puede la etnografía sensorial contribuir a tender puentes entre diferentes culturas y formas de existir en el mundo?
ps: Creo que la gente da por sentados los sentidos. Y los sentidos han quedado relegados a un segundo plano en la expresión etnográfica. Creo que, en primer lugar, si describes cómo se siente un lugar, cómo huele, cómo sabe, o si describes cómo habla un personaje, o cómo camina, eso humaniza el texto y crea una sensación de “cómo es estar en este lugar en un momento determinado con esta persona o grupo de personas en concreto, o durante este ritual”. Así, se crea una viveza que, en mi opinión, resiste el paso del tiempo. También creo que es ético. Si intentas recrear el contexto sensorial en el que viven las personas, especialmente si las describes como personajes, se subraya su humanidad. El problema ético es este: muy a menudo queremos retratar a las personas que describimos en antropología como totalmente positivas. “Son fantásticos, hacen esto, hacen aquello”. Y eso es algo bueno, pero siempre hay una cara oculta, ¿verdad? Hay celos. Hay traición. Eso también forma parte de la vida social. Por lo tanto, si no se describe eso en términos sensoriales, se puede estar privando a esas personas de una parte de su humanidad.
yd: En las reflexiones que has compartido con nosotros hasta ahora, has destacado la importancia de construir relaciones estrechas y a largo plazo con nuestros interlocutores, de acercarnos a ellos con humildad y respeto, y también de no tener miedo a “desaprender” y “reaprender” cómo hacer investigación etnográfica. Así que, para terminar: ¿qué consejo darías a los antropólogos que quieren adoptar una forma más ética de hacer antropología?
ps: Bueno, una cosa es que cada grupo de personas que estudian los antropólogos tiene su propia epistemología. Tienen su propia teoría del aprendizaje. Así que me he apropiado de la teoría del aprendizaje songhay. Mi profesor [Adamu Jenitongo] insistió en ello. Y yo me resistí durante mucho tiempo, porque quería hacer mi tesis, quería publicar en revistas, etc., etc. Para hacerlo, hay que seguir un cierto protocolo.
Pero, para mí…, lo más importante es lo que Jean Rouch llamó “antropología compartida”. La “antropología compartida” no es solo el etnógrafo y su informante. Se basa en una especie de confianza social compartida que se desarrolla con una persona. Así que mi profesor Adamu Jenitongo me trató como a un hijo ficticio, y es a través de nuestra amistad, a través de nuestro amor mutuo, francamente, que mi etnografía creció y floreció, y sigue creciendo y floreciendo.
No hay nada más importante en este ámbito que forjar amistades duraderas. Esta idea me la transmitió mi mentor, Jean Rouch, que también trabajó entre el pueblo songhay. Tenía amistades que se remontaban a 40 o 50 años atrás. Eran personas con las que colaboraba. Y, por eso, compartían. Tenían una historia en común, una historia construida sobre la confianza forjada a lo largo de años de dar y de compartir experiencias. Rouch nunca traicionó su confianza.
En cuanto a mi maestro, hay algunas cosas que me ha hecho [no] decir. Me dijo: “Nunca reveles esto o aquello”, y yo he mantenido esa confianza compartida. Así que esa noción de confianza social basada en relaciones y amistades duraderas es, en mi opinión, la clave para poder escribir sobre otro grupo de personas con fidelidad y respeto.
Es cierto que cada vez que volvía a Níger se renovaban los lazos de confianza social que tenía no solo con Adamu Jenitongo, sino también con otras personas. Seguí volviendo una y otra y otra vez. Y ellos decían: “Has vuelto, has vuelto”. Y se enteraban de lo que había estado haciendo y decían: “Bueno, eso está bien”. Hay un hombre que conocí durante mi primer viaje de campo a Méhana en la década de 1970; se ha convertido en médico y acaba de ser elegido jefe de cantón en la parte occidental de Níger. Fue cirujano en Alemania y ahora, jubilado, pasa la mitad del año en Alemania y la otra mitad en Níger. Somos amigos desde hace 50 años. Estamos en contacto. Hemos compartido tantas cosas y hemos sido capaces de abrirnos el uno al otro sin vergüenza, con respeto y recuerdo.
No se me ocurre nada más importante para los antropólogos, sobre todo para los jóvenes, que entablar estas amistades y mantenerlas a lo largo del tiempo, en lugar de limitarse a pasar dos años en un lugar de campo y luego irse a otro sitio. Quédate con un mismo grupo de personas. Ya es bastante difícil entender nuestra propia sociedad, y es doblemente difícil entender otra sociedad. Lleva tiempo, y hay que cometer errores, pero si consigues entablar amistades, algunas florecerán y otras terminarán, al igual que ocurre en la vida social en Francia, en México o en Estados Unidos. Esa es la clave. Es el pegamento social de la vida social.
yd: Estimado profesor Stoller, muchas gracias por dedicar su tiempo a compartir sus experiencias, sus conocimientos y sus perspectivas, no solo sobre la etnografía sensorial, sino también, de manera más amplia, sobre los compromisos éticos de los antropólogos. Sin duda, los lectores de Encartes estarán interesados en conocer más sobre su trabajo, por lo que al final de este video proporcionaremos enlaces a su página web y a sus principales publicaciones. Una vez más, le estoy muy agradecida por esta entrevista. Hasta la próxima.
ps: Muchas gracias, Yael. Ha sido un placer.
Yael Dansac es doctora en Antropología y Etnología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (ehess) y colaboradora científica en el Centro de Estudios Interdisciplinarios de Religiones y Secularismo de la Universidad de Bruselas (ulb). Fue investigadora posdoctoral del programa Marie Curie-civis3i de la Comisión Europea, es maestra en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara y realizó estudios de licenciatura en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Ha llevado a cabo trabajos de campo intensivo a largo plazo en México, Francia, Bélgica y el Reino Unido. Ha sido investigadora visitante en la Universidad de Glasgow, y su trabajo ha contado con el apoyo de prestigiosas becas como el programa de investigación e innovación Horizonte 2020. Actualmente es cocoordinadora de la Red de Prácticas Espirituales Contemporáneas de la Asociación Europea de Antropólogos Sociales (easa) y miembro de la junta directiva de la Sociedad Internacional para el Estudio de la Religión, la Naturaleza y la Cultura (issrnc). Entre sus publicaciones recientes se incluyen el volumen Relating with More-than Humans: Interbeing Rituality in a Living World (2022, coeditado con Jean Chamel, Palgrave Macmillan) y los próximos libros Sacralising Stones: Contemporary Spirituality in Megalithic Sites (Brussels University Press) y Modern Scottish Paganism: Ritual, Community, Belief (Edinburgh University Press).
Paul Stoller es profesor emérito de Antropología en la Universidad de West Chester y miembro permanente de la Universidad de Erlangen-Núremberg. En sus más de 35 años de investigación y escritura antropológica, Stoller se ha centrado en la religión songhay en la República de Níger y en la vida de los comerciantes callejeros de África Occidental en la ciudad de Nueva York. Su trabajo abarca la antropología económica, la antropología visual y la antropología del bienestar. En su obra más reciente, investiga cómo la sabiduría indígena no solo puede mejorar el bienestar social, sino también ayudar a sanar un mundo convulso. Stoller ha desafiado las limitaciones de la escritura académica convencional: promueve la narración de historias como una forma de comunicar el conocimiento antropológico a un público más amplio. Stoller ha publicado 16 libros, entre los que se incluyen etnografías, biografías, memorias y tres novelas. Desde 2010, escribe regularmente en blogs sobre cultura, política y educación superior para The Huffington Post and Psychology Today, y se ha convertido en un defensor de una antropología más pública y comprometida. Desde 2006, ha impartido talleres de escritura etnográfica en Europa, Norteamérica y África Occidental. En 2013, el rey Carlos Gustavo de Suecia le concedió la Medalla de Oro Anders Retzius en reconocimiento a sus contribuciones científicas a la antropología. En 2015, la Asociación Antropológica Americana le concedió el Premio de Antropología en los Medios de Comunicación. Entre sus numerosas publicaciones se encuentran las siguientes: The Taste of Ethnographic Things: The Senses in Anthropology (1989, University of Pennsylvania Press), In Sorcery’s Shadow: A Memoir of Apprenticeship among the Songhay of Niger (1989, University of Chicago Press), Sensous Scholarship (1997, University of Pennsylvania Press), Money Has No Smell: The Africanization of New York City (2022, Chicago University Press) y, más recientemente, Wisdom from the Edge: Writing Ethnography in Turbulent Times (2023, Cornell University Press).
Enlaces a la obra y los libros de Paul Stoller:
https://www.wcupa.edu/sciences-mathematics/anthropologySociology/pStoller.aspx
https://www.pennpress.org/9780812212921/the-taste-of-ethnographic-things
https://www.pennpress.org/9780812216158/sensuous-scholarship
https://press.uchicago.edu/ucp/books/book/chicago/M/bo3633321.html
https://www.routledge.com/Embodying-Colonial-Memories-Spirit-Possession-Power-and-the-Hauka-in-West-Africa/Stoller/p/book/9780415908771
Caminos hacia el bienestar (blog) paulstoller@substack.com