Las chicas ya no quieren divertirse: violencia de género y autocuidado en la zona conurbada a la Ciudad de México

Recepción: 1 de octubre de 2021

Aceptación: 4 de mayo de 2022

Resumen

Municipios como Tultitlán, Coacalco y Ecatepec en el Estado de México forman parte desde hace ya varios años de un corredor de trata de personas, en donde la desaparición de mujeres se ha vuelto una constante; ante este escenario, habitantes de esas localidades narran sus experiencias de inseguridad y miedo, sus prácticas de autocuidado y dan cuenta de cómo el peligro moldea las actividades cotidianas.

Los relatos de estas jóvenes visibilizan la manera en que la violencia modela las subjetividades femeninas en contextos donde los peligros son inevitables y la vida no puede interrumpirse a causa de ellos, la única alternativa es adaptarse. En la experiencia de estas mujeres, el miedo no es una posibilidad distante y azarosa, sino un riesgo latente y cercano, que se alcanza a librar cada día, pero quién sabe hasta cuándo: todas relatan situaciones de peligro que por algún azar no llegaron a concretarse.

Particularmente la recreación se inscribe en un discurso sobre la imposibilidad de estar segura en ninguna parte, de prohibición y culpabilización de las víctimas; la vida nocturna, esporádica y limitada, aparece caracterizada como “destrampe” o “conducta inmadura e irresponsable”.

Palabras claves: , , , ,

girls no longer want to have fun: gender violence and self-care in the mexico city suburbs

Municipal areas such as Tultitlán, Coacalco and Ecatepec, in the State of Mexico, have been, for years now, a corridor for human trafficking, in which the disappearance of women has become constant; in the light of this scenario, inhabitants of these areas narrate their experiences of insecurity and fear, their self-care practices and explain how danger shapes everyday activities.

The narrations by these young ladies displays the way in which violence shapes feminine subjectivities in contexts in which dangers are inevitable and life cannot be put on hold because of them, so the only alternative is to adapt. In these women’s experience, fear is not a distant and random possibility, but a latent and nearby risk, which one escapes every day, no nobody know for how much longer: They all narrate danger situations which, by chance, never took place.

The recreation in particular is part of a discourse on the impossibility of ever being safe anywhere, on the prohibition and blame of the victims; nightlife, occasional and limited, is considered “debauchery” or “irresponsible and immature behavior.”

Keywords: recreation, everyday life, tactics, insecurity, trafficking.


Introducción

El crecimiento exponencial de la violencia en México en los dos últimos sexenios (2006-2018) ha tenido en el feminicidio una de sus expresiones más crudas. A la habitual violencia de género que viven las mujeres en la zona conurbada a la Ciudad de México se suma la posibilidad de ser secuestrada y asesinada, torturada, desaparecida. Pese a este escenario, las jóvenes de municipios como Coacalco, Tultitlán y Ecatepec realizan sin aparente alteración sus actividades cotidianas como estudiar o trabajar; la reflexión que aquí se presenta es resultado preliminar de una indagación acerca de las actividades recreativas, particularmente las nocturnas y que implican largos desplazamientos, y cómo se relacionan con las prácticas de auto-cuidado que realizan estas mujeres. Intentamos mostrar el sentido que esas prácticas dan a los diferentes discursos sobre la feminidad y la inseguridad que predominan en el espacio social y cómo a partir de ellos se construyen subjetividades femeninas que podrían constituir en sí mismas tácticas de supervivencia.

En el primer apartado de este texto se intenta caracterizar a las localidades estudiadas como parte de un corredor de “trata de personas” en donde las muertes y desapariciones son frecuentes desde hace ya algunos años, sin que las autoridades resuelvan el problema. Luego, en un breve apartado teórico-metodológico, se describen algunas categorías conceptuales a partir de las cuales concibo al discurso social como un espacio privilegiado de análisis de lo social, me refiero a las categorías de murmullo social, experiencia, subjetividad, tácticas y vida cotidiana, que orientaron el análisis; también se recuperan algunas nociones de espacio público que, desde la teoría feminista, han visibilizado las desigualdades que en él se producen entre hombres y mujeres. Se detalla además la estrategia metodológica empleada para el diseño de los instrumentos y la constitución del corpus de análisis.

En la tercera parte de este trabajo se analizan las experiencias de estas jóvenes, relacionadas con los peligros que enfrentan en su vida cotidiana para visibilizar los discursos que dan sentido a tales experiencias y la manera en que las resuelven y enfrentan. A manera de conclusión intento una reflexión sobre cómo los discursos sobre la culpa y el autocuidado modelan las subjetividades femeninas para adaptarlas a la violencia y el peligro.

El corredor de las desapariciones

La presente investigación tiene como escenario algunos municipios mexiquenses de la zona conurbada de la Ciudad de México, específicamente Cuautitlán, Tultepec, Tultitlán, Coacalco y Ecatepec.

Estos municipios se encuentran geográficamente conectados a la capital del país por la autopista México-Pachuca de un lado y la México-Querétaro, del otro. Comparten entre sí algunas características particulares, derivadas de su cercanía con la Ciudad de México y son habitados por pobladores originarios, tradicionalmente dedicados a las actividades productivas primarias, como la agricultura y la ganadería y también por una enorme cantidad de avecindados procedentes de prácticamente todo el país y de la Ciudad de México.1

La construcción de enormes unidades habitacionales en la zona derivó en que estos municipios se constituyeran en lo que se ha denominado como “ciudades dormitorio”, ya que la vivienda en la zona es barata y la mayoría de los pobladores se desplazan diariamente a trabajar a la Ciudad de México, haciendo recorridos de cerca de tres horas de ida y otras tantas de regreso.

La cercanía con la ciudad de México, el enorme crecimiento demográfico y la distancia con la capital del Estado de México, Toluca, ha generado que estos municipios prácticamente estén desligados del control administrativo y político de esa entidad, esto, aunado a la dinámica de la conurbación, ha generado la proliferación de distintas problemáticas sociales, principalmente la de la inseguridad. María Teresa Padrón y Guénola Caprón describen en forma detallada las lógicas de desplazamiento del transporte público y las condiciones de inseguridad que los habitantes enfrentan en forma cotidiana (2015).

Desde hace ya varios años, el Estado de México se ha posicionado como una de las entidades del país con mayor número de feminicidios, tan solo en el 2019 se contabilizaron 123. La violencia contra las mujeres es también un problema preocupante en la entidad, en el 2019 se registraron 1385 violaciones simples y 788 equiparadas y 71 casos de “trata de personas”,2 de acuerdo con el Reporte de Incidencia Delictiva del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, correspondiente al periodo que va de enero a diciembre de 2019.

Entre el 1 de diciembre de 2018 y el 13 de julio de 2020, el Estado de México se posicionó en el primer lugar entre los diez estados con mayor reporte de personas desaparecidas o no localizadas, de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas.

Aunque es un fenómeno que poco se ha visibilizado a través de los medios de comunicación, la alta incidencia en la desaparición de mujeres de entre 13 y 25 años sugiere que están relacionadas específicamente con la “trata de blancas”3 y que municipios como Coacalco, Tecámac, Ecatepec, Tultepec y Tultitlán forman parte de un “corredor” en el que prolifera este delito, según ha documentado la organización El Pozo de Vida a.c. (Venegas, 2021).

En una entrevista publicada en octubre del 2018, el activista y dirigente del Partido del Trabajo en el municipio de Coacalco, José Aguilar Miranda, afirmaba que las autoridades policíacas de dichas localidades se encuentran coludidas con el crimen organizado (Martínez Mejía, 2018).

De acuerdo con David Mancera Figueroa, defensor de Derechos Humanos y dirigente de la organización Lucha por México, los fiscales regionales saben del fenómeno, pero han actuado con indolencia y hasta con dolo contra los familiares de las víctimas, solapando a los sospechosos; esta organización ha documentado el secuestro y desaparición de al menos 13 adolescentes de entre 13 y 15 años en el Corredor Coacalco Tultitlán. (Milenio, 2013).

También la activista Rosi Orozco se ha referido a la existencia de dicho corredor.

Hay un lugar en México que le llaman “el corredor de las desaparecidas”. También le llaman el “corredor de la trata de personas”. Se usa un nombre u otro indistintamente porque, a fin de cuentas, significan lo mismo: la niña que ahí se pierde es muy probable que termine enmarañada en una red de explotación sexual. Es un lugar que se ha convertido en la peor pesadilla para autoridades y sociedad civil (Orozco, 2019).

En octubre de 2018 la noticia más destacada fue la detención del feminicida al que la prensa bautizó como “El mounstro de Ecatepec”, Juan Carlos N, quien fue detenido conduciendo una carriola con restos humanos y resultó ser un asesino serial de mujeres, aunque este caso dio notoriedad a la situación de desapariciones constantes en esta zona del Estado de México, algunos analistas han puesto en duda la versión de que era un asesino serial que operaba en forma autónoma y han señalado que esta historia intenta ocultar el verdadero problema en la entidad, que es el secuestro de mujeres para la explotación en los giros negros locales.

A pesar de la notoriedad que cobró este caso y que durante semanas la localidad de Jardines de Morelos ocupó las primeras planas de los diarios, y se habló tanto de la inseguridad de las mujeres en municipios como Ecatepec, las desapariciones han continuado, incluso derivando en el surgimiento de agrupaciones de búsqueda que demandan sin mucho éxito la atención del Estado.

En este escenario se desenvuelven las jóvenes que habitan en este “corredor de trata”, donde las actividades cotidianas están marcadas por la posibilidad de convertirse en víctimas; el Estado de México se encuentra también entre los primeros lugares de incidencia en violencia doméstica contra las mujeres.

Mujeres, espacio público y recreación en el murmullo social

Hace algún tiempo viajaba sobre la autopista México-Pachuca, a bordo de una combi; en algún punto se subieron un par de adolescentes de aspecto humilde y semblante rudo. Unas cuadras adelante, los muchachos pidieron la parada y descendieron del vehículo sin más. Una mujer fue la primera en expresar lo que quizá habíamos pensado varios de los que viajábamos en ese transporte, ella dijo que pensó que los adolescentes eran asaltantes, enseguida se armó una intensa charla al respecto, pues en esa ruta los asaltos son cosa de todos los días. Las señoras que viajaban en la combi hablaron sobre el temor constante de ser asaltadas y las precauciones que deben tomar para desplazarse todos los días; una de ellas señaló que esto ocurre porque la juventud ya no tiene valores y de inmediato, otra la secundó afirmando que esto era culpa de las mujeres, dijo que esto ocurre porque las mujeres ya no son “como antes”, no se ocupan de los hijos, no los educan bien; este comentario fue secundado con entusiasmo por otras señoras ahí presentes; una de ellas incluso contó que ella tenía una hija que era un claro ejemplo de esto, que primero tuvo un hijo con un hombre y luego lo dejó, y ahora ya le había traído un segundo hijo, de un nuevo compañero, además de que solía salir por las noches e incluso beber.

Llamó poderosamente mi atención que en un país y especialmente en una localidad en donde la violencia contra las mujeres y el feminicidio son tan frecuentes, la responsabilidad se atribuyera precisamente a sus víctimas. Me pareció entonces que la vida nocturna y el esparcimiento podrían ser aspectos clave para analizar las discursividades que constituyen subjetividades femeninas en las que se justifica y se naturaliza la violencia y que forman parte también de pedagogías a través de las cuales se les restringe de ocupar ciertos lugares en el espacio público que, desde niñas, se les va enseñando que no son apropiados para ellas.

En este trabajo nos hemos aproximado a las prácticas recreativas de mujeres de entre 18 y 27 años de edad que habitan en estos municipios del Estado de México y hemos conocido sus experiencias en relación con la violencia y, a través de sus palabras, hemos conocido los discursos que dan sentido a esas prácticas y experiencias.

Partimos del supuesto de que precisamente los discursos (Bajtín, 2005) acerca de la vida nocturna, que se expresan en el murmullo social (De la Peza, 2014) podrían hacer emerger las significaciones que moldean la subjetividad femenina en contextos de inseguridad, mismas que dan sentido a las prácticas cotidianas a través de las cuales las habitantes de estas localidades intentan mantenerse seguras.

Considerando que los efectos de la violencia no son siempre observables en la inmediatez del acontecimiento, sino que se extienden hacia el ámbito de lo cotidiano (Das, 2008), lo que aquí nos interesaba era observar cómo la inseguridad y la violencia que prevalece en estos municipios afecta la construcción de las subjetividades femeninas, a partir de los relatos sobre sus prácticas y creencias en torno al entretenimiento y la vida nocturna.

Entendemos que estas mujeres al hablar no están dando cuenta de meras opiniones sino de su experiencia (Sorgentini, 2000), la cual expresa un saber sobre sí mismas y sobre su entorno. La cotidianidad desde la que estas jóvenes dan su testimonio (Das, 2008) constituye un espacio privilegiado para observar los efectos de la violencia en sus vidas y la manera en que despliegan tácticas de supervivencia frente a ella (De Certeau, 1996), muchas de las cuales poco tienen que ver con la confrontación y la lucha, sino que operan entre la adaptación y la negociación.

Frente a la mirada idílica que concibe al espacio público como un lugar de encuentro, socialización y libertad, como el lugar donde se concreta la “cosa pública” y que es “para todos”, sin restricciones (Valcárcel,1997), las teorías feministas han puesto de manifiesto que existe una desigualdad en la manera en que éste es concebido para hombres y mujeres.

Algunas de estas perspectivas, han enfatizado la noción de espacio público como un lugar donde se producen relaciones de poder y se dan confrontaciones por el ejercicio de libertades individuales y colectivas (Fuentes, 2011) y donde, además, el acceso a bienes y servicios impone restricciones a los menos privilegiados (Jirón, 2007).

Este espacio, por lo tanto, no puede ser neutro, sino que debe ser entendido como un lugar de exclusión para ciertos grupos sociales, que quedan fuera de su acceso, algunos de ellos para defenderse del “trasiego de la vida pública”, como las mujeres (McDowell, 2000).

En ese sentido, la teoría feminista también ha señalado que la actividad en el espacio público, pese a la incursión de las mujeres en él, sigue estando fuertemente sexuada, por lo que la violencia contra ellas es un reflejo de las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres (Delgado, 2007).

Algunos análisis también han subrayado la necesidad de indagar en la dimensión social por medio de la cual los hombres y las mujeres aprendemos, representamos y transmitimos nuestra forma de utilizar el espacio público (Monárrez, 2011).

En este sentido, nos interesa aquí recuperar las reflexiones de Soto (2015), quien considera que aunque el entorno urbano ha sido visto como un espacio privilegiado para analizar cómo las condiciones materiales de la vida cotidiana contribuyen a la inequidad de género, es necesario considerar también exclusiones que no siempre son visibles, que van más allá de lo físico y se consideran desventajas simbólicas, que acentúan los límites de separación y que articulan a los individuos y los lugares y en las que se reproduce el dominio de los hombres sobre las mujeres. A partir de esta idea, la autora nos permite pensar en cómo la violencia tiene efectos distintos para hombres y mujeres, además de interrogar la idea generalizada de que el miedo de las mujeres al espacio público no es “objetivo”.

Zúñiga (2014), por su parte, subraya que en contextos de violencia extrema como los que se describen en este estudio, las mujeres son las primeras en experimentar la invasión y agresión de sus cuerpos, lo que pone en cuestión la máxima de que el espacio público es un lugar de y para todos.

En el imaginario colectivo pervive la percepción de que la violencia que viven las mujeres fuera de sus casas, por el hecho de ser mujeres, es de su responsabilidad exclusiva y no un problema que compete a los poderes públicos atender y prevenir (Zúñiga, 2014).

En este análisis nos referimos al espacio público de manera amplia, no desde la distinción entre lo público y lo privado en términos de propiedad, sino para abarcar los espacios comunes y abiertos, entre los que se pueden incluir calles, parques, plazas, deportivos, medios de transporte, sitios semipúblicos en los que se realizan actividades de recreación y esparcimiento.

Los datos que a continuación se presentan fueron obtenidos a través de dos grupos de mujeres habitantes de los municipios conurbados a la Ciudad de México. El primer grupo constaba de 17 mujeres de entre 18 y 27 años, nueve de ellas se identificaron como estudiantes, el resto como demostradora, docente, empleada, pasante de enfermería, psicóloga, periodista, supervisora y recepcionista, quienes respondieron un cuestionario distribuido a través de Gmail, en el que se les preguntaba acerca de sus prácticas recreativas.

Los cuestionarios eran de preguntas abiertas y nos permitieron conocer desde su propia elaboración las alternativas de las que hablaban estas mujeres, nueve de ellas dijeron habitar en el municipio de Coacalco, tres en Ecatepec, dos en Atizapán, una en Cuautitlán, otra en Tultitlán y una última en la Ciudad de México.

En un segundo momento se pedía a las muchachas que relataran sus experiencias con la violencia y finalmente que expresaran sus opiniones acerca de la situación que se vive en su entidad.

El segundo grupo constaba de seis estudiantes de Ingeniería en Informática en la Universidad Politécnica del Valle de México, ubicada en el municipio de Tultitlán y quienes dijeron habitar en Coacalco, Tultitlán, Ecatepec y Tultepec.

En el dispositivo de entrevista grupal se buscaba hacer emerger el discurso social acerca de la vida nocturna, la inseguridad, la violencia contra las mujeres y analizar las distintas posiciones que atraviesan la vida cotidiana de las entrevistadas.

Centro comercial, trabajo y deporte ¿y la vida nocturna?

El cuestionario sobre sus prácticas recreativas nos permitió conocer algunas de las actividades habituales para estas muchachas, aunque aquí las enunciamos de manera sintética, ellas las refirieron con distintos nombres y características.

Con respecto a la pregunta: ¿qué haces los fines de semana? Las respuestas se inscriben en tres grandes rubros:

Lo primero que llama la atención en este rubro es que la recreación no aparece como un tema central, especialmente la que tiene que ver con la vida nocturna. El trabajo doméstico, los estudios complementarios e incluso el trabajo como tal ocupan una buena parte del tiempo de estas chicas, se mira claramente que el ocio está directamente relacionado con el rol de género que les impone la restricción del trabajo del cuidado y la casa, aun cuando la mayoría son solteras.

Las jóvenes que sí hablan de recreación expresan algunas cuestiones peculiares que también hacen visible la cuestión del encierro, la calle no es un espacio habitual para las mujeres, ni siquiera cuando se trata de recreación. Es interesante, además, que entre las actividades que ellas dicen realizar en el interior de la casa aparezca el “estar con la familia” como una actividad más relevante que el simple hecho de compartir el mismo espacio, “estar con la familia” suena más bien a un mandato social, quedarse en casa es “estar con la familia”.

Sobre las actividades que realizan afuera, las muchachas hablan de hacer deporte, el cual puede realizarse en parques, gimnasios o deportivos, incluso en el cerro, y luego aparece la idea de salir, que detallaremos más adelante con todas sus implicaciones no deja de ser interesante la oposición entre “salir” y “estar con la familia”, que parecen dos polos opuestos desde una mirada moralizante, es la alternativa de las jóvenes: salir o estar con la familia, aunque, como dirán enseguida, también se puede salir con la familia.

Cuando ellas se refieren a los lugares a los que “les gusta” ir, las respuestas se amplían, aunque la vida nocturna sigue sin aparecer.

¿A qué lugares te gusta ir?

  • Centro comercial (cine, restaurantes, pizzerías, cafeterías, bares, tiendas)
  • Parques, el cerro.
  • Deportivos, gimnasios.
  • Billares.
  • Museos.
  • Ferias.

Una muchacha refiere que no va a ningún lugar (porque trabaja los fines de semana) y otra señala que le gusta ir al hospital en donde hace su servicio social.

Llama la atención que la mayoría de las actividades recreativas se circunscriben al ámbito del centro comercial, que en la zona conurbada reúne los distintos locales recreativos. Al tratarse de ciudades dormitorio, conjugan en un mismo espacio tiendas y espacios de recreación, en los que los habitantes pasan los fines de semana, centrando sus actividades básicamente en el consumo.

Aunque los parques son más bien escasos, descuidados y poco seguros, el cerro aparece también como una alternativa para las actividades físicas, pues en estos municipios por lo general las grandes unidades habitacionales suelen colindar con espacios despoblados.

La idea de los museos aparece más bien como una aspiración, pues en estas localidades no existen muchos lugares de este tipo y hay que desplazarse al centro de la Ciudad de México para acceder a ellos.

Como en estos municipios cohabitan pobladores originarios y avecinados, las fiestas de pueblo con sus respectivas ferias tradicionales también son una alternativa ocasional para el esparcimiento, generalmente con juegos mecánicos y bailes.

Es interesante que las respuestas de estas jóvenes se modifiquen cuando se les pregunta sobre lo que normalmente hacen y lo que les gusta hacer, aunque no tengan muchas posibilidades reales de llevar a cabo estas actividades.

Al interrogarlas sobre las salidas nocturnas aparecen dos grandes rubros: el antro y la fiesta. Lo que caracteriza la fiesta es la bebida, la música y el baile. Pero la mayoría de las chicas no se refiere a grandes fiestas en salones privados o en las calles, sino más bien hablan de reuniones con amigos, que por lo general se realizan en el domicilio de alguno de ellos. Es frecuente que ellas se refieran a estas reuniones como “tranquilas”, en clara alusión a otro tipo de fiestas que podrían ser desordenadas o riesgosas. Queda claro que al menos en el discurso, ellas optan por participar en reuniones en las que se sienten seguras.

La idea del antro aparece marcada también por una cierta noción de riesgo. A partir de las respuestas de las encuestadas y de lo dicho por algunas participantes en la entrevista grupal, construimos el siguiente cuadro:

Es importante mencionar que la mayoría de las jóvenes expresó que no acude a antros ni bares o que lo ha hecho de manera más bien ocasional, quizá alguna vez, en los cuestionarios, un par de chicas mencionaron algunos de los lugares que aquí se enlistan, mientras que, en la entrevista grupal, fueron dos las que se refirieron a ellos.

Es posible observar además que la asistencia a este tipo de lugares está dividida en tres rubros, el primero corresponde a bares y discotecas que se ubican en los municipios donde viven las entrevistadas y que generalmente se encuentran en el interior de los centros comerciales.

En el segundo grupo, podemos observar antros que se localizan en la zona norte del Estado de México, también conocida como la Zona Azul, cerca del Periférico, lo que implica un mayor desplazamiento, costo y dificultades para asistir.

El tercer grupo son bares que se ubican en el centro y sur de la Ciudad de México, en la Zona Rosa y San Ángel y a los que pocas de estas chicas han tenido la posibilidad de asistir, ya que implica una mayor inversión económica y riesgo, además de la necesidad de tener acceso a un automóvil para desplazarse y un grupo de amigos que las acompañe.

Inseguridad y tácticas de autocuidado

Cuando las jóvenes que participaron en la encuesta hablaron sobre la inseguridad, frente a la pregunta específica sobre las cosas que hacen para mantenerse seguras, dieron cuenta de un repertorio de tácticas.

Algunas de estas tácticas tienen que ver estrictamente con la posibilidad de ser despojadas de sus objetos de valor, específicamente el teléfono celular y dinero en efectivo. Acerca del celular refieren tácticas como esconderlo, llevar uno barato o descompuesto como repuesto para entregar a los asaltantes, llevarlo en la mano para que no se los saquen de la bolsa o la mochila, y no usarlo en la calle para no dar pie a ser asaltadas.

Con respecto al dinero las tácticas consisten en no llevar mucho, reservar una cantidad oculta aparte para no entregarlo todo si las asaltan.

Estas tácticas aparecen prácticamente en todas las respuestas de los cuestionarios, y hacen evidente que el asalto forma parte de una realidad cotidiana en la zona, también queda claro que los objetos de valor son escasos, estas muchachas no suelen portar una computadora u objeto de alto valor.

¿Qué precauciones tomas para salir segura?

  • No hablar con extraños. Que nadie me vigile. Voltear a todos lados. Conocer a la gente con quien salgo.
  • Mirar constantemente hacia atrás. Ir atenta a lo que ocurre alrededor.
  • Llevar gas pimienta. Llevar silbato.
  • Irse reportando con familiares. Avisar a dónde y con quién sale. Dar a sus padres los teléfonos de sus amigos.
  • Llegar temprano a la casa.
  • No portar cosas de valor, no llevar bolsa de mano.
  • Ir en automóvil propio. Pedir que alguien pida mi uber, Abordar taxis de sitio
  • Vestir adecuadamente. No beber en exceso, No salir sola
  • Llevar las llaves en la mano

El segundo tipo de tácticas de las que hablan tiene que ver más bien con el resguardo de su integridad física. En el siguiente cuadro presentamos en forma sintética estas medidas de autocuidado:

Es interesante observar en este listado algunas cuestiones, primero, la noción de riesgo: ¿cuál es el peligro del que estas mujeres se protegen cuando hablan de extraños que las vigilan y las abordan o de la importancia de caminar mirando siempre hacia atrás?

Aunque no aparece referido con esa palabra, las jóvenes están hablando de la posibilidad de ser secuestradas. En este sentido el gas pimienta y el silbato aparecen como mecanismos a través de los cuales ellas pueden hacer desistir a sus posibles agresores; no sucede lo mismo en cambio, con la táctica de irse comunicando por teléfono con sus familiares, pero es una alusión recurrente, todas las chicas dicen hacer esto cuando viajan solas, continuamente llaman o envían mensajes a sus familiares indicando en dónde están y algunas incluso comparten sus ubicaciones desde el celular. En sentido estricto, es poco probable que esta medida haga desistir a los posibles captores e incluso podría ser un mecanismo de distracción para ellas mismas, parecería más bien ser un recurso de tranquilidad, los familiares se sienten seguros de ir monitoreando por donde están, aunque eventualmente no podrían hacer nada si en un momento determinado ya no pueden ubicarlas. Esta táctica visibiliza su vulnerabilidad y la necesidad tanto de ellas como de sus familias, de sentir que de alguna manera están siendo protegidas.

Algunas de estas medidas, en cambio, colocan en la conducta de las propias mujeres la responsabilidad por su seguridad, como cuando se les aconseja no hablar con extraños, avisar a dónde y con quién salen, no llevar cosas de valor, vestirse “adecuadamente”, no salir solas o no beber en exceso, estas recomendaciones claramente las colocan como causantes de un posible ataque. Es interesante porque en realidad cuando pensamos en feminicidios los agresores no suelen ser precisamente desconocidos y no necesariamente las atacadas visten en forma provocativa, pero esta idea permanece vigente. Quizá es también una manera de convencerse de que están haciendo algo realmente por protegerlas.

Las jóvenes también respondieron a una pregunta sobre las personas con las que se sienten a salvo:

Es evidente en esta relación, que el peligro se asocia claramente con las personas a las que no se conoce o se conoce poco, a la gente que transita por la calle y de la que no se puede ubicar su procedencia; novios, amigos y vecinos, en cambio, aparecen como personas seguras.

Las experiencias

En este apartado nos pareció que sería interesante recuperar de los cuestionarios las respuestas textuales a la pregunta sobre sus experiencias de inseguridad.

Las experiencias

  • Me han abordado sujetos mucho mayores para que me vaya con ellos.
  • Sólo una vez un chico iba siguiéndonos a dos de mis amigas y a mí
  • Me han asaltado.
  • Por el momento nada muy grave, solo que algunos taxistas me griten piropos o ese tipo de cosas.
  • Un día saliendo de la universidad aproximadamente a las 9:30 pm nos pasó a mí y a mis amigas que un chavo de la nada se nos acercó y pidió la hora, entré en pánico y corrimos (es real).
  • Secuestro de un amigo.
  • Robado cosas materiales.
  • Acoso.
  • Asaltado, perseguido.
  • Asaltos y acoso sexual constante.
  • Asaltos, acosos y manoseos en el transporte público.
  • Me siguen, me dicen cosas horribles en la calle o me asaltan.
  • Abuso físico y verbal.
  • Acoso verbal, psicológico y físico.
  • Solo una vez me asaltaron a plena luz del día.
  • Asaltos e intento de subirme a un carro.

Nuevamente es interesante observar cómo junto con el asalto, la experiencia más frecuente, siempre aparece referido también el acoso y el abuso sexual, expresado como acto consumado, como intento o como expectativa de la víctima; podemos observar que la noción de acoso parece adquirir una amplia polisemia cuando se aproxima a acciones como el que un hombre o un grupo de hombres insista en que una jovencita se suba con ellos a un auto o que incluso intenten obligarla, y parece que todo el tiempo el tema del acoso pasa por ese abanico amplio de posibilidades que van subiendo de nivel de peligrosidad, pero frente al cual las jóvenes no tienen ningún control. ¿Cómo se determina la distancia entre la gravedad de gritarle obscenidades a una muchacha y la de tratar de subirla a un automóvil? ¿En qué momento estas chicas pueden tener claro el tipo de peligro al que se enfrentan? Quizá cuando ya es tarde.

Esta ambigüedad del peligro, como aquí la llamaré, se hace más evidente en los relatos de quienes participaron en la entrevista grupal y que, básicamente, dan cuenta de los mismos peligros, aunque con mayor detalle, lo que nos permite apreciar estos matices de los que hablamos. Veamos ahora algunos de sus testimonios.

Yo recuerdo que, fue hace mucho tiempo, iba yo en la secundaria pero tenía que pasar un callejón, entonces esa vez salimos muy temprano, eran como las diez de la mañana y entonces en ese tiempo yo todavía no tenía muchos amigos porque acabábamos de entrar y yo pues me fui sola y vi que había pasado una camioneta con dos tipos y sí se me quedaron viendo “así” y uno de ellos me chifló, pero pues yo no les hice caso y digamos que la calle estaba muy abandonada, o sea, las casas parecía que nadie vivía ahí, entonces ya lo que hice fue caminar rápido y ya cuando iba a llegar a la esquina ya para dar vuelta, ya donde había tránsito vehicular, ya este vi que venía de regreso la camioneta, pero pues ya me acerqué a una tienda, pero sí sentí así como que ese miedo, ya lo que quería yo era llegar a mi casa (Ana, estudiante de ingeniería, 21 años).

La experiencia no es reciente, ella habla de algo que ocurrió hace mucho tiempo, una situación que no ha cambiado, el incidente ocurre por la mañana, ella se siente en peligro porque la calle está sola y los sujetos que la llaman viajan en un automóvil.

Yo, a mí me ha sucedido varias veces algo así, pero la última vez fue como que más fuerte porque yo venía caminando ahí por el Retiro, entonces está la avenida y yo iba hacia la salida, como para la Coca Cola y venía caminando y pasé una camioneta de esas que son como de carga, entonces cuando paso, el chofer pues me dijo cosas y al voltear pues veo que se está tocando sus partes ¿no? Entonces lo que hago yo es caminar más rápido pero él al notar que yo a lo mejor alcancé a ver lo que estaba haciendo se me empezó a cerrar y lo único que alcancé a hacer fue cruzarme a la viva México hacia el otro lado de la calle, entonces ahí había una base de taxis y porque incluso cuando él se me empezó a cerrar me abrió la puerta del otro lado, entonces por eso yo tuve que cruzarme, porque en ese momento sí sentí como que me iba a jalar y ya, adiós, quién sabe dónde estaría (Paola, estudiante de ingeniería, 23 años).

En este testimonio se habla de una situación reiterada, aunque hay un incidente en particular que hace sentir a la entrevistada en un peligro mayor, el que le habla es un hombre que se masturba y luego la persigue abriendo la puerta de la camioneta como para subirla; ella está convencida de que el sujeto se la iba a llevar y no iban a encontrarla después.

No tiene mucho, como mes y medio que pasó, era miércoles, habíamos salido a las 12:00 de la escuela y este, bueno, yo acostumbro, como mi ruta para regresar a casa es muy diferente a la de mis amigos, yo me regresaba caminando sola, es un pequeño tramo de aquí a Conalep, a Bosques, entonces para mí, no se me hacía fácil pero era más económico irme caminando de aquí para allá, yo iba caminando sola, primero me voy caminando por la Mexiquense, precisamente porque me molesta caminar entre las personas que trabajan en un autolavado pero unos metros más adelante, me cruzo ya del otro lado y en eso un carro negro se comenzó a detener a mi lado, era un hombre y lo que me gritó es que si yo sabía si la ruta que él estaba tomando para Tultepec estaba correcta, entonces, en el momento en el que yo volteo, no lo había volteado a ver, pero cuando volteo pues vi que se estaba masturbando mientras estaba manejando, entonces pues mi lógica fue “voltéate y sigue caminando y no sé, había una tienda más adelante “llega a dónde hay personas”, pero este tipo seguía como que manejando a mi mismo ritmo y yo creo que cuando ya él se dio cuenta de que ya íbamos a llegar a una esquina donde había gente y así, señoras, pues este no sé, me gritó otra cosa pero ya no lo alcancé a entender, ya se siguió normal, intenté como que alcanzar a ver las placas del carro pero ni siquiera traía placas, entonces ya cuando llegué al punto donde tenía que esperar una combi pues todavía tardé mucho más, entonces pues ya en esos momentos estaba como muy frickeada, como muy asustada y nada más rogaba encontrarme con alguien de confianza para que me acompañara siquiera a mi casa y no volverme a encontrar a ese tipo (Itzel, estudiante de ingeniería, 21 años).

La situación también ocurre en el día, en el relato de la víctima, ella comete varios errores, uno de ellos es caminar sola, el otro, elegir el camino de la carretera por evitar un autolavado donde siempre es acosada por los trabajadores; nuevamente es un hombre que se masturba, esta vez en un auto sin placas, y la sigue hasta que ella llega a un lugar en el que hay gente.

Es importante mencionar la gran similitud que hay en los tres relatos, en ninguno de los casos es de noche, todos ocurren a la luz del día, las jóvenes además no se encuentran realizando actividades que ellas mismas han calificado como de riesgo, se infiere incluso que visten el uniforme o la ropa que utilizan normalmente para asistir a la escuela. Lo que realmente aprovechan los agresores es la soledad de las calles, la precariedad del espacio, en estas experiencias la distancia entre sujetos depravados que gustan de masturbarse frente a las jovencitas es la interpretación fácil, pero en el relato de ellas, la interpretación es más grave, la experiencia es que han estado a punto de ser secuestradas, de que iban a llevárselas.

¿Cómo es posible determinar los alcances de estos potenciales agresores?

Lo que queda muy claro es que la inseguridad de la zona, la falta de vigilancia, infraestructura e incluso recursos de las chicas para ponerse a salvo, aunada a la conocida inoperancia de las autoridades, convierten a estas muchachas en un blanco fácil prácticamente para cualquiera, lo inquietante de estos relatos no es lo que a estas mujeres les ha ocurrido, sino lo que pudo haberles pasado con tanta facilidad, ellas lo saben, aunque de momento atribuyan la suerte de estar a salvo a algo tan fortuito como que alguien pasara, llegaron a una tienda o tuvieron la determinación suficiente como para correr y cruzar la calle. Ninguna de estas experiencias de riesgo de las que hablan ha ocurrido en el contexto de una fiesta o una salida nocturna, que para la mayoría de estas muchachas es un lujo inaccesible.

En ese mismo sentido, llama la atención que, al referirse a casos de feminicidio, y aunque las chicas atribuyen este fenómeno a cuestiones como el machismo, la impunidad y la consecuente falta de denuncias ante actos de violencia; a la trata de blancas, a la proliferación de personas enfermas o perturbadas que cometen estos crímenes, también aparecen con frecuencia discursos que colocan la responsabilidad en las víctimas.

La verdad no sé mucho, pero puede ser por las pocas precauciones que tomamos en no avisar dónde estamos ni con quién (Lissette, 19 años, demostradora).

Porque somos presas fáciles, al no estar atentas, vulnerables por la poca seguridad y no tener tanto carácter ante las situaciones (Mariana, 27 años, periodista).

En el primer enunciado, los crímenes son consecuencia de que las víctimas no tomen las precauciones debidas, en el segundo, las jóvenes aparecen definidas como “presas fáciles”, pero adquieren esta condición de “vulnerables” en el momento en que no toman medidas de seguridad y además no muestran suficiente carácter.

Aunque la encuesta no permite profundizar en el significado de estos enunciados, emerge con claridad un discurso que responsabiliza y culpa a las víctimas; también está clara la expectativa de que obedecer estas normas mantendrá a estas mujeres a salvo.

Las muchachas de la entrevista grupal también hablaron acerca de feminicidios; en este caso, recuperando experiencias cercanas, se les preguntó si conocían algún caso.

Yo sí, bueno, hace como dos años había una chica que daba clases de body combat en el Aquasol, esta chica pues la frecuentaba, o sea no éramos así amigas pero sí la conocía, entonces un día ella fue a una fiesta y bueno, salió de madrugada porque tenía que regresar con su mamá, entonces dicen que ella se fue sola en un taxi y ya no apareció, entonces ya pasó el tiempo, la estuvieron buscando, ya como a las dos semanas apareció en el canal de la Laguna (Itzel, estudiante de ingeniería, 21 años).

El relato está situado en 2016 y es el de una joven desaparecida al tomar un taxi sola, de noche; es la misma historia que ha saltado a las primeras planas de los periódicos en octubre del 2018, con el tristemente célebre caso del Monstruo de Ecatepec, pero en ese momento parecía no alcanzar notoriedad.

Bueno, yo, fue hace cuatro años, mi mamá frecuentaba a una vecina de otra colonia cercana a la nuestra y cada viernes ella iba a darle un estudio médico, pero un día la hija de la señora a la que le daba el estudio no llegó y la señora estaba muy preocupada y dieron las cuatro de la tarde y su hija salía a las dos, le estuvieron marcando y se había quedado de ver con el novio en el puente de la López Portillo de la Mega, a la altura de la Mega Comercial y bueno las pruebas ya después señalaban que fue el novio quien la había secuestrado y bueno, la mató (Fernanda, estudiante de ingeniería, 23 años).

A diferencia del anterior, en este relato el feminicida es el propio novio de la joven, que la había secuestrado y asesinado, un ejemplo interesante porque rompe con todas las creencias sobre la seguridad que estas chicas han expresado anteriormente; para ellas los novios siempre aparecen como un referente de persona segura con la que se puede salir.

Pues en la zona donde yo vivo, cerca hay una zona donde pasan muchos coches que vienen de lejos, muchos trailers de carga y es una zona que no está muy vigilada, entonces sí se han dado casos de, bueno, que han visto de lejos cómo se suben a niñas a los carros, se les cierran o avientan luego a personas así a un lado de la calle y bueno, yo me doy cuenta cómo sí ha crecido ese temor entre nosotras como mujeres porque yo en mi caso pues yo sí ya ruego por llegar a mi casa, bueno, después de esa experiencia que tuve, yo sí ya estoy como más al pendiente, ya trato de no estar sola en la calle, si es posible evitar ir a la calle, si no es una verdadera necesidad salir y pues siempre estar en contacto con alguien de confianza ya sea mi familia, decirle a alguien estoy saliendo de aquí, estoy llegando a tal punto y siempre yo procuro que alguien esté enterado de dónde estoy y lo que estoy haciendo (Paola, estudiante de ingeniería, 23 años).

Este testimonio da cuenta claramente del miedo que viven estas jóvenes y de la manera en que lo elaboran y expresan, la entrevistada refiere estar enterada de las cosas que ocurren en una zona cercana a su casa y habla de sus emociones, de la imposibilidad de estar en la calle sola o estar siempre con personas de confianza.

Consideraciones finales: las chicas ya no quieren divertirse

Como se ha indicado, este trabajo constituye un avance preliminar de una investigación en curso, en el que hemos pretendido explorar las prácticas cotidianas de las jóvenes de estos municipios de la zona conurbada de la Ciudad de México, con el objetivo de relacionarlas, especialmente las que tienen que ver con el entretenimiento y la vida nocturna, con los discursos que dan sentido a las experiencias en torno a la inseguridad y la violencia que viven estas mujeres.

Más que resultados concluyentes, quisiéramos retomar aquí algunos aspectos que nos han parecido especialmente relevantes al analizar estas prácticas y discursos.

En primer lugar, los relatos de estas mujeres dejan muy claro que ellas están conscientes de que habitan en un lugar de enorme riesgo y que las posibilidades de convertirse en víctimas están a la orden del día. Es evidente también que el temor incide en las prácticas cotidianas de estas mujeres, habituadas a tomar medidas de autocuidado para proteger sobre todo su integridad física.

Las actividades normales se mantienen a pesar del peligro; sin embargo, los relatos son historias de encierro, detrás de las tácticas que ellas despliegan para mantenerse lejos del peligro pueden apreciarse las tácticas discursivas de los familiares que las van aleccionando para preferir el espacio seguro del hogar y la tranquilidad de las pequeñas reuniones, las actividades en familia.

Los discursos que aparecen en las voces de estas chicas apelan a la imposibilidad de estar seguras en ninguna parte, pero también a la responsabilidad e incluso la culpa de las víctimas, que por regla general son descritas como mujeres que no han acatado las normas de comportamiento, no han tenido suficiente cuidado o han cometido errores en sus tácticas de autocuidado o, en el peor de los casos, han mostrado un comportamiento desenfrenado que las ha convertido en blancos.

La recreación nocturna, que es extremadamente limitada, aparece caracterizada como “destrampe” o conducta inmadura e irresponsable; las chicas entrevistadas, en abrumadora mayoría, hablan del antro y la fiesta como condiciones de peligro que las mujeres prudentes deben evitar, en las prácticas de estas jóvenes es visible que apenas unas cuantas de ellas tienen acceso a este tipo de diversión y que, aun en estos casos, estas salidas requieren una logística complicada.

Paradójicamente, las experiencias que narran estas muchachas, también en forma mayoritaria, poco tienen que ver con la vida nocturna y la fiesta; el acoso, el abuso sexual y la posibilidad del secuestro y la desaparición están a la vuelta de la esquina, en episodios reiterados que ocurren a plena luz del día. La experiencia cercana del peligro hace necesario preguntarse por la “latencia” y la “posibilidad” del riesgo. ¿Qué tipo de azar determina en última instancia pasar a formar o no parte de la estadística?

Queda bastante claro que las jóvenes de la zona conurbada a la Ciudad de México no gozan de la misma libertad que los hombres para ocupar el espacio público y que su movilidad en él está restringida por discursos que desde el entorno familiar las aleccionan para mantenerse en casa, no desplazarse solas y asumir la responsabilidad sobre el cuidado de sí mismas. Estas discursividades, que desde una perspectiva pueden ser entendidas claramente como un ejercicio de poder patriarcal sobre las jóvenes, pueden ser vistas también, como aquí hemos pretendido mostrar, como un recurso táctico, a través del cual, en un contexto de riesgo, los familiares y las propias víctimas trabajan en la constitución de una subjetividad femenina “prudente” y “responsable”, predispuesta al encierro y restringida a las actividades familiares y hogareñas.

Como se puede observar, la proliferación de la trata genera condiciones de riesgo permanente para las mujeres de estas localidades que, frente a la posibilidad latente de convertirse en víctimas directas, se ven obligadas a permanecer al margen del espacio público.

Este encierro, que en los relatos de las entrevistadas aparece como voluntario y resultado de la prudencia y el autocuidado, está atravesado por discursos en los que el entretenimiento y la vida nocturna aparecen censurados o cuestionados, y en los que los riesgos que corren las que se arriesgan a experimentarlos se visualizan como consecuencias de su propia conducta, colocándolas en una posición de mayor vulnerabilidad, al invisibilizar la existencia de las estructuras delictivas que están en permanente operación.

Estos discursos reproducen los estereotipos en donde las mujeres son explotadas como resultado de conductas equívocas o deslices, se convierten en blanco del peligro por su inclinación a la diversión y la fiesta, así como al libre goce de sus cuerpos, lo que las convierte en objeto autorizado de abuso. En estos discursos no se configura la posibilidad de que las jóvenes y las comunidades en general apelen al Estado como garante de su seguridad, el asunto se vuelve personal.

Es importante mencionar que detrás de los riesgos de los que hablan estas mujeres se encuentra la condición sexuada de sus cuerpos, los peligros de los que ellas hablan están relacionados con el hecho de que sus cuerpos puedan ser accesibles para los hombres: transitar por una calle solitaria, mostrarse con ropas “provocativas”, andar solas, salir de noche, divertirse, son situaciones que las convierten en blancos justificados del ataque masculino, que puede ir desde el acoso y la intimidación, hasta el abuso sexual, el secuestro y la explotación, perpetrados por hombres que se sienten con derecho a disponer de los cuerpos femeninos por el simple hecho de estar colocados en el espacio público.

Las propias jóvenes en sus relatos y en sus prácticas cotidianas reproducen estos discursos, lo que genera en ellas una doble condición de vulnerabilidad, ya que, en caso de convertirse en víctimas, se asumen a sí mismas como responsables de lo que les ha ocurrido.

Es importante destacar que el corredor de trata, en el que estas chicas se desenvuelven cotidianamente, es una zona en la que proliferan burdeles y hoteles de paso, en los que los varones pueden satisfacer sus demandas sexuales sin muchas complicaciones. Mientras que por una parte se condena el “libertinaje” de las mujeres y se les restringe al ámbito privado para mantenerse a salvo, los hombres satisfacen sus deseos gracias al lucrativo negocio de la explotación sexual, que es perfectamente visible y frente al cual no se despliega ningún tipo de acción por parte de las autoridades, pese a que es un asunto conocido públicamente, tolerado.

Rita Segato (2018) se ha referido a la trata y la explotación sexual como ejemplos de lo que ella misma ha denominado como pedagogías de la crueldad, en las que se cosifica y consume el cuerpo de las mujeres y donde la repetición de la violencia produce un efecto de normalización, que promueve la falta de empatía hacia las víctimas.

Segato (2018) considera que el violador es un moralizador, que ve en su víctima el desvío moral que lo convoca, por lo que su violencia es una represalia que obedece al mandato de masculinidad y a que se atribuye el derecho de castigar a la mujer.

Paradójicamente, los peligros para las jóvenes de estos municipios de la zona conurbada no se reducen al espacio público y toda la pedagogía desplegada a través de estas discursividades que censuran sus libertades no es suficiente para mantenerlas a salvo.

Por el contrario, las restricciones de usar el espacio público, reunirse, divertirse, incluso desempeñarse laboralmente o salir a estudiar, las hacen vulnerables también a la violencia doméstica, ejercida por padres controladores o parejas. Las posibilidades de organizarse con otras mujeres son muy limitadas. Esto ocurre además en entornos precarizados donde la movilidad es difícil y los transportes son caros y peligrosos, donde quedarse sola en el pesero o abordar un taxi puede significar que una muchacha desaparezca sin dejar rastro.

Además del encierro, las jóvenes de esta zona de la ciudad viven en condiciones de aislamiento que las hacen más proclives a ser víctimas de violencias que en sus propios discursos parecen no estar claramente reconocidas y que sin embargo emergen en los relatos, cuando ellas mismas hacen referencia a mujeres que han sido víctimas de feminicidios a manos de novios o familiares, personas a quienes señalan como compañías con las que suelen sentirse seguras.

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Miriam Bautista Arias es doctora en Ciencias Sociales en el área de Comunicación y Política por la uam-Xochimilco, donde también cursó la maestría en Comunicación y Política; es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Salesiana. Sus intereses de investigación se despliegan en el ámbito de violencia y ciudadanía con particular énfasis en la emergencia de subjetividades y tácticas de resistencia. Ha sido profesora en el área de Comunicación de Licenciatura y Posgrado en distintas universidades públicas y privadas y ayudante de investigación en el posgrado de Comunicación y Política de la uam-Xochimilco. También se ha desempeñado como coeditora asociada de la agencia de noticias del periódico Reforma y como reportera free-lance en revistas especializadas. Es autora del libro El murmullo social de la violencia en México. La experiencia de los sujetos afectados por la guerra contra el narcotráfico, publicado por la uam-Xochimilco en coedición con el cesop de la Cámara de Diputados en enero de 2017.

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