Las sombras de los futuros que ya no son. Las reconfiguraciones sociales de la esperanza en la ciudad desindustrializada de Errenteria, País Vasco

Recepción: 14 de abril de 2020

Aceptación: 6 de junio de 2020

Resumen

Errenteria ha sido históricamente uno de los principales focos industriales vascos, lo que en los sesenta y los setenta le permitió alcanzar el pleno empleo y la estabilidad laboral, sobre todo del empleo industrial masculino, hasta que a mediados de los setenta los gobiernos de la transición comenzaron a reestructurar las industrias, supuestamente para preparar la entrada a la Comunidad Económica Europea y el desafío de la competitividad del mercado libre. A la pérdida de miles de puestos de trabajo le siguió una desregulación del mercado laboral que generó una mayor precarización de las condiciones de vida, lo cual se intensificó por la crisis financiera del 2008 y las políticas de austeridad. En este artículo me propongo mostrar cómo, para las generaciones más jóvenes de esta ciudad, los futuros pasados siguen proyectando sombras en las formas de contemplar ahora un futuro marcado por una creciente incertidumbre. En ese sentido, discuto el sentido común de “retroceder”, señalando que retroceder no sólo parece aludir a que los logros de las generaciones pasadas se deshacen, sino a una reconfiguración confusa de lo que pueden esperar ahora del futuro.

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The Shadows of Futures Gone By: Social Reconfigurations of Hope in Deindustrialized City of Errenteria, Basque Country

Errenteria has historically been one of the main industrial cities in the Basque Country, which helped it reach full employment levels and job stability in the sixties and seventies, particularly regarding male industrial jobs, up until the mid-seventies, when the transition governments began restructuring industries, allegedly to prepare for the entry into the European Economic Community and for the challenge of a free market. The loss of thousands of jobs was followed by a deregularization of the labor market, which led to a great decrease in the standards of living, which was intensified by the financial crisis of 2008 and austerity policies. This article aims to show how, for the younger generations of this city, past futures keep casting shadows on the ways of viewing a future marked by an increasing uncertainty. In this sense, I discuss the common sense of “going backwards”, pointing out that going backwards seems to allude, not only to the crumbling of the achievements of past generations, but also to a confusing reconfiguration of what they can now expect of the future.

Keywords: hope, structural adjustment, uncertainty, prosperity, deindustrialization, temporality.


¿Qué sucede cuando el futuro no se configura de la manera que se esperaba y planeaba? Este artículo explora cómo la gente de una ciudad desindustrializada del País Vasco reconfigura las esperanzas a futuro al tiempo que está experimentando una movilidad social descendente. Mi hipótesis consiste en que la transición de una organización social basada en la estabilidad y seguridad socioeconómicas a otra basada en la incertidumbre y la precariedad se ha reflejado en la producción de las esperanzas actuales, en tanto que se da una tensión entre las expectativas personales, las posibilidades de diseñar proyectos de vida y las posibilidades reales de llevarlos a cabo. Economistas feministas como Amaia Pérez Orozco (2014) o Mona Motakef (2019), entre otras, han descrito esto como una “precariedad generalizada de la vida”,1 con la intención de describir la inseguridad en el acceso sostenido a los recursos que se necesitan para vivir vidas significativas (nociones de bienestar que siempre son definidas histórica y socialmente), lo que genera pérdida de agencia y de las capacidades y posibilidades de considerar y hacer planes a futuro.

Para ello, me apoyo en una investigación etnográfica entre los años 2017 y 2018 en Errenteria, una antigua ciudad industrial del País Vasco, hoy desindustrializada, al haber devenido, como otros antiguos bastiones industriales de Europa, periférica dentro de los circuitos de acumulación y de distribución del capital globalizado. Hoy Errenteria es una ciudad de servicios echada a menos del cinturón de Donostia-San Sebastián, que situada al norte de España y a pocos kilómetros de la frontera con Francia, tenía, en 2019, 39 471 habitantes. En la actualidad, la mayoría trabajan fuera de la ciudad, y Errenteria ocupa, más que otras ciudades, las escalas más bajas del mercado laboral, con una de las rentas de trabajo más bajas del territorio y donde la mitad de los asalariados es ya eventual (Eustat, 2016). El sentimiento de marginación política y económica de la población es un palpable resultado de una larga dinámica vinculada con el desmantelamiento del capitalismo industrial y el vaciamiento del modelo de bienestar fordista, el cual ha producido, utilizando los términos de Raymond Williams (1977), una “estructura de sentimiento” de abandono social de una ciudad que hasta hace poco fue sinónimo de prosperidad y milagro económico.

Ilustración 1: Llegada a Errenteria en tren. Fotografía tomada durante el trabajo de campo 2017-2018. Autoría: Uzuri Aboitiz.

Es este momento de transformación material e ideológica el que quiero captar en el artículo. Lo que sostengo es que, en la actualidad, las vidas contemporáneas se encuentran atrapadas entre la semántica de la prosperidad de la sociedad industrial y la vivencia de la incertidumbre actual. Y es que, como apuntan Susana Narotzky y Niko Besnier (2014: 58), si bien la incertidumbre no es algo excepcional y más bien ha sido norma en la mayoría de contextos históricos, culturales y sociales, lo cierto es que sí ha chocado con el periodo de estabilidad vivido en Europa a partir de la Segunda Guerra Mundial. Pero además Nauja Kleist y Stef Jansen (2016: 375) añaden que el marco del presente está caracterizado por una intensificación de la incertidumbre y la imprevisibilidad para amplias capas sociales, ya sea por la sensación de riesgo (Beck, 1992), por la percepción de incontrolabilidad generada por la velocidad (Bauman, 1998) o por el debilitamiento del proyecto modernizador (Escobar, 2010), entre otros factores.

Por todo ello, me interrogo acerca de cómo se están reconfigurando las esperanzas en este momento de transformación, poniendo especial atención a los razonamientos temporales. Y es que, como dice David Zeitlyn (2015: 399), los “futuros pasados”, aquellos que un día fueron posibles y hoy ya no lo son, o no por lo menos con la misma certeza, arrojan “sombras” en las formas en las que la gente puede y se atreve a calcular y desear. De hecho, en este preciso momento, la gente está decidiendo qué creencias, suposiciones, verdades o confiabilidades forjadas en el modelo económico anterior rescata y cuáles deja atrás.

Para abordar la reconfiguración de las esperanzas me apoyo en el trabajo de campo de quince meses en Errenteria, en el que estudié los “marcos de oportunidad” y los “marcos de significación” por los cuales los vecinos y vecinas persiguen unas vidas que consideran “dignas de ser vividas”.2 Inspirada en el dispositivo metodológico de la “etnocontabilidad” de Alain Cottereau y Mokhtar Mohatar Marzok (2012), el trabajo de campo consistió en compartir el espacio de vida y de relación con los vecinos y las vecinas, viviendo en la misma casa con algunos de ellos, y siguiendo paso a paso en la medida de lo posible y con distintas intensidades según el vínculo construido, las formas de valorar que tenía la gente en la consecución de sus proyectos vitales. Es decir, el objetivo no era otro que fijarme en las formas en que la gente actúa y se esfuerza para llevar lo que considera una “buena vida” en un marco económico determinado. En definitiva, observar en la situación qué es lo importante en la vida, en todos sus aspectos y mediante uso de varias técnicas: cuadernos de contabilidad, diarios de campo, usos del tiempo cotidiano, entrevistas en profundidad, historias de vida o trayectorias laborales y residenciales. En total realicé cuarenta y cuatro entrevistas formales a veintisiete vecinos y vecinas. Aun así, las conversaciones informales y las discusiones grupales en contextos informales son más y tienen un valor incalculable en esta investigación.

En concreto, en este artículo muestro los casos de estudio de tres hijos de familias relacionadas con el trabajo industrial, con los que mantuve una estrecha relación, así como con sus familias y amigos: Ana, una mujer de cincuenta y dos años, acostumbrada a buscarse la vida con empleos que duran apenas unos meses; Álex, un hombre de cuarenta y dos años, socio cooperativista desde hace más de dieciséis años; y Eli, una mujer de treinta y siete, perceptora de ayudas sociales desde hace más de diez años. El diálogo entre los tres casos, que viven configuraciones diversas de incertidumbre, creo que permite obtener una visión amplia de la producción y reproducción de las esperanzas actuales en la ciudad de Errenteria.

El fin de la Pequeña Manchester

La expansión industrial de Errenteria fue de las más tempranas de España, y ya en el último tercio del siglo xix contaba con una actividad industrial diversificada que abarcaba producción de metal, papel, textil y alimentación. De este modo, para principios del siglo xx, Errenteria empezó a ser conocida como “la pequeña Manchester” por la cantidad de fábricas, chimeneas y talleres que llenaban la ciudad, y se convirtió junto al puerto de Pasaia en uno de los principales focos industriales vascos (Barcenilla, 1999: 38-39). Una de esas míticas fábricas, que llenaba con su aroma la ciudad, era la fábrica de Galletas Olibet (ilustración 2).

Ilustración 2. Empacadoras de Olibet. Fuente: Joxeba Goñi (1969). Historia de Rentería. San Sebastián: Caja de Ahorros Municipal de San Sebastián.

Sin embargo, este desarrollo industrial se vio frenado con la Guerra Civil española y no tuvo un nuevo despegue hasta los años sesenta, cuando la dictadura franquista rompió con su política de autarquía e inició un nuevo periodo desarrollista (1959-1975) (Palomera, 2015: 17). Fue entonces cuando Errenteria y otras tantas ciudades vivieron un segundo boom industrial. Así, a pesar de la represión y la falta de libertad sindical de aquellos años, Errenteria vivió una época si no del pleno empleo, sí del empleo abundante, donde la estabilidad socioeconómica era una realidad, en especial para los hombres que se empleaban en la industria. La ciudad pasó de tener 12 000 habitantes en la década de los cincuenta para rebasar los 46 000 a mediados de la década del setenta. Y es que, en muy poco tiempo, la ciudad se convirtió en el horizonte de miles de personas provenientes de pueblos vecinos, así como de zonas rurales del centro y sur de España que tenían la esperanza de una vida mejor ligada al empleo industrial. Como vemos en la siguiente imagen (ilustración 3), de la nada se construyeron barrios enteros para acoger a las miles de personas que llegaban a Errenteria en busca de un futuro mejor.

Ilustración 3. Obras de construcción del barrio obrero de Capuchinos en los años 1973 y 1974. Fuente: Archivo Municipal de Errenteria A015F201.

Sin embargo, los llamados años milagrosos se interrumpieron a mediados de los setenta, cuando el sistema de mecanismos internacionales que había apoyado los patrones de acumulación de capital en las décadas precedentes comenzó a desmoronarse. Más allá de la tan mencionada crisis del petróleo, los factores que llevaron a esta situación son muchos, y como menciona Jaime Palomera (2015: 25), destacan el fin del acuerdo de Bretton Woods, el aumento de la competencia en el sistema mundial con la aparición de nuevos actores, el problema del exceso de capacidad industrial o la caída de las tasas de beneficio. Como consecuencia de todo ello, la industria entró en crisis, y con ello se quebró el modelo socioeconómico basado en la centralidad del empleo como garante de protección social y como mecanismo para trayectorias de vida estables y ascendentes.

En el contexto español la crisis de los setenta coincidió con la muerte de Franco, y por lo tanto, con un momento histórico de auge de esperanzas de una vida mejor, ya sin dictadura. Sin embargo, el contexto de transición fue utilizado para gestar un discurso en el que se insistió que el camino hacia la democracia requería de paz y estabilidad, por lo que se pidió a las clases trabajadoras sacrificarse. A grandes rasgos, se consolidó la idea de que para salir de la crisis se necesitaba moderación salarial, ya que de este modo las empresas en crisis aumentarían sus beneficios, los reinvertirían y crearían más puestos de trabajo. A cambio, el Estado empezó a desarrollar las estructuras de bienestar en todos los ámbitos, internalizando en cierta forma los conflictos crecientes entre capital y trabajo, y según algunos autores como Bibiana Mendialdea y Nacho Álvarez (2005), conteniendo el malestar social y los posibles procesos revolucionarios.

Poco después, y con el objetivo de salir de la crisis, se dio el primero de una serie de acuerdos conocidos como los Pactos de la Moncloa (1977), en el cual, siguiendo las directrices del fmi y la ocde, las principales fuerzas políticas y los dos sindicatos mayoritarios del país firmaron un tratado mediante el cual, según Miren Etxezarreta (1991), se despidieron del modelo fordista a favor de las ideas liberales que fueron tomando centralidad. Y
es que, como recoge Jaime Palomera (2015: 29-30), se dejó atrás el horizonte de pleno empleo y el fin de la política económica se redujo a la búsqueda de crecimiento, productividad y competitividad, marcando como prioridad la integración internacional de la economía española a través de la liberalización. Éste era el camino, se dijo, para alcanzar los estándares de bienestar que había en otros Estados europeos.

Para ello, los Pactos de la Moncloa apuntaron a dos procesos de liberalización y desregulación. Por un lado, se dio una liberalización parcial del sistema financiero. Por el otro, buscaron la reestructuración del mercado laboral, desregulando algunos de los derechos que habían sido adquiridos por los trabajadores y reforzando formas de gestión de la fuerza de trabajo. Ahora bien, lo interesante aquí, como puntualiza Elsa Santamaría (2009: 74), no es que estas formas de flexibilización fueran novedosas, de hecho, no eran desconocidas anteriormente, sino que comenzaron a ser expandidas y legitimadas en el contexto de cambio social.

La promesa neoliberal de que el aumento de los beneficios empresariales generaría más empleo pronto resultó ser un espejismo. Con la liberalización de la economía y la atenuación de las fronteras comerciales, la industria local no pudo competir con las producciones más baratas de otros países. De hecho, las antiguas fábricas de Errenteria seguían especializadas en sectores tradicionales de poco valor añadido, basadas en el uso extensivo de mano de obra y con un desarrollo tecnológico lleno de carencias.

Es así como, en los ochenta, comenzó el proceso de desindustrialización bajo el eufemismo de la “reconversion industrial”. La reconversión no fue otra cosa que un conjunto de medidas financieras, fiscales, laborales y tecno-organizativas dirigidas por el Estado y orientadas a la modernización de los sectores maduros afectados por la crisis (Torres, 1991: 166). La idea era transitar hacia una industria de valor añadido, con empresas de menor tamaño y con buena capacidad exportadora. Sin embargo, en la práctica dichas políticas significaron el desmantelamiento de gran parte de la industria pesada que los poderes públicos habían dado por perdida. Así, si en 1975 había 10 003 empleos fabriles en Errenteria, en 1986 pasó a haber 5 726, lo que representa que entre 1975 y 1986 se perdieron más de 300 empleos fabriles al año (Picavea, 1988: 21).

En medio, cientos de personas desplazadas a otros lugares, prejubiladas o despedidas que veían impasibles el fin de una forma de vida (Valdaliso, 2003; Barcenilla, 2004; Lacunza, 2012; Olaizola y Olaberria 2015; Ruzafa, 2017). Los despedidos volvían a casa sin expectativa laboral ninguna, al observar un mercado laboral incapaz de absorber a miles de trabajadores sobrantes en las nuevas condiciones productivas. De este modo, la ciudad pasó de una situación de prácticamente pleno empleo a mediados de los setenta, a una tasa de desempleo de 28.66% en 1986, lo que equivale a 4 500 personas desempleadas, o lo que es lo mismo, un desempleado de cada 2.48 personas (Picavea, 1988: 19).

No obstante, detrás de ese desempleo no sólo se encontraban los trabajadores industriales que se habían quedado recientemente sin trabajo. Por un lado, los jóvenes de la generación del baby boom se encontraron con un mercado laboral sin oportunidades para ellos. De hecho, en 1986, la mitad de los que buscaban empleo eran personas que no habían trabajado con anterioridad (Picavea, 1988: 19). La crisis industrial se cebó también con las mujeres, y el desempleo entre ellas llegó alcanzar el 30% en 1986 (Picavea, 1988: 23). Muchas perdieron su empleo estable en la fábrica bajo el argumento de que no había trabajo para todos, que no quería decir otra cosa que los hombres tenían mayor legitimidad para acceder y mantener el trabajo industrial y el salario familiar.

Dice Susana Narotzky (2016) que ante el fuerte desempleo estructural que se vivía en los ochenta, todas las esperanzas se depositaron en la inminente entrada a Europa. Sin embargo, la incorporación en 1986 a la Comunidad Económica Europea (cee) resultó tener un precio alto, en tanto que los gobiernos de otros países vieron los salarios más bajos en España como una amenaza para sus sectores industriales y agrarios, por lo que exigieron al gobierno español que, por una parte, dejara de subvencionar a la industria nacional y, por otra, que abriera la vía de la privatización. La idea de “no perder el tren de Europa” y la modernidad fue repetida por las elites políticas, económicas y sindicales como un argumento a favor de la reestructuración de la industria y de la adopción de un modelo económico particular cada vez más neoliberal3 (Narotzky, 2016: 26). De hecho, como apunta Miren Etxezarreta (1991), la incorporación se tradujo en una marginación y subordinación de la industria española a los intereses específicos de las grandes multinacionales europeas, al tiempo que orientó la economía del país a las estrategias financieras e inmobiliarias.

La incorporación a Europa representó para Errenteria el fin definitivo de “la pequeña Manchester”. Más fábricas cerraron ante las dificultades de competir en el mercado internacional, y el resto prácticamente fueron adquiridas por capitales europeos. De hecho, una parte de la desindustrialización de aquellos años fue consecuencia de la deslocalización. El cierre de las grandes fábricas desató de nuevo una reacción en cadena: con su cierre, bajaron las persianas algunos talleres y comercios. La ciudad comenzó una carrera hacia la terciarización; no porque el empleo en este sector ascendiera, de hecho también disminuyó, pero su peso relativo ascendió (Picavea, 1988: 23).

Poco a poco, y tal como recogen distintos indicadores del Instituto Vasco de Estadística, las reformas laborales empezaron a dar sus frutos, y consiguieron crear algo de empleo (de 1986 a 1991 la población ocupada de Errenteria creció en casi 2 000 personas) con base en la expansión de los contratos de corta duración, con un aumento de la temporalidad desconocida, o al menos no registrada oficialmente hasta entonces, que creció en ese periodo 244%. Pero además, la creación del empleo temporal fue de la mano de la destrucción del empleo fijo. En ese mismo periodo se perdieron más de 1 000 contratos fijos. De este modo, si a finales de los ochenta 90% de la población asalariada tenía contrato fijo, a comienzos del noventa la cifra bajó a 60%. Iba quedando claro que en el nuevo modelo, el mercado era incapaz de absorber una población asalariada como lo había hecho. Comenzaba aquí “el mercado laboral dual”, en tanto que, como resaltan Elsa Santamaría (2009: 75) o Jaime Palomera (2015: 35), se hizo visible la fragilidad de la forma asalariada de trabajo en la que se basaba el orden social, lo que borró la frontera que separaba a los trabajadores protegidos de los trabajadores sin protección.

La agonía llegó a los hogares cuando los subsidios por desempleo empezaron a agotarse. De hecho, a finales de los ochenta un informe elaborado por el gobierno vasco dictaminó que algo más de una quinta parte de los hogares vascos se encontraban en situación de pobreza (Gobierno Vasco, 1987: 77), debido al mencionado desempleo creado durante esos años y a la expansión del trabajo eventual y precario. En efecto, tal como muestran Bibiana Mendialdea y Nacho Álvarez (2005), las políticas de flexibilidad llevadas durante estos años hicieron emerger el working poor o pobreza laboral, es decir, personas que a pesar de una relación laboral normalizada se sitúan por debajo del umbral de la pobreza, lo que expresa la ruptura con el periodo fordista que arrinconó la pobreza en aquellos colectivos que no participaban con normalidad en el proceso del trabajo asalariado.

La ciudad quedó sumergida en una profunda crisis que abarcó toda la década de los noventa. Los empleos estables seguían destruyéndose con el cierre continuado de las fábricas, y aunque levemente, también se redujo el temporal. Las ruinas industriales configuraron el paisaje urbano y emocional de aquella época. La población comenzó a descender hasta caer por debajo de los 40 000 habitantes. Errenteria pasó de ser un horizonte de vida a convertirse en una ciudad sin futuro.

Sin embargo, a mediados de los noventa la luz al final del túnel comenzó a aparecer en forma de ingentes cantidades de dinero público para el desarrollo de infraestructuras y equipamientos públicos, en gran parte de las ayudas que provenían de la Unión Europea. Con ello, se entró en una vorágine constructiva. Las obras públicas se convirtieron en un elemento económico clave de este periodo. La modernidad había llegado. En Errenteria, el ayuntamiento reconvirtió el suelo, que pasó de industrial a urbano y revalorizó como la espuma el metro cuadrado, y con ello las ruinas industriales dejaron sitio a parques, plazas, estacionamientos, viviendas y nuevos equipamientos públicos, comerciales y culturales (Benito, 2007: 46). En las siguientes imágenes (ilustraciones 4 y 5) se observa la antigua fábrica de Niessen, que dio paso a un espacio compuesto por plaza, centro comercial y varios espacios culturales.

Ilustración 4. Antigua fábrica de Niessen en los años setenta. Fuente: https://new.abb.com/es/100niessen/historia, consultado el 14 de abril de 2020.
Ilustración 5. Actual Centro Cultural Niessen. Fuente: http://www.centrocomercialniessen.com/el-centro/introduccion, consultado el 19 de febrero de 2021.

De este modo, a finales de los noventa y principios de los dos mil se vivió una expansión económica que redujo considerablemente las dramáticas tasas de desempleo. Con ello Errenteria pasó de tener casi 30% de desempleo a finales de los noventa a 11.8% en 2001 (Eustat, 2016b). Son muchos los factores que pudieran explicarlo, muy unidos a la terciarización de la economía, entre los que destacan el auge de la construcción, el transporte, el comercio, la hostelería o los servicios inmobiliarios, así como el fortalecimiento del sector público y el consecuente aumento del empleo público en todos los ámbitos. Pero a rasgos generales, son dos las razones principales detrás de esta expansión económica.

Por un lado, y tal como estudia Pablo Lopez Calle (2018: 6), gracias a la financiarización de la economía, vinculada en parte con el endeudamiento de los hogares derivado de la diferencia de sus necesidades de reproducción y sus condiciones como fuerza de trabajo. Una financiarización que sostuvo coyunturalmente niveles de consumo que no se correspondían con los salarios de sus trabajos, lo que dio lugar a una burbuja de empleo y consumo. Por el otro, y como sostiene Jaime Palomera (2015: 35), por una mayor precarización del trabajo apoyada en sucesivas reformas laborales. Y es que, si bien estas transformaciones económicas hicieron surgir nuevas profesiones gracias al acceso en masa a las universidades de las nuevas generaciones, lo que a su vez se reflejó en un cambio en la estructura ocupacional con un crecimiento de empleos cualificados, también es verdad que al mismo tiempo se extendieron los empleos precarios, temporales y parciales unidos a las necesidades de los nuevos sectores emergentes.

De este modo, el mercado laboral quedó segmentado por una clase de trabajadores con contratos fijos y estables, por una parte, y por trabajadores encadenados a contratos temporales y al subempleo por otra. En 2001 en Errenteria, 66% de las personas asalariadas tenían un contrato fijo, frente a 34% con contrato temporal (Eustat, 2016). Errenteria, con unos niveles de formación visiblemente inferiores que los del territorio, alimentó en mayor medida que la provincia este segmento. El “ejército de reserva” de este último segmento, clave en la expansión económica de aquellos años, estaba compuesto básicamente por mujeres, jóvenes y migrantes extracomunitarios que llegaron masivamente a la ciudad a partir de los primeros años del nuevo siglo y ocuparon las peores posiciones del mercado laboral: como mozos en el puerto de Pasaia o en las cadenas logísticas de las empresas de transporte, de peones en la construcción, de dependientas y auxiliares de camareras en las grandes superficies, así como de trabajadoras domésticas.

El estallido financiero de 2007-2008 vino a manifestar la fragilidad de esta expansión, basado en la burbuja inmobiliaria, en el endeudamiento de los hogares y la precarización de las condiciones de trabajo. Si bien la crisis generada en Errenteria no tenía parangón con lo que había sucedido años atrás, ni se parecía a la realidad dramática de otros lugares dependientes del turismo y la construcción, la tasa de paro también se disparó en la ciudad hasta alcanzar el 15.8% en el 2015 (Eustat, 2016b). Pero además, las políticas de austeridad basadas en los recortes del gasto público, las privatizaciones, las restricciones en la asistencia social o las reformas laborales y de pensiones, entre otros factores, intensificaron la precarización de las condiciones de vida y de trabajo de amplias capas sociales. Esto, junto con una intensa moralización sobre que habían “vivido por encima de sus posibilidades”, vendría a redefinir los marcos políticos de redistribución forjados por el Estado keynesiano fordista y reconfigurar de paso el horizonte y las esperanzas de la clase media.

Ilustración 6. Niño jugando en el barrio obrero de Capuchinos. Foto donada por un interlocutor de Errenteria.

La ruptura generacional: de los pasados prósperos y los presentes precarios

Ana, Álex y Eli provienen de familias de entornos rurales que llegaron a Errenteria con la esperanza de que el trabajo industrial les garantizaría una vida mejor. Atraídos por la rápida industrialización, la abundancia del trabajo y el crecimiento económico que parecía vivir la ciudad, vieron en Errenteria la forma de prosperar y vivir dignamente.

Ana, provenía de una de familia rural del centro de España que se terminó convirtiendo en una de las familias protagonistas del primer flujo migratorio del siglo xx hacia Errenteria. Su madre, maravillada de la vida que decía disfrutar su hermana, que había migrado en los cincuenta a la ciudad, convenció pocos años después a su pareja para que empezaran un nuevo proyecto de vida en el norte. En pocos años, él consiguió trabajo en una de las grandes fábricas de la ciudad, y ella se encargó de criar a los tres hijos que tuvieron.

De igual manera, a principios de los sesenta la madre de Álex dejó con diecisiete años su pequeño pueblo rural del norte siguiendo a tantas otras vecinas que empezaron a emplearse en las grandes industrias de Errenteria y Pasaia. Ahí conoció al que sería su marido, un joven de un pueblo aledaño apasionado por el campo, pero convertido en albañil. La madre de Álex trabajó en la fábrica hasta que la comentada reconversión industrial la terminó de expulsar, y desde entonces la familia se apoyó en el dinero que traía el padre a casa. Ella crió a los cuatro hijos que tuvieron, y él trabajó en la construcción por cuenta propia hasta que se prejubiló a principios del 2000.

La madre de Eli también depositó su esperanza en que el trabajo industrial posibilitaría un futuro mejor. Por eso en los setenta se acercó desde un pueblo vecino a trabajar a las grandes fábricas de la ciudad. Sin embargo, como la madre de Álex, con la reconversión también se replegó en casa a cuidar de sus dos hijos, mientras su marido trabajó como funcionario administrativo hasta tomar una buena prejubilación. Tanto ella como la madre de Álex no volvieron a emplearse hasta años más tarde, cuando los hijos habían crecido, ya como fuerza de trabajo precarizada en el sector de servicios. En cualquier caso, de una forma y otra, todas ellas acataron lo que Jane Lewis (2002: 332) describe como el modelo de organización social que sostenía la reproducción del modelo de bienestar keynesiano fordista, el cual otorgaba al hombre la responsabilidad de proveer a la familia y lo definía como “el hombre ganador del pan”, mientras que la mujer se definía desde la vocación al trabajo doméstico para configurarse como “ama de casa”.

En definitiva, para estos hogares el acceso al empleo no fue un problema grave, y en principio, si uno quería, era más o menos factible tener el mismo empleo de por vida. El problema en todo caso era el mal sueldo, o que el bienestar y los proyectos de vida estaban ligados a los estrechos márgenes de la familia. Una “ética del trabajo y la industriosidad” estaba en la base de estos proyectos de vida, que justificaba los sacrificios que se debían hacer, en el empleo como en el hogar, para lograr mejores condiciones de vida. Es decir, estos sacrificios cotidianos sostenían y cobraban sentido en relación con las proyecciones futuras. Además, las luchas sindicales y sus continuadas huelgas iban haciendo posibles aumentos salariales sustanciales que mejoraban las perspectivas futuras. Todo ello proporcionó un grado de certidumbre para entablar proyectos de vida duraderos y consistentes, un poder pensar a futuro como unidad económica. Pero además era un poder mirar al futuro con tranquilidad, dando por hecho la jubilación o la protección social, sobre todo para los que Luis Enrique Alonso (2007: 100) llama los “ciudadanos laborales”, es decir, los ciudadanos que se encuentran dentro de la realidad salarial, en tanto que resalta que buena parte de los derechos sociales pasan por la contribución al mercado laboral. De hecho, este modelo garantizó pensiones dignas sobre todo a los que se emplearon en los trabajos estables de la industria, mientras que ellas accedieron en mayor medida a pensiones ajustadas y precarias. Finalmente era un poder mirar al futuro mediante unas aspiraciones ascendentes, donde el progreso material, eso sí como unidad económica, entraba en los cálculos de los hogares.

De este modo, Ana, Álex y Eli a menudo comparaban sus vidas con los estándares alcanzados por las generaciones anteriores en etapas similares de su vida. Los tres consideraban que sus familias habían conseguido convertirse en esas clases medias que poseían en cierta forma seguridad, estabilidad y comodidad. Insistían que sus padres partieron de condiciones humildes, pero que al final terminaron alcanzando los estándares de clase media. Todos ellos, por ejemplo, se hicieron en un momento u otro de una segunda vivienda, algo impensable para ellos. De ahí que al valorar sus trayectorias vitales los tres afirmaban sentir una involución de sus expectativas biográficas. En particular, se centraban en sus experiencias laborales, que lejos de ser lineales y ascendentes se caracterizaban por ser trayectorias fragmentadas, reversibles, flexibles y precarizadas para confirmar dicho retroceso.

Eli, por ejemplo, dejó sus estudios a edad temprana para trabajar de cuidadora a últimos de los noventa. Con diecinueve años empezó a vivir con su pareja, un electricista que trabajaba de manera informal, para dos años después con la llegada de su primer hijo la pareja acordara que Eli se dedicaría a cuidar del bebé y la casa. Eran los años de auge de la construcción y con el dinero que él traía a casa se las arreglaban para vivir. Diez años más tarde, en pleno estallido financiero y con un segundo hijo en brazos, se divorciaron. Eli se encontró entonces con que sólo tenía estudios secundarios, no tenía dinero propio, ni apenas experiencia laboral. “¿Qué hago yo ahora?”, se preguntó; y es que con el fin de su matrimonio caía también el modelo económico en el que basó su confianza. Eli acudió a servicios sociales y a los meses accedió a la “Renta de Garantía de Ingresos” (rgi), una prestación económica mensual del gobierno vasco que fue creada para dar respuesta a la crisis fordista y que en la actualidad representa la cobertura o el sistema de protección más avanzado de todo el Estado español.

Gracias a esa prestación social, Eli pudo sacar su vida y la de sus hijos adelante, no sin pocos “malabarismos” (Villarreal 2017: 92), ya que el dinero que recibía mes a mes nunca fue suficiente para vivir.

Para Álex la sensación de retroceso que experimentaba su generación era demasiado evidente. “Los buenos tiempos”, como solía describir los tiempos de bonanza, habían pasado y ahora ellos tenían menos oportunidades y tendrían que afrontar condiciones de vida más duras que las generaciones mayores:

Yo creo que teníamos metido dentro del imaginario colectivo que viviríamos mejor que la generación anterior, ¿no? Yo por parte de mis padres también recibí ese mensaje. Ellos tuvieron que trabajárselo mucho. Mi padre no fue a la escuela, y mi madre sí que fue y quiso seguir estudiando, pero no pudo. ¿Entonces, es eso, no? Poder dar esas oportunidades, no tener que trabajárselo tanto para poder disfrutar de la vida. Y en algunas cosas sí (que lo hemos podido hacer), pero en otras cosas… o igual sí que lo vivimos, igual hasta que yo fui a la universidad sí que había ese contexto socioeconómico, pero luego ya me di cuenta de que para conseguir una casa o tener otro nivel de bienestar lo tendríamos más difícil.

Para él, la promesa de movilidad social ascendente resultó falsa a pocos años de terminar sus estudios en la universidad. Realmente la universidad había tenido para él un sentido más de crecimiento personal que laboral, aunque confiaba que una carrera universitaria le abriría las puertas a una vida mejor en una economía que parecía orientarse al trabajo cualificado. Aun así, a principios del 2000, después de trabajar unos años como becario en proyectos de investigación en la universidad y cansado de no llegar a fin de mes, pasó a la hostelería. Sin grandes esperanzas laborales, con veintiséis años le ofrecieron trabajo en una cooperativa, y aunque ese trabajo tampoco estaba relacionado con sus estudios, Álex aceptó. Empezó con pocas horas, compaginándolo con trabajo en bares, y en menos de cinco años pasó a ser socio cooperativista. Por aquel entonces la rotación de trabajadores en la cooperativa era grande, ya que los sueldos no eran gran cosa. Pero después llegó la crisis del 2008, lo que a principios del 2000 se denunciaba como un mal sueldo empezó a verse como un sueldo aceptable. Es decir que ser mileurista,4 en tanto ser joven con estudios e idiomas, con un sueldo alrededor de los mil euros y en empleos que no iban acordes con su formación no parecía tanto drama, y con la bajada de expectativas la rotación de trabajadores disminuyó. Habían pasado dieciséis años desde que entró en la cooperativa y Álex seguía ahí. Sin embargo, había imaginado que a estas alturas su situación económica sería considerablemente más holgada y estable, lo que a su vez influía en unas aspiraciones cada vez más descendentes:

Eh, a ver. Yo con veinte años he tenido mejores condiciones de vida que mis padres. Con cuarenta años está siendo parecido. Y con sesenta tengo mis dudas. Yo creo que tendré menos oportunidades, menos recursos que mis padres.

Una vida segura y estable no fue nunca algo que buscó Ana. Aunque se crió a partir de esos marcos, y sus padres “esperaban que fuera ministra por lo menos”, Ana y parte de una generación que vivió la juventud entre los ochenta y noventa construyeron sus vidas en oposición a esta semántica y estos horizontes de clase media. Su generación fue la carne de cañón del mercado flexible. Primero se configuraron como “la generación perdida” y se encontraron con un mercado laboral de difícil acceso. Como retrata Victoria Goddard (2019: 12), la desindustrialización interrumpió los ciclos de trabajo y las formas de vida transmitidas de forma intergeneracional en estas ciudades, lo que hizo perder la credibilidad y la eficacia de los proyectos de vida construidos por la generación anterior. Esta generación convivió con el desempleo y con los empleos temporales o “currillos”, empleos de corta duración, mal pagados y generalmente tareas menos valoradas y con menos estatus que el empleo industrial, con lo cual se configuró como la carne de cañón del mercado flexible y precario. De hecho, una parte de esta generación percibió el mercado flexible como un signo de libertad, lejos de las rigideces de las formas de trabajo y de vida de sus padres. Es más, muchos encontraron en el no-futuro, en tanto una despreocupación por él, la liberación. Fue una incertidumbre impuesta por el marco de oportunidades, pero también en cierta forma deseada, buscada y compartida:

O sea, que te quiero decir que yo soy consciente de que podría tener más pasta (dinero), que hubiera podido tener un curro (trabajo) seguro, pero yo qué sé. He optado por otro tipo de vida. Como ir a México y montar el centro cultural La Habanera. Si hubiera tenido una hipoteca, familia, un curro fijo, pues no hubiera montado La Habanera. Y no hubiéramos bailado así.

De hecho, Ana era percibida por muchos como una “buscavidas”, por verla siempre cambiando de un trabajo a otro para ganarse la vida a pesar de que avanzaba en la edad. Y es que, en estos otros marcos, el trabajo sólo debía garantizar el hoy, que diera “lo suficiente para vivir” era lo que buscaba, como ella lo define “para comer, para echarme unos tragos, para fumar y poco más”. Y de hecho, era posible. Y en ese contexto de abundancia laboral, que los empleos no se sostuvieran en el tiempo, fuera por la razón que fuera, no era un problema. De hecho, Ana siempre se buscó la vida con empleos que duraban de uno a tres años vista. Por lo general sin contrato, Ana ha trabajado, en más de 20 “currillos”, mayormente en hostelería, pero también como transportista, agente de seguros, cuidadora o vigilante.

Sin embargo, este proyecto de vida se había hecho especialmente vulnerable los últimos años, con la disminución de la oferta de trabajo y la devaluación salarial impulsada por sucesivas reformas laborales. “Siempre he tenido mucho acceso a mierdas de trabajo, y ya ves que ahora ya no hay ni mierdas”, se quejaba al valorar su trayectoria laboral a partir del 2011. Con el último estallido financiero, Ana empezó a notar que ya no le ofrecían ni tantos trabajos, ni en las condiciones de antes. En los últimos tres años había tenido cuatro empleos consecutivos y los había alternado con otros cuatro “currillos”, y cada vez, reconocía, se le hacía más difícil mantener un empleo en el tiempo. A la corta durabilidad de sus trabajos se añadía el hecho que últimamente se alargaban los meses en desempleo.

De ahí que Ana se empezaba a sentir que ya no tenía la energía que ese estilo de vida requería. Que la mayoría de la gente con la que compartía ese modo de vida se hubiera, como dice ella, “hecho mayor”, “asentado”, hacía que se sintiera cada vez más sola, vulnerable e incomprendida en su modo de vida. “Todo era más fácil antes”, cuando era joven y ese proyecto de vida que abrazaba el cortoplacismo tenía un modelo económico para sostenerse y un grupo de gente para compartirlo.

De hecho, cuando en el transcurso de trabajo de campo los conocí, me pareció que de formas muy distintas la incertidumbre atravesaba sus medios de vida. La consideración de que no hubiera recursos monetarios en un futuro inmediato, o no saber cómo serían éstos a medio plazo, entraba de lleno en los cálculos cotidianos de todos ellos. Bien por la falta de garantías futuras, o bien por la propia escasez presupuestaria, el hecho es que sus economías solo parecían poder abarcar, como mucho, lo inminente. Los tres consumían sus ingresos al mes y apenas tenían posibilidades de generar ahorro monetario.

A Ana, a sus cincuenta y dos años, recién le habían llamado de un programa para mujeres en peligro de exclusión del gobierno local, ofreciéndole un trabajo protegido. Con ello, dejaba la cocina de un bar en el que trabajaba veinte horas los fines de semana. Con este nuevo empleo Ana trabajaría a jornada completa de lunes a viernes por 900 euros mensuales. Sin embargo, este nuevo trabajo también tenía fecha de caducidad, ya que era una oferta de empleo por seis meses y no podría volver a optar a ella hasta pasados tres años. Y sin embargo Ana aceptó; después, como ella decía, ya se buscaría la vida.

A Álex, en cambio, aunque sentía la seguridad de tener el trabajo garantizado, le seguía angustiando que su sueldo estuviera sujeto a la contratación de servicios, como cuando empezó. Es decir, que a sus cuarenta y dos años y con más de quince años trabajando en la misma cooperativa, Alex no sabía lo que ganaría, ni el horario en que trabajaría un año tras otro, lo que le creaba inseguridad y ansiedad. Además, desde el segundo año del estallido financiero y hasta hacía apenas tres años, Alex había tenido su sueldo congelado debido a la bajada de clientes y a las políticas de ajuste que recortaron las subvenciones para cooperativas como la suya. Su sueldo cuando le conocí rondaba los 1 280 euros. Además, su angustia por no saber lo que ganaría se intensificó desde hacía dos años, cuando decidió destinar todos sus ahorros para acceder a una hipoteca y comprarse una pequeña casa, debido a que de nuevo los sueldos comenzaban, aunque levemente, a crecer.

Y Eli seguía diez años después siendo perceptora de la rgi. Tenía entonces treinta y siete años y tres hijos menores de quince años. Vivía con su pareja actual y sus hijos en una casa cuya hipoteca recién habían adquirido. El salario social, junto con la manutención alimentaria del padre de los primeros dos hijos, también en una situación de crisis después de que la construcción parara, tenía unos ingresos mensuales de 940 euros. Además, accedía a algunas otras ayudas sociales durante el año. Y aunque el dinero recibido no era suficiente para tirar adelante, y siempre era necesario llevar a cabo malabarismos, lo que más le pesaba a Eli durante estos años era el control institucional que debía aguantar con tal de mantener la ayuda. Y es que la tendencia restrictiva en las ayudas sociales que puede rastrearse desde el 2012, y cuya última expresión era la propuesta de reforma del 2018, además de intensificar las medidas restrictivas tenía una clara vocación disciplinadora, pues legitimaba el control permanente y reforzado de quienes recibían la prestación. Con ello se polarizó el debate sobre quién era merecedor del salario social. “Tengo la sensación de que estoy pidiendo de rodillas, darme por favor”, me explicaba Eli para enfatizar lo costoso que vital y socialmente le resultaba mantener la prestación social, por lo que en los últimos años y siempre que podía, Eli había optado por llevar a escondidas su condición de perceptora en los nuevos círculos sociales, ya fueran vecinos, padres y madres de la escuela etcétera.

“Viviremos peor que nuestros padres”: la percepción de retroceso y la desorientación sobre el mañana

Dice David Zeitlyn (2015: 399) que los futuros pasados, incluyendo las esperanzas y los temores recordados, interfieren de alguna forma en el futuro real. Lo hacen porque en contra del sentido común que supone que el pasado es algo fijo e inamovible, éste es significado y sentido tantas veces como se necesite. En efecto, como apunta Magdalena Villarreal (2008: 102), el tiempo no es tanto un marco evolutivo externo dentro del cual se dan las relaciones sociales, sino que es también construido y, como tal, se significa y se utiliza. Pero además, Zeitlyn pone la atención en que las dinámicas afectivas son como las sensaciones que producen vértigo, estancamiento, entusiasmo, ansiedad o desorientación, y señala que son centrales a la hora de comprender los procesos de cambio social.

De ahí se puede suponer que a medida que se han transformado las trayectorias vitales se haya distorsionado también la experiencia temporal de progreso económico implacable. Ahora bien, tal como constatara Daniel Knight (2016) al examinar las consecuencias de la austeridad prolongada en el contexto griego, el material etnográfico recogido en Errenteria también evidencia un intenso momento de confusión y de “vértigo temporal” en el contexto vasco. En particular, las políticas de ajuste estructural, y muy especialmente las reformas en el Sistema Público de Pensiones habían colocado el futuro en el presente y hecho explícita la quiebra de la
reproducción social. Cómo proveerse materialmente y de cuidados en
la vejez era algo que generaba inquietud y confusión. Por ejemplo, a Eli, por un lado, le asustaba no haber tenido años cotizados, pero de todos modos decía que tampoco confiaba en que el sistema de pensiones perdurara: “Lo único que me ha preocupado ha sido no cotizar para la jubilación. Pero bueno, que luego también pienso que la jubilación va a desaparecer. Entonces, total: no sé, no sé”.

Para Álex también, aunque evitara conscientemente pensar en el futuro y la jubilación, la preocupación y la angustia siempre estaban ahí:

La otra vez también creo que te lo dije. A mí me preocupa bastante, bueno que no lo tengo metido aquí –y se toca la cabeza– , porque si no me agobiaría; pero lo de las pensiones, cuando nos retiremos, yo no sé qué será de nuestras vidas. No sé si tendremos pensión, o cómo serán las pensiones, para qué nos dará eso. Y entonces yo en esas cosas veo que estamos yendo para atrás. Que viviremos peores condiciones. Que al mismo tiempo tampoco es verdad, porque yo, claro, he podido ir a la universidad, y eso para mis padres era inimaginable.

Era una desorientación que en ocasiones también tenía que ver con la rapidez con la que las condiciones cambiaban, por lo que se hacía difícil incluso trazar estrategias a futuro, o como decía Ana respecto de sus planes de futuro, que tenía “demasiados y ninguno”.

De hecho, aunque ciertas alternativas políticas habían suscitado promesas de mejora y cambio social, muchos se encontraban relativamente desilusionados por una sensación de incontrolabilidad y de limitación a la hora de poder mejorar las condiciones de vida, lo que Marina Garcés (2017: 16) denomina “la nueva experiencia del límite”. Con ello, las esperanzas de llevar una buena vida se formulaban como estrategias individuales centradas en la familia. Lejos del ideal de autosuficiencia del homo economicus y ante el desmantelamiento latente del estado de bienestar, cada vez era más aceptada la idea de necesitar de la ayuda de la familia para echar a andar y sostener los propios proyectos de vida y las expectativas generacionales. Se configuraba así lo que James Petras (1995: 28-29) denomina “el sistema de bienestar familiar”, en el sentido en que las vidas y expectativas de estas personas precarizadas se sostenían gracias a la prosperidad pasada, ya fuera por las viviendas en propiedad libre de hipoteca, los ahorros y las buenas pensiones sobre todo de los “hombres proveedores del pan”. Y añadiría, por el servicio continuado de “las abuelas” en tareas de prestación de cuidados.

Ilustración 7. “Pensionistas y fábricas”. Fotografía tomada en el trabajo de campo 2017-2018. Autoría: Uzuri Aboitiz.

Sin embargo, la vulnerabilidad de los proyectos de vida y la necesidad de apoyarse en la familia eran vividas para la mayoría con cierta frustración, al entenderlas como una involución de los proyectos de vida y una pérdida de autonomía de lo que tenía que significar la vida adulta. Esto era especialmente visible en Eli y Álex. Por ejemplo, a Eli le frustraba encontrarse cotidianamente pidiendo favores a sus padres y pareja para llegar a fin de mes, al mismo tiempo que exigia a la familia su deber de ayudar como responsabilidad moral natural de los lazos familiares. A Álex, que siempre había intentando no necesitar ayuda de nadie, el desmantelamiento del estado de bienestar y la “rehogarización”5 del sostenimiento de la vida lo hacía sentir profundamente desprotegido. “¿Quién cuidará de mí cuando me haga mayor?”, me dijo una vez angustiado, él que no pretendía tener ni pareja ni hijos. El futuro se presentaba vago y poco esperanzador:

Creo que se avecinan crisis, y serán cada vez más seguidas, lo tengo claro. ¿Qué pasará con nuestras pensiones? ¿Qué haremos cuando nos hagamos mayores? ¿Qué hacemos, continuar trabajando? Lo imagino como un agujero negro. Me imagino como en Estados Unidos, todo lleno de homeless las calles. Es algo que me preocupa mucho.

En definitiva, las promesas de una vida de goce, disfrute y oportunidades ilimitadas se desdibujaban. Los futuros posibles se reducían, los sueños menguaban y las aspiraciones descendían. En su juventud, Álex se había imaginado una vida resuelta en su vejez, en el que volvería a la universidad por gusto, mientras tendría las necesidades cubiertas. Ahora, sin embargo, sentía que había que conformarse con menos, y reconocía que algunos de sus sueños a futuro comenzaban a supeditarse:

Me acuerdo cuando era más joven, en la universidad, me fui de Erasmus6 y conocí a una chica sueca. Por aquel entonces, yo solía decir que cuando me jubile volvería a la universidad y volvería a ir de Erasmus. Los dos teníamos ese plan. Ahora me doy cuenta que esto no podrá ser.

Ahora bien, los periodos de crisis abren también ventanas temporales donde pasado, presente y futuro se rearticulan de maneras singulares abriendo nuevos caminos a la esperanza. De hecho, a pesar de los futuros perdidos, las promesas no cumplidas, los planes devastados y los retrocesos experimentados de todas las formas sociales y materiales imaginables, muchas de las personas con las que conviví conservaban la esperanza de mantener e incluso a veces mejorar su nivel de vida. Esta creencia en un mejor futuro se manifestaba recurrentemente como una despreocupación por ella. Sin embargo, esto no debe confundirse con la ausencia de ideas sobre lo que saben que puede depararles el futuro, sino más bien como una forma deliberada de no dejarse abrumar por el futuro.

En caso de Eli, la creencia en la recuperación económica, o mejor dicho en la capacidad de autocorrección del sistema, le hacía entender la precariedad del presente como “una mala racha”, por lo que señalaba que pronto “vendrán tiempos mejores”. Y así, aunque atravesaba uno de los momentos económicos más duros de su vida, Eli se mostraba optimista y esperanzada y encontraba en la incertidumbre la condición previa a la esperanza. Álex, en cambio, depositaba la confianza en los cambios que podrían generar las fuerzas de izquierdas en las instituciones. Esta fe en que “Dios proveerá”, en forma de una confianza en las fuerzas del cambio, le tranquilizaba y le hacía despreocuparse en cierta medida de sus pocas posibilidades de generar ahorros. Mientras que Ana ponía su confianza en su capacidad para salir adelante, en razón de las experiencias pasadas en las que de una u otra forma salió adelante, en ese “ya me buscaré la vida”. Así también me lo expresó Eli en otras ocasiones:

Yo pensaba mucho en el mañana, siempre en el mañana, en el mañana. Y ya he empezado a pensar en el hoy, el hoy y el hoy. Y sé que es muy típico, pero es que es verdad; no sabes lo que vas a vivir, y mira: yo ya he visto muchas cosas, y sales de todo menos de la muerte, eso está claro. ¿Entonces, preocuparme?

En definitiva, todos ellos eran ejercicios de confianza. Como señalan Valerie Hänsch, Lena Kroeker y Silke Oldenburg (2017: 13), la confianza se opone a la incertidumbre, y tal vez de este modo el futuro deja de ser de alguna forma un tanto incierto.

La responsabilización familiar e individual ante el mañana

Las formas de ganarse la vida hoy en Errenteria son más individualizadas, inestables e inciertas que cuarenta años atrás, lo que produce precariedad material, desprotección social, ansiedad emocional e incertidumbre vital en amplios sectores de la población. En este sentido, hacer etnografía en una ciudad desindustrializada como Errenteria nos permite acercarnos a las transformaciones materiales y morales que se han producido con el fin de la sociedad industrial y las políticas keynesianas de distribución de la riqueza. Y es que, es de suponer, que los acontecimientos dados en este tiempo ya hayan tenido un efecto duradero en la forma en que la gente percibe y articula los tiempos pasados de prosperidad, la actual era de precariedad y sus expectativas de reconstruir su futuro.

El trabajo de campo ha manifestado una idealización del pasado y unas reconfiguraciones míticas de esos recuerdos, en los que se omiten las precariedades e incertezas que vivieron las generaciones mayores, en especial las mujeres. Por lo general los “buenos tiempos” se imaginan, recuerdan y transmiten como tiempos en los que era posible trazarse el propio futuro, mediante trabajo y sacrificio. Para la mayoría, esos tiempos terminaron en los años noventa con la desindustrialización de la ciudad. Es a partir de esa significación del pasado industrial desde donde hoy los hijos de esas clases obreras entienden el sentimiento de retroceso y su movilidad social descendente.

Ilustración 8. De camino al barrio de Galtzaraborda. Fotografía tomada en el trabajo de campo, 2017-2018. Autoría: Uzuri Aboitiz.

Sin embargo, la percepción de retroceso puede llevarnos a una idea un tanto simplista de suponer una sensación generalizada de desesperanza, ruptura o de renuncia a construir el futuro. Y es que, como se ha mostrado a lo largo del artículo, los vecinos y vecinas de esta ciudad, a pesar de haber visto alteradas sus trayectorias de vida y sus promesas del mañana, siguen luchando por salir adelante e incluso conservan la esperanza de proteger, mantener y a veces aumentar su nivel de vida y sentido de dignidad; lo que cuestiona, por lo menos, la percepción del momento actual como una ruptura histórica irreversible. De hecho, a pesar de las incertidumbres cotidianas mis interlocutores siguen aspirando a “poder vivir tranquilos”, que no es otra cosa que su idea de “vivir bien” con cierta seguridad y protección.

Ahora bien, ese “poder vivir tranquilos” va acompañado por asumir que va a ser más difícil de lo que fue para la generación anterior, por ejemplo, en tanto normalizar que hay que trabajar y aguantar más y en peores condiciones, ya sea en el empleo o en la casa. Por otra parte, el éxito en las expectativas biográficas se asume como una responsabilidad básicamente individual o familiar, algo que va en la línea de las medidas de privatización de las formas de gestión social del riesgo dadas los últimos años. Es decir, en cierta forma se acepta la desresponsabilización del Estado, lo que podría sugerir que los principios del pensamiento neoliberal se han visto reforzados durante esta larga dinámica, en tanto que, como afirma Sandra Ezquerra (2012: 134), se ha dado una transformación en las expectativas y los derechos percibidos de la población respecto de los servicios públicos o los bienes comunes.

En definitiva, es ampliamente aceptado que existe una inflexión en las expectativas y planes vitales de amplias capas sociales. La noción de vida a la que se aspiraba ha menguado y algunos sueños y aspiraciones empiezan a ser supeditados y postergados. “En cuanto se pueda” se convierte en la muletilla que sigue a muchas de las conversaciones sobre el futuro. Y es que los cambios en los campos de oportunidades han desajustado las expectativas creadas generacionalmente, produciendo una sensación de desorientación. Cuando les preguntaba sobre el futuro a mis interlocutores, la mayoría formulaban sueños en lugar de proyectos. En efecto, cuando observaba la formulación de expectativas de cerca, se hacían visibles la vaguedad y la indeterminación desde las que se enunciaban. La gente se encuentra moviéndose entre modelos económicos y moralidades opuestas, rescatando lo que le es útil para hacer más seguro su proyecto de vida. O, como diría David Zeitlyn (2015: 399), los “futuros pasados” siguen proyectando “sombras” sobre las vidas, los sueños y anhelos de los vecinos de Errenteria.

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Uzuri Aboitiz es investigadora predoctoral contratada (2016-2019) en Sociedad y Cultura, ámbito de Antropología asociada al Grupo de Estudios de Reciprocidad de la Universidad de Barcelona. Ha realizado una estancia de investigación en el curso 2018-2019 en ciesas Occidente, bajo el paraguas del Seminario Internacional de Antropología y Dinero (ade), asociado al mismo centro y al Institute for Money, Technology & Financial Inclusion (imtfi). En su investigación doctoral estudia la reconfiguración de los marcos de significación y de las prácticas a la hora de sacar la vida adelante y construir proyectos de vida sucedidos en la transición de un Estado Keynesiano Fordista a otro de corte neoliberal.

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Encartes, vol. 4, núm 8, septiembre 2021-febrero 2022, es una revista académica digital de acceso libre y publicación semestral editada por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, calle Juárez, núm. 87, Col. Tlalpan, C. P. 14000, México, D. F., Apdo. Postal 22-048, Tel. 54 87 35 70, Fax 56 55 55 76, El Colegio de la Frontera Norte Norte, A. C., Carretera escénica Tijuana-Ensenada km 18.5, San Antonio del Mar, núm. 22560, Tijuana, Baja California, México, Tel. +52 (664) 631 6344, e Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, A.C., Periférico Sur Manuel Gómez Morin, núm. 8585, Tlaquepaque, Jalisco, Tel. (33) 3669 3434. Contacto: encartesantropologicos@ciesas.edu.mx. Directora de la revista: Ángela Renée de la Torre Castellanos. Alojada en la dirección electrónica https://encartes.mx. Responsable de la última actualización de este número: Arthur Temporal Ventura. Fecha de última modificación: 29 de septiembre de 2021.
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