Estrategias de cuidado ante la violencia machista en los espacios públicos de la Ciudad de México

Recepción: 29 de septiembre de 2021

Aceptación: 3 de diciembre de 2021

Abstract

Este artículo retoma los resultados de un proceso de Investigación Acción Participativa con Perspectiva Feminista donde se explora a profundidad la experiencia de las mujeres en el espacio público y cómo, a partir de ésta, su cuerpo no sólo resiente sino que reacciona a un escenario hostil en el que hay que estar en constante alerta. El trabajo hace énfasis en la concientización de estas violencias y su implicación en las prácticas urbanas de las mujeres, específicamente la generación de estrategias de protección y cuidado, desde las prácticas cotidianas individuales o colectivas en los espacios próximos hasta las que han surgido y se han consolidado a partir del activismo, lo que pone de manifiesto las diversas maneras en que las mujeres se organizan y hacen frente a una cotidianidad en que prevalecen el miedo y la violencia.

Keywords: , , ,

care strategies against sexist violence by men in public spaces of mexico city

The present article picks up on the results of a Participatory Investigation Action with a Feminine Perspective, with an in-depth exploration of the experience of women in public spaces and how, using it as a starting point, their bodies not only resent, but also react to a hostile environment which requires them to be in a constant state of alert. This article emphasizes the awareness of these violences and their implication in women’s urban practices, specifically when generating protection and care strategies. From individual or collective everyday practices in nearby spaces to those that have been created and consolidated by activism, which exposes the different ways in which women organize and face an everyday life in which fear and violence prevail.

Keywords: violence, public spaces, women, feminist self-defense.


Introduction

Desde 2017 el Colectivo Crea Ciudad, junto con el Laboratorio Hábitat Social: participación y género fa-unam, colectivas y mujeres activistas han puesto en marcha un proyecto colaborativo de investigación sobre la violencia contra las mujeres en los espacios públicos de la Ciudad de México (cdmx). El estudio, de corte cualitativo, se nutre de un trabajo etnográfico y conforma ejercicios de Investigación Acción Participativa con Perspectiva Feminista (iapf) en espacios y grupos de mujeres diversos. Este enfoque ha permitido producir conocimiento desde la experiencia de mujeres de distintas realidades, quienes analizan su contexto e identifican prácticas cotidianas, personales o colectivas, que posibilitan procesos de transformación en sus espacios de vida, específicamente las relacionadas con el autocuidado y el cuidado comunitario.

Como grupo de investigación,1 adoptar la iapf, nos ha dado la posibilidad de crear un espacio de indagación mutua para la concientización y el análisis crítico de una situación que nos atraviesa como mujeres y tejer una comunidad de apoyo en donde desarrollemos capacidades y colaboremos para aportar en la erradicación de la violencia machista. Todo ello desde nuestros espacios próximos, a partir de la construcción de estrategias de acción en nuestros ámbitos cotidianos, que pueden ser el trabajo, el activismo, la escuela, nuestra comunidad o barrio.

En este sentido, la investigación ha permitido establecer un espacio de producción de conocimiento desde distintas perspectivas y comprende entrevistas a profundidad, ejercicios de observación participante, talleres de trabajo y espacios de discusión. Cuenta con registro de pláticas informales, dibujos, fotografías, mapeos colectivos, seguimiento en redes, dibujos, reportes de talleres y diarios personales. El trabajo se ha presentado en distintos espacios académicos y activistas, y ha consentido la integración de sus resultados en proyectos más amplios, consolidación de redes de trabajo y nuevas posibilidades de investigación2.

El presente texto expone los resultados del taller “Cuidarnos entre nosotras”, realizado en la Ciudad de México en 2019. El taller se dividió en dos sesiones, con la intención de crear un espacio de reflexión y diálogo en torno a dos preguntas: ¿cómo vivimos siendo mujeres en una ciudad con altos índices de violencia, particularmente la violencia contra las mujeres en el espacio público?, y ¿cómo reaccionamos y ponemos en marcha estrategias para hacer frente a este contexto?

La convocatoria invitaba a mujeres mayores de edad que habitaran o realizaran gran parte de sus actividades en la Ciudad de México. Durante las sesiones participaron 16 mujeres de entre 18 y 45 años, cuya ocupación y características socioeconómicas son diversas. Así, el grupo se conformó por los siguientes perfiles: estudiantes de preparatoria y universidad, comerciantes y trabajadoras independientes, profesionales en el ámbito de la psicología, la arquitectura y la gestión cultural, profesoras de distintos niveles y disciplinas, mujeres dedicadas al trabajo doméstico, mujeres que actualmente buscan empleo y mujeres artistas.

Las participantes a las sesiones son habitantes de las alcaldías Cuauhtémoc, Azcapotzalco, Coyoacán, Tláhuac y Álvaro Obregón, así como del Estado de México (edomex), específicamente de los municipios de Ecatepec, Cuautitlán Izcalli y Naucalpan, cuyas actividades diarias, tales como la escuela o el trabajo, las realizan en la capital.

Primeramente el artículo expone algunas cifras que permiten dar un panorama general del contexto de violencia alarmante en el que estamos inmersas como mujeres habitantes de la Ciudad de México. Enseguida se presentan los resultados de la discusión y el análisis llevados a cabo por el grupo de participantes. Es importante mencionar que durante estas sesiones se implementaron ejercicios y técnicas grupales que permitieron establecer un ambiente de confianza entre las involucradas. Eso facilitó liberar la palabra y profundizar en las emociones de las mujeres, específicamente, en el miedo que experimentan en el espacio público, cómo se siente en el cuerpo, a qué responde, cómo hace reaccionar, cómo se manifiesta en la experiencia urbana y cómo determina tanto el uso como la apropiación del espacio público por las participantes. Después, a partir del análisis de un desplazamiento cotidiano, se identifican las estrategias de protección y cuidado individual y colectivo que se ponen en marcha desde condiciones y capacidades diversas, ante un escenario de poca efectividad que ofrecen las políticas gubernamentales para frenar la violencia que impera actualmente en la ciudad.

El artículo hace énfasis en estas estrategias y su integración dentro de los espacios próximos de las mujeres. En tal sentido, el artículo concluye con las aportaciones de la autodefensa feminista como una alternativa viable para gestionar la seguridad. A través de entrevistas a colectivos que abordan el tema, se pone de manifiesto el potencial de los espacios de articulación entre mujeres, cuyos ejes de acción apuestan por la organización y el cuidado colectivo dirigido a distintos ámbitos, construyendo una alternativa para desarrollar vínculos y redes de apoyo y hacer frente a la violencia machista.

Dado que el proyecto busca dar visibilidad a la propuesta y las acciones planteadas desde la experiencia de las mujeres, así como de las organizaciones y colectivos, se consideran sus testimonios como aportaciones esenciales en su desarrollo y avance. Por tal motivo se agradece la colaboración de cada una de ellas para este trabajo. A lo largo del texto, los testimonios y voces de las mujeres participantes se integran mediante citas textuales; sin embargo, a petición de las mujeres asistentes, no se mencionan sus nombres reales.

La Ciudad de México: un contexto hostil para las mujeres y niñas

Puede ser que todo esto siempre haya existido, pero también es que continuamente invade todos los espacios, los lugares que pensaba que nunca te iba a pasar nada, en la Universidad, ¡en los baños de la Universidad! En el taxi, en el metrobús, en la unidad en la que habitan, ¡hasta en los puentes! La otra vez vi cómo desde abajo grababan a las mujeres que subían las escaleras del puente. Antes sabías en qué horarios era más seguro salir, o qué colonias evitar, ahora te sientes vulnerable en todos los espacios, barrios y transportes, piensas que la siguiente serás tú (Gisel, 39 años, cdmx, 2018).

La Ciudad de México es la entidad con el más alto índice de mujeres violentadas en el espacio público a nivel nacional (inegi, 2016). Se estima que seis de cada diez mujeres han sido agredidas de distintas formas en la calle, parques o transporte público.3 Entre las agresiones más frecuentes están frases ofensivas de carácter sexual (74%) y tocamientos inapropiados (58%) (inegi, 2016). Esto ubica a la capital del país como uno de los entornos con mayor prevalencia de agresiones contra las mujeres en los ámbitos comunitarios.4

La calle y el transporte público se identifican como los espacios donde se concentran las agresiones.5 Específicamente, el metro se menciona como el lugar en que se presenta la mayor parte de las situaciones de violencia, la cual es generalmente del tipo sexual. Según la Encuesta sobre violencia sexual en el trasporte y espacios públicos en la cdmx 2018, 88.5% de las mujeres participantes al estudio refirió haber sido víctima de violencia sexual durante sus trayectos en el transporte o por los diversos espacios públicos de la ciudad, por lo menos en una ocasión en el último año (un Mujeres, 2018). Si tomamos en cuenta que ocho de cada diez mujeres agredidas no hace la respectiva denuncia a la autoridad, el panorama resulta limitadamente ilustrativo. Según dicha encuesta, la desconfianza en las autoridades, la falta de tiempo y de conocimiento sobre el protocolo de denuncia figuran entre las causas principales para no acudir ante alguna autoridad después de una agresión. A lo cual hay que sumarle la violencia institucional que se ejerce contra las víctimas durante el proceso.

Esta situación es alarmante y trae consecuencias importantes en la vida cotidiana de las mujeres, de las cuales, según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (inegi, 2018), 82% dice sentirse insegura de vivir y transitar en la capital.6

Atendiendo a lo anterior, desde los primeros meses de 2015 en la Ciudad de México se incorporó la Iniciativa Global “Ciudades Seguras y Espacios Públicos Seguros”, por lo que el Instituto de las Mujeres cdmx, la representación de la Entidad de Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres (un Mujeres) y el Gobierno capitalino pusieron en marcha un esquema de trabajo conjunto para llevar a cabo diagnósticos y medidas en la elaboración e implementación de un programa destinado a prevenir y atender la violencia de género en los espacios y transportes públicos. Este antecedente se convierte en la base del Programa “cdmx Ciudad Segura y Amigable para Mujeres y Niñas”, presentado por el entonces Jefe de Gobierno de la ciudad, Miguel Ángel Mancera Espinosa.

En 2016 el Gobierno de la cdmx presentó la Estrategia 30-100,7 iniciativa que pretendía prevenir, atender y sancionar la violencia contra las mujeres en el transporte y el espacio público, valiéndose de acciones de impacto inmediato en un plazo de cien días. Forman parte de esta estrategia la aplicación móvil Vive Segura cdmx, el silbato y la campaña “Tu denuncia es tu mejor defensa”.

Este programa, sin embargo, no parece dar respuesta a la complejidad de la problemática, tal como lo muestra el informe de diversas organizaciones de la sociedad civil,8 que a partir de la creación del Observatorio de Seguimiento de la Estrategia 30-100 presentaron una evaluación en la que concluyeron que esta política pública fue fallida por diferentes errores, desde su diseño y su ineficacia para operarla.

El informe señala que la falta de un diagnóstico adecuado para abordar la situación con un enfoque de derechos, perspectiva de género y justicia social, las medidas sin proyección a largo plazo y la falta de manejo eficiente de los recursos fueron los principales problemas de la estrategia (Ala izquierda et al., 2016).

A cinco años de su implementación, y según la información recabada, el Programa Ciudades Seguras para Mujeres y Niñas no parece tener elementos formales que indiquen la efectividad de sus estrategias. Tampoco son claros los motivos para mantenerlo, ni cómo ha ido evolucionando a partir de los contextos y sus resultados.

El panorama resulta desolador si se toma en cuenta que en las últimas tres administraciones de la cdmx no se ha logrado disminuir ni mejorar de manera significativa la situación de violencia contra las mujeres en el sistema de transporte público y los espacios de la ciudad. Pareciera incluso que toma más fuerza, ejemplo de ello es la última crisis de inseguridad que surgió a partir de denuncias de intento de secuestro en el metro.

En enero de 2019, decenas de mujeres expusieron a través de redes sociales testimonios sobre un nuevo modus operandi de secuestro, dentro y en zonas aledañas al metro de la cdmx. En sólo 12 días, la Procuraduría General de Justicia de la cdmx (pgj) abrió 48 carpetas de investigación por intentos de secuestro; sin embargo, no se ha identificado plenamente el grupo delictivo o probable responsable. Entre las medidas adoptadas por el gobierno de la ciudad se encuentra la instalación de cinco ministerios públicos móviles en distintas estaciones del metro, la revisión de carpetas de investigación relacionadas con hechos denunciados, la iluminación en las inmediaciones del metro y más agentes policiacos.

En paralelo a estas denuncias, comenzaron a organizarse diferentes acciones feministas, de las que destaca la creación de mapas para señalar las estaciones de metro donde se estaban registrando estos hechos.9

Cómo vivimos este contexto las mujeres que habitamos la Ciudad de México

Hace unos meses, hablábamos dos hombres, una mujer y yo. Uno de los hombres era un amigo que visitaba por primera vez la Ciudad de México. Estábamos en mi casa y hablábamos sobre la ruta más estratégica que el amigo extranjero podría tomar para llegar al departamento, después de una cena que tenía agendada esa noche al sur de la ciudad. Le expliqué a detalle la ruta y al final, teniendo en mente que llegaría entre 10 y 11 de la noche, le comenté, así sin pensar, de manera muy natural, que al llegar al metro había unos taxis seguros que podía tomar para traerlo aquí. El otro hombre que participaba en la conversación preguntó extrañado para qué, si el metro está muy cerca. A lo que el turista amigo agregó que de todas formas, si lo asaltaban, no traía nada de valor. La mujer a mi lado mencionó que no era por miedo al asalto; ella tomaba el taxi a esa hora por miedo a travesar sola ese par de calles oscuras. El amigo turista le preguntó qué podía pasarle. Ella respondió que toma el taxi por miedo a que la violen. En ese momento me puse a pensar que hombres y mujeres no tenemos los mismos miedos al transitar por el espacio, y por ende, no tenemos las mismas precauciones, ni tampoco las mismas restricciones o límites. La experiencia no es la misma (Lucina, 36 años, cdmx, 2019).

Desde hace ya varios años y desde distintos ámbitos se advierte sobre la situación de las mujeres y niñas en las ciudades, quienes enfrentan peligros y temen vivir actos de agresión física, verbal y sexual en los espacios públicos, los cuales abarcan desde comentarios y gestos hasta la violación e incluso el feminicidio.

Para Carolina Bustamante, “el miedo puede leerse desde el cuerpo y el género, porque por alguna razón el común denominador es temer a que seamos violentadas por ser e identificarnos como mujeres” (2017). Para la autora, el elemento en común es “ser agredidas sexualmente, acosadas, abusadas, muertas, y que nuestros cuerpos sean heridos brutalmente y expuestos en vía pública” (Bustamante, 2017).

Este sentimiento común pudo constatarse en los relatos de las mujeres que, aun en condiciones y con historias de vida distintas, evidencian un miedo compartido, un miedo que nos atraviesa a todas (aunque de manera diferenciada) y un estado de alerta permanente: “siento intranquilidad, preocupación. La verdad es que me genera estrés andar sola por la calle y sobre todo en la noche, me da miedo que me secuestren, que me violen, sobre todo eso” (Paulina, 39 años, cdmx, 2019).

Para poder sumergirnos en la experiencia retornamos a Lorena Pajares, quien menciona que “toda investigación participativa comienza con una reflexión personal orientada a que emerjan prejuicios, presunciones, dudas o posturas subconscientes o invisibles”10 (2020: 304). Considerando lo anterior, el primer taller detona sus reflexiones a partir de la pregunta sobre cuál es la relación que como mujer he desarrollado con el espacio público de la cdmx. El recorrido parte de la identificación del miedo como sentir físico y corporal propio. El intercambio de vivencias entreteje un relato colectivo que da pauta a situar la emoción en el espacio público y comprender la manera en que repercute en las distintas dimensiones que lo componen. El taller fungió como un espacio de escucha y de intercambio que dio pauta a reflexionar acerca de la experiencia particular de las mujeres participantes, según las condiciones de vida de cada una, así como de la interconexión con otros sistemas de opresión, además del género o sexo.

Ana Falú menciona que

la violencia individualizada a través del cuerpo de las mujeres, el cuerpo que habitamos, se transforma en lo social y político y permite develar y comprender otras discriminaciones, como las vinculadas con la opción sexual, el origen étnico, la edad, la condición social o el lugar de residencia, que signan la vida de las personas en las ciudades (2009:16).

En este sentido, se constató que ese sentir común se ve impactado por las diferencias o especificidades de cada una; la edad, lugar de procedencia y condición económica moldean la vivencia de las mujeres de los talleres. Por ejemplo, las participantes consideran que la violencia que se vive actualmente trastoca de manera más incisiva a las mujeres jóvenes, privándolas de sus actividades cotidianas, lo que impacta su desarrollo personal, de sus capacidades y de su derecho al ocio. Sayda, estudiante de preparatoria y habitante de Tláhuac, menciona que en su barrio es común que se esparzan rumores sobre secuestros y violaciones de mujeres jóvenes, sobre todo a partir de las noticias de los secuestros del metro. Sin embargo, asegura que siempre ha existido un mayor riesgo a sufrir algún ataque por ser mujer, ya que lo ha visto con sus primas que viven en el mismo rumbo:

Desde la secundaria me daban consejos para cuidarme; ahora en la prepa he dejado de ir a lugares, o casi no acepto invitaciones, peor si tengo que salir de noche. Cuando nos vemos, mis amigas y yo vamos a la casa de alguna y luego pasan por mí. Mi hermana, por ejemplo, que aún va en la secundaria, va de la escuela a mi casa; mi papá o mi hermano van por ella, no la dejan salir en las tardes, porque el barrio es peligroso, y más para nosotras (Sayda, 18 años, cdmx, 2019).

Por Aída, habitante de Cuautitlán Izcalli, las mujeres más jóvenes pueden estar más propensas de sufrir un episodio de violencia, pues considera que influye la imagen que se da en el espacio y las herramientas que se van sumando para enfrentarlo.

Yo ya no soporto sentir que los hombres me ven; por eso ya no voy sola a los lugares donde me siento vulnerable. Me di cuenta que mientras más joven eres, más víctima te ven, más indefensa. También mientras más chica, más lo vives, te impacta mucho. Si me llegaban a decir algo o tocarme, me quedaba paralizada y lo evadía. Todo el camino iba sufriendo. Ya ahora, más grande, me atrevo a enfrentarlos, les contesto y me defiendo (Aída, 33 años, edomex, 2019).

Vivir en determinada zona de la ciudad o sus colindancias desencadenará otro tipo de precauciones para continuar las actividades normales, distintas que si se vive en las colonias centrales. Las mujeres que viven en Ecatepec, municipio del Estado de México, donde desde 2015 se declaró Alerta de Violencia de Género, quienes se desplazan diariamente a la Ciudad de México por el trabajo o la escuela han tenido que adaptar sus actividades cotidianas en función de la inseguridad de sus barrios. Estas previsiones se suman a otras que tienen que ver con el territorio mismo, como por ejemplo la falta de equipamientos y servicios, la ausencia de rutas de transporte y de transporte seguro, la degradación del espacio físico, etcétera.

De la misma manera, las condiciones económicas desempeñan un papel importante para sumar o no elementos que favorezcan la protección. Es así que se pudo constatar una desventaja entre las mujeres que no cuentan con un presupuesto destinado a transportes seguros. Los riesgos, las limitantes y los impactos no serán los mismos. Aun con éstas y otras diferencias, las mujeres de la investigación confesaron haber experimentado alguna situación de violencia en el espacio público de la ciudad. Estos hechos se han presentado de manera muy común en el transporte público, en diversos espacios de la ciudad como la calle, los parques y plazas, pero también en las escuelas, bibliotecas o museos, lugares que en voz de las participantes los percibían seguros.

Los testimonios muestran que estos acontecimientos presentan distintos niveles de agresión: “desde cosas sencillas, que pasen y te toquen lo que sea, todo el tiempo en el transporte público, tocamientos, que te digan groserías, eso de a diario; bueno digo sencillas porque sí he estado en situaciones donde he tenido mucho miedo” (Eli, 32 años, cdmx, 2019).

Las mujeres, además de sobrellevar el clima de inseguridad que prevalece en la ciudad, padecen día a día en los desplazamientos y espacios cotidianos diferentes tipos de violencia, notoriamente la de carácter sexual. Éstos se producen de manera aleatoria, es decir que la posibilidad de ser agredidas existe independientemente de factores como la edad, ocupación o procedencia, entre otras, (Falú, 2013; Bustamante, 2017).

No sólo se siente el miedo a transitar o usar un espacio determinado, también el miedo como resultado de la desigualdad en las relaciones de poder, que construye a la mujer como un territorio que puede ser ultrajado de manera impune. Las mujeres vivimos con miedo, así tomes el taxi, estés en la escuela, manejando, o que regreses temprano para no andar en la noche, cualquier situación o espacio, creo que todas en algún momento sentimos miedo (Itzel, 26 años, cdmx, 2019).

Paula Soto menciona que el miedo es un “un tipo de violencia sutil y profunda, que al no ser tan fácilmente perceptible contribuye a crear un entorno de amenaza a la libertad de las mujeres en los espacios urbanos” (Soto, 2012: 148). Por su parte, Falú lo resume como “un miedo que limita su derecho a disfrutar del espacio público y obstaculiza su participación, y que tiene soporte básicamente en sus cuerpos visualizados como objetos de dominación” (Falú, 2014: 20).

Soto apunta a la relación entre alteridad y la simbolización espacial del miedo, y menciona que ésta “no es una elaboración que realizan los agentes individualmente; por el contrario, es intrínsecamente relacional, en tanto se construye un imaginario de un otro u otros definidos como potenciales agresores” (2012: 154).

En palabras de Maru, habitante de la alcaldía Cuauhtémoc:

El cuerpo no sólo resiente, sino que reacciona a un escenario hostil en el que hay que estar en constante alerta. Tu cuerpo se acostumbra a estar tenso. Aprende a estar a la defensiva. Si voy sola, me siento insegura, voy mirando a todos lados para ver que todo esté en orden o no note algo extraño (Maru, 30 años, cdmx, 2019).

La situación se agrava, según las participantes, debido a que los impactos que genera la violencia que azota de manera general en la ciudad aleja a las personas, “cada quien va cuidándose y es imposible cuidar al otro. La gente no se expone sólo porque te van manoseando, no se meten por miedo a salir perjudicados, piensan que son cosas que pasan y nadie te apoya” (Ángela, 23 años, edomex, 2019).

Esto alimenta el imaginario de un espacio urbano hostil que genera un sentimiento de pérdida de libertad e imposibilidad de actuar, el cual, según las participantes, se empeora con los actos continuos del episodio violento. Vergüenza, frustración, desconfianza y enojo son las emociones que las mujeres describieron después de haber sido atacadas; más que por el acto mismo, dicen, se debe más a la confusión de no saber qué hacer o no tener capacidad de hacerlo. A lo anterior habría que sumar la descalificación a la víctima y la pasividad de las y los que presencian el acto de violencia, o que toman una posición que responsabiliza o culpa a las mujeres.

En palabras de Soto, la violencia contra las mujeres en los espacios públicos “no acaba en el mismo hecho violento, sino que sigue actuando a través de sus consecuencias, ya que ellas mantienen sistemáticamente sentimientos de desvaloración personal e inseguridad” (2012: 162).

Gisel, maestra de bachillerato y participante al taller, constata las repercusiones que generan estos actos de violencia contra las mujeres, ya que aunque menciona haber identificado situaciones de riesgo o violencia, en el momento es difícil actuar o defenderse.

Me siento culpable por no reaccionar en el momento; frustrada porque hubiera podido hacer más cosas: defendido, encarado a la persona que me está haciendo sentir así; no lo puedo hacer, hay algo que me limita, me da miedo reaccionar mal y generar una incomodidad entre las personas que están ahí (Gisel, 39 años, cdmx, 2019).

La situación es compleja, ya que además de la normalización de la violencia hacia las mujeres, el constante “estar alerta”, “cuidarse”, “tratar de ver las intenciones”, “tratar de evitarlo” concibe al otro como un ser en el que no se debe confiar y genera un constante estrés que afecta en el estado emocional; denota también la percepción de que la violencia experimentada por las mujeres está a su cargo, es su responsabilidad y no un problema a atender en colectividad (Zúñiga, 2014).

La sensación de miedo ante la amenaza, o bien la violencia misma, deja secuelas en la memoria corporal y estima de las mujeres, y descalifica su capacidad de control y decisión, así como la garantía de transitar por un espacio seguro. La experiencia de las mujeres en el espacio urbano incorpora de entrada un miedo manifestado en la incertidumbre de vivir algún episodio de violencia; esto conlleva limitaciones y en ocasiones una pérdida de autonomía, y un estado de constante ansiedad, una ansiedad que tiene repercusiones importantes a nivel emocional/personal y en las relaciones expresadas en el espacio público.

Sin embargo, ante esta situación las mujeres han encontrado formas de hacer frente a partir del despliegue de estrategias y prácticas de cuidado que transmiten y consolidan en grupos próximos, tema que se aborda en el siguiente apartado.

Estrategias de cuidado: de lo espontáneo a los procesos de apropiación colectiva

Pues desde hace tiempo siento que la misma experiencia te obliga desde a pensar en cómo vestir, planear el horario de visita de algún lugar, pero también luego entras en una dinámica con tus amigas y empiezas a compartir rutas, haces viajes compartidos con otras conocidas, te vas informando qué aplicación de taxi es más segura para viajar, sales “en bola” (Liliana, 19 años, edomex, 2019).

La concientización de las violencias que se reproducen en el espacio se traducen en la planeación de las actividades, las cuales se orientan a sumar elementos a favor de su protección y crear estrategias individuales y colectivas, para sentirse seguras en los espacios públicos. Son estrategias que “se vuelven hábito” y que se perfeccionan y complementan por la información que se obtiene, las nuevas tecnologías y redes de cuidados que se construyen.

Las mujeres del taller mencionan que desde muy jóvenes han implementado o escuchado de estas prácticas de protección, las cuales provienen muchas veces del intercambio de ideas con otras mujeres, familia, amigas, conocidas, “desde que eres adolescente y la tía te dice que te lleves tu aguja gigante para picar a los hombres que te quieren manosear” (Paulina, 39 años, cdmx, 2019). Sin embargo, comentan que últimamente han integrado otras estrategias que socializan e implementan en círculos cercanos, generalmente con mujeres de la familia, escuela, trabajo, amistades o vecinas, utilizando diferentes formas de transmisión: grupos de mensajería instantánea, redes sociales, talleres o reuniones. Estas redes se establecen en su mayoría en grupos cerrados, donde existe un vínculo que genera confianza, lo que permite de manera espontánea adoptar dichas prácticas de cuidado.

Mis alumnas del Estado de México cuentan con grupos virtuales de comunicación, para avisar sobre situaciones sospechosas o anuncios importantes; también hay veces que se ponen de acuerdo para viajar juntas las que trabajan en la ciudad. Empezó con un mensaje de una chica que desconfiaba del taxi en el que iba; recibió mucho apoyo y ya después todas empezamos a avisar por dónde andábamos (Sandra, 29 años, edomex, 2019).

Lo anterior pone de manifiesto la forma en la que las mujeres enfrentan un contexto que las limita y violenta. Las maneras de hacerle, de protegerse o cuidarse, dependerán de cómo factores como el lugar de residencia, la edad o los recursos económicos son utilizados a su favor a la hora de desplegar estrategias de cuidado.

En el siguiente apartado se muestran más concretamente las estrategias de protección y cuidado llevadas a cabo de manera individual y colectiva durante un traslado.

Desplazarse como mujeres en la ciudad: todo siempre es por si acaso

Uno de los ejercicios del taller tenía como objetivo conocer las prácticas de protección y cuidado orientadas a esquivar situaciones de riesgo e inseguridad que se realizan antes, durante y después del trayecto; para lograrlo, se propuso desmenuzar paso a paso los desplazamientos cotidianos, mencionar horarios de salida y llegada, motivos y destinos. Había que hacer consciente cada etapa desde la preparación hasta la llegada al destino planeado y, a partir de ahí, identificar qué prevén, con qué recursos y alternativas cuentan, las características del espacio que transitan y cuáles son las estrategias de cuidado que implementan en cada desplazamiento. Mientras se narraban los trayectos, se procuró generar una discusión sobre cómo empezaron a aplicar dichas estrategias, cómo las integraron a sus rutas, con quiénes las realizan y qué tan eficaces les han resultado.

Se pudo constatar la dificultad de las participantes para identificar estas prácticas, debido a que muchas de ellas se han interiorizado, las adoptan desde que son muy jóvenes y mencionan que las realizan sin pensar. Para facilitar la discusión, el trayecto se dividió en tres momentos: antes de salir, durante el viaje y al final de éste, cuando llegan a su destino.

El ejercicio dio cuenta de la diversidad de prácticas existentes, que en su mayoría se realizan en función de las vivencias propias, la información que se va obteniendo, las condiciones del espacio por el que se transita y a la capacidad de cada una para llevarlas a cabo, traducida en los recursos económicos con los que se cuenta o las redes de cuidado entre amistades, vecinas, familiares o grupos escolares o activistas. Aunque también impacta la las habilidades psicosociales y físicas, así como el control de emociones para llevar a cabo alguna acción o hacer frente a determinadas situaciones.

A continuación, se presentan de manera generalizada las estrategias de cuidado que las mujeres dijeron usar durante un trayecto cotidiano. Si bien no siempre se ponen en práctica todas las estrategias que se mencionan, sí se tomaron en cuenta las que son constantes entre las participantes.

Antes del desplazamiento, las mujeres identifican la zona a la que acudirán, el transporte que existe, las condiciones de rutas o espacios, comercios y actividades, así como si es una zona que se considere peligrosa. Asimismo, planean si requieren ir acompañadas (de algún miembro de la familia, amiga o amigo, etc.), modificar la ruta (para evitar zonas o transportes que les generen inseguridad), la vestimenta que llevarán (para no llamar la atención) y el acceso al transporte (horarios y rutas). Además de ello, las mujeres gestionan contar con un teléfono que tenga saldo y batería, para avisar a la familia o las amigas. Algunas mujeres comentaron llevar cambios de ropa y objetos que puedan servir en algún momento dado para protegerse.

Durante el trayecto, las mujeres mencionan estar en un estado de alerta general, lo cual significa ser observadoras de lo que está aconteciendo. Identifican elementos de riesgo en el espacio y reaccionan ante éstos, tratando sobre todo de evitarlos. Por ejemplo, se bajan del transporte si notan que se van a quedar solas, cambian de lugar o de acera o calle. Las participantes mencionaron que de manera recurrente, durante el viaje imaginan posibilidades para huir o protegerse, lo que ha permitido que durante los trayectos que realizan cotidianamente tengan identificados comercios “que dan confianza” en caso de necesitar ayuda, los botones de emergencia, las calles más accesibles y concurridas, etc.

Algunas mujeres mencionaron estrategias más precisas, como enviar foto de las placas del taxi a grupos de amigas o miembros de la familia, tener un comportamiento “discreto” para no llamar la atención, ubicarse siempre en ciertos lugares en los transportes, llevar objetos para defenderse como llaves o lápices. Al llegar al destino, es muy común que avisen de su llegada y envíen su ubicación en grupos de WhatsApp de familia o amigas, o grupos conformados especialmente para monitorear su trayecto, organizados principalmente por vecinas de la colonia, colectivos feministas, grupos de escuela o trabajo, etc. Mencionan que comúnmente cuando llegan al destino están menos estresadas, menos observadoras y dejan de estar en estado de alerta.

Estas prácticas evidencian un desarrollo de habilidades espaciales, es decir que tienen un conocimiento muy fino del espacio urbano que recorren a diario. En este sentido, las mujeres van a contar con un conocimiento sobre la ciudad muchas veces en función del peligro: las calles oscuras, los transbordes de los metros solitarios, los sitios de taxi seguros, etc. Las estrategias de cuidado mencionadas muestran un proceso complejo que se socializa, cuando se comparten o se transmiten, cuando se entrenan, repiten, mejoran, van a detonar procesos de apropiación colectiva y a conformar mecanismos de autodefensa femenina popular.

Durante el taller, varias de las participantes mencionaron que, convencidas de querer ampliar sus estrategias de protección y cuidado y tener la facultad de reaccionar en caso de agresión, se han acercado a los colectivos feministas de autodefensa. Confiesan que aunque cargan con objetos como llaves, lápices, perfumes de manera intencional para usarlos en caso de peligro, no saben cómo hacerlo correctamente e incluso puede ser contraproducente. Indican que este acercamiento a la autodefensa feminista se ha dado paulatinamente, y va desde adquirir objetos de autodefensa (específicamente anillos, cuchillos, llaveros, botones de pánico, sprays), aprender a defenderse o entrenarse y pertenecer a grupos de apoyo.

Estrategias llevadas a cabo por grupos o colectivos de autodefensa feminista

Orientadas por las mujeres participantes del taller, se realizaron dos experiencias de autodefensa feminista basadas en la Ciudad de México: Diva Ortiz, del Colectivo Cuadrilla Violeta, y Mariana Ramírez, de Grl Pwr/Local Girl Gang, con el objetivo de presentar, si bien de manera incipiente, algunos elementos que conforman esta práctica como una alternativa para la protección y la gestión de la seguridad de las mujeres.

Como respuesta al aumento de los casos de violencia en el espacio público en distintas ciudades del país, muchas mujeres han comenzado a adoptar la autodefensa feminista como una opción para reaccionar, anticipar y prevenir, pero también cuestionar y reivindicar el derecho de una vida sin violencia. Los avances del movimiento han dado pauta a incursionar en distintos ámbitos y responder a los tipos y niveles de violencia a través de distintos medios y expresiones.11 En Latinoamérica, la autodefensa feminista, más allá de contemplarse como una disciplina de entrenamiento meramente físico, se retoma como una manera de accionar dentro del movimiento. La autodefensa ha ampliado los horizontes de las mujeres, y sus estrategias abarcan diferentes ejes y ámbitos en los que se produce la violencia machista. Se apoya en diversos medios y formatos para difundir información y evitar situaciones de riesgo, por lo que se considera, una estrategia de protección. En este sentido, muchas de las colectivas y los grupos integran estas prácticas como una forma autónoma de gestionar su seguridad y proteger su integridad. En este sentido, la autodefensa feminista, en voz de los colectivos entrevistados que la despliegan, es un proceso que permite tener herramientas para poder enfrentar episodios de violencia, o salir de situaciones de riesgo. Integra diversas dimensiones, desde la práctica física, la atención de lo psicológico y emocional, cuestiones legales o protocolarias, etc. Asimismo, proveen de estrategias para atender situaciones en espacios como el transporte, la calle, los lugares de ocio, y últimamente los espacios digitales.

Las formas de comunicación son diversas, las redes sociales y plataformas por internet son una herramienta que ha podido extender su transmisión. Sin embargo, priorizan el entrenamiento y la práctica de estas estrategias, por lo que aseguran que lo importante son los procesos mismos. Es decir, la autodefensa feminista da la posibilidad de entrenarse, de fortalecer habilidades físicas y de respuesta a agresiones, pero también da la posibilidad de crear espacios colectivos de cuidado donde convergen distintas prácticas de transformación social.

Surgido en 2016, Cuadrilla Violeta es un espacio autónomo dedicado a la autodefensa feminista; busca, a partir de la práctica del box y otras expresiones corporales, detonar el cuidado colectivo entre mujeres y la construcción de estrategias propias para hacer frente al actual contexto de violencia machista que se vive en el país. El proyecto, coordinado por Diva Ortiz, boxeadora y antropóloga, pretende trabajar con técnicas colectivas que aportan al fortalecimiento y la creación de redes de apoyo, así como ejercicios multidisciplinarios, que permitan abarcar los elementos del amplio abanico de violencias al que estamos expuestas.

Estamos en un contexto en donde constantemente vivimos violencia en todos los ámbitos y hay que estar armadas, con eso queremos decir que hay que tener conocimiento sobre protocolos y cuestiones legales, sobre nuestros derechos. También sobre cómo prevenir situaciones según el lugar en que nos encontremos, en el espacio público, en el taxi, en el antro (Diva Ortiz, cdmx, 2019).

Para Cuadrilla Violeta, no se trata de una respuesta a un ataque. Su enfoque se orienta a un acto de apropiación del cuerpo como primer territorio, y se extiende a todos los espacios de la vida de las mujeres. En este sentido, establecer espacios libres de violencia en la ciudad involucra un trabajo que va desde lo individual a lo colectivo; la concientización de sus derechos y la identificación de las violencias traducidas en el espacio público son pasos obligados antes de implementar estrategias de autodefensa.

Por su parte, Mariana Ramírez, de Grl Pwr/Local Girl Gang, menciona que la autodefensa feminista facilita el acceso de las mujeres al reconocimiento de sus cuerpos a partir de colectivizar experiencias, con el objetivo de pensar y actuar en conjunto y entender que la violencia machista no es un problema individual.

En este sentido, el trabajo corporal de la autodefensa feminista es integral y toma en cuenta las condiciones y estructuras del contexto que lo atraviesa. Es decir, busca cambiar la narrativa del cuerpo de las mujeres en el espacio público: de mujeres pasivas a mujeres capaces de responder de una manera efectiva.

La metodología de Grl Pwr/Local Girl Gang se piensa en tres ejes de trabajo: el entrenamiento físico, la concientización de la violencia contra las mujeres desde una perspectiva feminista, y el autocuidado, el cual se extiende hasta la contención y el acompañamiento. “Buscamos crear un espacio seguro en el que puedan adquirir herramientas desde la teoría feminista en sus diversas vertientes, que haga posible la reflexión y la deconstrucción” (Mariana Ramírez, cdmx, 2019).

En experiencia de ambos colectivos, en estos espacios surgen formas propias de cuidarse. Se trabaja para entender y gestionar el miedo, el cual deja de ser paralizante; se resignifica para superar el objetivo inmediato de bien reaccionar ante una situación de riesgo, y avanzar hacia la apropiación del cuerpo como primer territorio, y reflexionar colectivamente sobre cómo enfrentar la violencia en la ciudad. Lo anterior muestra la carga política y transformadora de estos espacios. El cuidado deja de ser una responsabilidad meramente individual para asumirse como colectiva, y se hace con otras mujeres construyendo en comunidad, procurando la protección, pero también la sanación y la acción.

Final thoughts

La internalización de la incertidumbre y la amenaza constante que representa el espacio público para las mujeres tienen implicaciones importantes a la hora de tomar decisiones cotidianas respecto a las actividades que se realizan en la ciudad (movilidad, forma de comportarse y vestirse, horarios, etcétera). La concientización de las violencias que se reproducen en el espacio se traducen en la planeación de las actividades, las cuales se orientarán a sumar elementos a favor de la protección y crear estrategias individuales y colectivas, para sentirse seguras en los espacios públicos. Estas estrategias de cuidado se despliegan a partir de un proceso que se socializa, al compartirse, transmitirse o hacerse en conjunto con otras mujeres, lo que va a detonar dinámicas organizativas, creación de redes y mecanismos de protección popular. Es una situación que resulta necesaria en un contexto urbano de violencia e impunidad como el de la cdmx, donde las mujeres deben hacer frente a distintos tipos de peligros, además de la violencia machista.

Por otra parte y como una alternativa posible, los colectivos de mujeres y feministas apuestan por construir espacios formales de cuidado y defensa donde las mujeres proponen una gestión colectiva de la seguridad a partir del fortalecimiento de habilidades generadoras de confianza, pero también de solidaridad. Es decir, se gesta la idea de un cuidado colectivo, una forma de organización que pretende una autonomía de la seguridad a partir de tejer redes con otras mujeres que viven y experimentan la misma violencia, con quienes se sienten identificadas y con quienes crean en conjunto estrategias para combatirla. Lo anterior es importante ya que rompe con la idea individual de protección y se expande a nociones más complejas, lo que permite vislumbrar pistas de acción y de análisis que den cabida al tratamiento de los problemas que genera la violencia contra las mujeres desde otras perspectivas.

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Paola Flores Miranda es educadora popular e investigadora en el Laboratorio Hábitat Social: participación y género (lahas), de la Facultad de Arquitectura de la unam; aborda temas como la organización y participación de las mujeres en barrios populares y facilita programas de formación a grupos en medios rurales y urbanos, desde el enfoque de la educación popular, con temáticas como el desarrollo local, mejoramiento del hábitat, urbanismo feminista y fortalecimiento organizacional. Junto con el Colectivo Crea Ciudad realiza talleres para la prevención de la violencia con jóvenes a partir de la concientización del problema y la creación de redes de cuidado colectivo.

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