Congeniar, resistir y ajustar: negociaciones en pareja para maniobrar las deudas y llegar a fin de mes1

Recepción: 14 de abril de 2020

Aceptación: 12 de agosto de 2020

Resumen

En un contexto de aumento del costo de la vida y estancamiento salarial, el endeudamiento de los hogares chilenos se ha incrementado a niveles sin precedentes. En este marco, el artículo explora los arreglos económicos de las parejas de adultos jóvenes y profesionales ante la alta presión económica provocada por las deudas. Entendemos que en las relaciones de pareja se construyen, discuten y negocian la adquisición, los usos y estrategias de pago de deudas. Para ello, a partir del análisis de 34 entrevistas semiestructuradas a parejas jóvenes y deudoras, exploramos tres tipos de negociaciones: (i) las que buscan congeniar las herencias o los aprendizajes financieros previos; (ii) las estrategias financieras de resistencia que las parejas asumen para poder sostenerse económicamente; (iii) los ajustes a los proyectos futuros en función de la proyección de pago de sus compromisos asumidos.

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Getting along, Resisting and Adjusting: Negotiations in Couples to Maneuver Through Debts until Payday

In a context of rising costs of living and stagnating wages, debt in Chilean households has soared to unprecedented levels. In this context, this article explores the economic arrangements made by young adult couples in a context of high economic pressure caused by debt. We understand that couples build, discuss and negotiate the acquisition, uses and strategies of debt payments. For this purpose, from the analysis of 34 semi-structured interviews to young couples in debt, we explore three types of negotiations: (i) those which attempt to match previous inheritances or financial knowledge; (ii) the financial resistance strategies that couples assume to support themselves economically; (iii) adjustments to future projects that couples make based on the payment projections of the commitments they have assumed.

Keywords: negotiations, debt, young adults, couples, financialization of everyday life.


Chile está atravesando una de las más profundas crisis sociales en los últimos 40 años. El descontento social que, desde el estallido del 18 de octubre se ha hecho sentir, ha instalado con fuerza el reclamo por la gran presión económica que muchos hogares chilenos soportan cotidianamente. “Me sobra mucho mes al final del sueldo”, “violento es endeudarme para seguir sobreviviendo”, “toma conciencia de que tu deuda universitaria es para el resto de tu vida” son ejemplos de algunas de las pancartas que se han visto en las marchas masivas del último tiempo. Al parecer, los bajos salarios, el aumento sostenido en el costo de la vida y de los niveles de endeudamiento de los hogares en Chile han comenzado a ser percibidos como injustos. Las altas exigencias económicas que reposan sobre las espaldas de muchos hogares chilenos son el resultado de casi 40 años de reformas neoliberales que cambiaron los principios de protección social y que extendieron la privatización de los servicios sociales restringiendo los servicios públicos a los cuales los ciudadanos pueden acceder (Araujo, 2020).

Las principales reformas implementadas por la dictadura militar transformaron el modelo económico y los principios de regulación de las relaciones laborales: se privatizaron las empresas productivas y los servicios proveedores de bienestar, situando en el mercado las posibilidades de acceso a sus rendimientos; se desregularizaron y liberalizaron gran parte de las actividades económicas, ampliando con ello el acceso al mercado del crédito; en la esfera laboral-productiva se promulgó un nuevo plan que flexibilizó el mercado del trabajo e instaló un marco de relaciones laborales basado en la individualización, mercantilización y descolectivización (Stecher y Sisto, 2020; Ruíz y Boccardo, 2015). A partir de ello es posible afirmar que este conjunto de transformaciones ha instalado las relaciones de consumo como el centro de la estructuración de las relaciones sociales (Moulian, 1997), lo que ha repercutido directamente en la vida económica de los hogares. Las consecuencias de la instalación de este modelo son de dos tipos. Por un lado, el crecimiento económico, la disminución de la pobreza, el aumento sostenido en el acceso a la educación superior y una histórica ampliación del trabajo asalariado (oit, 2018) han significado para muchas familias salir de la miseria y alcanzar un nivel de vida menos precario (pnud-Chile, 2017). Estas mejoras en las condiciones de vida, sin embargo, han derivado en un aumento de las expectativas de acceso al consumo (Araujo, 2020) a la vez que han instalado el sentimiento de que este modelo implica altas exigencias a las que no todos pueden responder. Es a partir de ello que se evidencian consecuencias negativas del modelo, asociadas a la sensación extendida de que los hogares se enfrentan actualmente a una sofocación económica (Martuccelli, 2020) que se explica por la precariedad del empleo, el aumento del costo de la vida y el incremento sostenido en los niveles de endeudamiento de los hogares.

Una de las variables que pueden explicar esta presión económica es el aumento transversal del endeudamiento de los hogares chilenos. En una sociedad altamente financiarizada como la chilena, gran parte de las actividades de reproducción de nuestras vidas se integran en los sistemas socioeconómicos como flujos financieros de efectivos futuros (Dienst, 2011; Pollard, 2013; González López, 2018). En efecto, en Chile se ha vuelto normal que las personas vivan endeudadas: el acceso al crédito es para muchas familias una extensión del salario (Pérez-Roa y Gómez Contreras, 2019; Marambio-Tapia, 2018); los jóvenes estudiantes se endeudan como medio legítimo de acceso a la educación (Pérez-Roa, 2014; González, 2018); las pensiones de vejez se definen en la volatilidad de los mercados financieros (Andrade, 2020). Según el último reporte de la Encuesta Financiera de Hogares (Banco Central de Chile, 2018) 66% de los hogares declaró tener, al menos, un compromiso financiero vigente durante el 2017. En efecto, Chile es el país más endeudado en América Latina y los montos de deuda son equivalentes a los de países con economías más grandes y desarrolladas. Según datos del Fondo Monetario Internacional (fmi), el endeudamiento de los hogares como proporción del pib llegó a un equivalente de 45% durante el 2018. En este marco, la deuda de consumo es la que tiene mayor prevalencia: 55% de los hogares chilenos declaró tener algún tipo de deuda de consumo durante el 2017 (Banco Central de Chile, 2018).

Entendiendo que las presiones financieras tensionan las relaciones sociales en las parejas, en este artículo buscamos explorar las negociaciones que realizan parejas de adultos jóvenes y profesionales en un contexto de alta presión económica. Buscamos observar las negociaciones económicas de parejas de entre 25 y 40 años en que al menos uno de sus miembros haya accedido a la educación universitaria y esté inserto en el mercado laboral. Nuestro interés es explorar cómo estas presiones económicas provocadas por las deudas se articulan en negociaciones concretas y cómo, en su andar, reinterpretan los aprendizajes financieros y reajustan los proyectos futuros. Para ello, nos proponemos explorar tres negociaciones recurrentes de nuestro trabajo de campo: primero, las herencias o los comportamientos financieros previos de cada miembro de la pareja que son imputados como elementos relevantes a la hora de justificar sus prácticas financieras. Segundo, la resistencia, o las estrategias financieras que las parejas activan para maniobrar en conjunto su precariedad económica. Tercero, las negociaciones o ajustes a los proyectos futuros que las parejas deben realizar dada la extensión temporal de pago de las deudas adquiridas. Para lograr este objetivo, el artículo se estructura a partir de cuatro apartados. En primer lugar, presentaremos la discusión conceptual que guía este trabajo, para en segundo lugar presentar brevemente la metodología y luego, en un tercer momento, los resultados. Finalizaremos con un breve apartado de conclusiones.

Cabe señalar que estas entrevistas fueron realizadas un año antes del estallido social de octubre; por ende, no recogen la denuncia pública por la opresión económica del endeudamiento. Sin embargo, estos relatos nos permiten entender parte del estado previo al estallido social, explorando experiencias de vida que, sin necesariamente ser una crítica del endeudamiento, se construyeron de la mano de instrumentos financieros. Los créditos permitieron a estas parejas acceder a un mercado de bienes de consumo impensado para sus familias de origen, muchos accedieron a la educación universitaria a través de deudas, mientras otros cuentan con los créditos como parte de sus activos para llegar a fin de mes. En definitiva, nos permite explorar el amplio espectro de actividades cotidianas que, para una generación de chilenos, se construyó con base en relaciones de endeudamiento.

De deudas y negociaciones: resituar la vida financiera en las parejas

Muchos de los puntos de intersección más intensos entre las finanzas y los espacios de lo cotidiano giran en torno a la deuda. La deuda se ha convertido en una condición omnipresente que opera a distintas escalas: desde flujos financieros globales envueltos en sofisticados instrumentos de mercado, hasta múltiples mecanismos de acceso al endeudamiento por parte de los hogares (Dienst, 2011). Gran parte de nuestras vidas materiales y subjetivas dependen, en la actualidad, de procesos financieros asociados al endeudamiento (Dienst, 2011; Pollard, 2013; González López, 2018). La forma en que estas dinámicas de deuda rompen los medios cotidianos y monetarizan su futuro no tiene precedente (Antoniades, 2018). Esta financiarización de los hogares a través de los instrumentos de deuda ha sido observada desde las Ciencias Sociales principalmente como un medio para favorecer el acceso a los bienes y recursos sociales mínimos, particularmente para los sectores empobrecidos de la población (Montgomerie y Tepe-Belfrage, 2016; Lewin-Epstein et al., 2016; James, 2019). En esta línea, Seefeldt (2015) da cuenta de cómo las familias acceden al crédito como una estrategia para suavizar el consumo (consumption smoothing) que les permite hacer “malabares”, mantener a los acreedores medianamente satisfechos y sostener un nivel de vida básico. Sin embargo, el uso prolongado de esta estrategia puede implicar que empiecen a acumular nuevas deudas, empeoren su situación financiera y presenten mayores dificultades para responder a sus compromisos financieros. Al respecto, Montgomerie y Tepe-Belfrage (2016) analizaron cómo en el Reino Unido los hogares de bajos ingresos recurren a la deuda para sostener su reproducción material y caracterizan los efectos que esta estrategia tiene en sus relaciones familiares. Su trabajo demuestra cómo las deudas interfieren y perturban las intimidades de la vida, y al hacerlo erosionan su propia reivindicación económica de pago como una obligación prioritaria dentro del hogar.

Ahora bien, gestionar la incertidumbre económica provocada por las deudas y acrecentada por las crisis económicas no se resuelve solo con un cálculo económico racional entre ingresos y egresos, sino que está afectado, en el sentido de lo planteado por Zelizer (2015), por relaciones sociales. Es decir, cuando las parejas deciden movilizar recursos pagar una deuda o dejar de pagar otra, priorizan, jerarquizan y le otorgan un valor a esa decisión, construyendo en esa relación nuevas distinciones sobre sus realidades económicas y sus proyecciones futuras. Entendidas de esta forma, las movilizaciones de recursos construyen patrones de regulación de tiempo, configuran espacios sociales y definen los límites entre individuos y objetos (Müller, 2014). Esto significa que la presión económica que implican las obligaciones financieras no determina las conductas de los sujetos sino, más bien, introduce nuevas pruebas que se deben negociar dentro del hogar. En este sentido, las parejas organizan sus recursos sobre la base de sus propias justificaciones morales, lo que les permite enfrentar la normatividad que imponen las instituciones financieras y gubernamentales, y en algunos casos incluso cuestionar la moral del orden económico imperante (Žitko, 2018).

En Chile, distintas investigaciones han observado cómo muchos hogares usan los instrumentos de deuda como un activo, es decir, como una estrategia que les permite maniobrar las diferencias entre el costo de la vida, los ingresos percibidos y sus cargas financieras (Han, 2011; Marambio-Tapia, 2018; Pérez-Roa y Donoso, 2018; Pérez-Roa y Gómez Contreras, 2019; Pérez-Roa, 2020). Los recursos que se movilizan no son sólo dinero, sino también instrumentos financieros como cheques y tarjetas de crédito, entre otros. Al respecto, un estudio de Ossandón et al. (2017) describe cómo se tejen circuitos de préstamos de tarjetas de crédito entre conocidos. Por su parte Pérez-Roa y Donoso (2018), en su trabajo con parejas jóvenes deudoras, muestran cómo éstas recurren a sus familias para poder afrontar las situaciones de morosidad. De esta manera, el presente artículo asume que la manera en que los individuos movilizan los recursos en un contexto de financiarización involucra múltiples dimensiones de la vida cotidiana que son portadoras de diversos universos de sentido y que están sujetas a la influencia de relaciones sociales, culturales y emocionales (Villarreal, 2008).

Pensar la deuda situada en relaciones de pareja implica asumir que las relaciones de endeudamiento son un dominio en disputa en el que se contruyen, se discuten y negocian posibilidades de entendimiento. Los trabajos de Zelizer entienden que en los espacios de intimidad se establecen transacciones económicas donde las personas

cotidianamente diferencian las relaciones sociales y usan distintos sistemas de pago para crear, definir, afirmar, desafiar o anular dichas distinciones… en una amplia gama de relaciones íntimas, las personas se las ingenian para integrar las transferencias monetarias en redes más vastas de obligaciones recíprocas sin destruir los lazos sociales involucrados. El dinero cohabita regularmente con la intimidad, e incluso la sustenta (Zelizer, 2009: 51).

Dicho de otra manera, las transacciones económicas en las relaciones de intimidad no son neutras ni impersonales (Illouz, 2007; Zelizer, 2011; Belleau, 2017). Sus sentidos están socialmente construidos en función del espacio social en el cual circulan y en función del género y la pertenencia de clase (Salazar, 2014); un espacio social que está a su vez configurado por relaciones de poder en las cuales el género y la clase operan como categorías de diferenciación que se materializan en dinámicas y formas de relación generizadas concretas.

En el caso particular de Chile encontramos una investigación sobre los modelos de gestión del dinero en parejas mineras y no mineras (Silva-Segovia y Lay-Lisboa, 2017) que dan cuenta de la existencia de conflictos y tensiones en la negociación del dinero en relación con la posición de género. En las parejas mineras las autoras observaron un predominio del discurso tradicional, en el cual las mujeres son responsables de la administración de la parte del dinero que le provee el hombre. El dinero entregado es exclusivamente para la manutención del hogar y la mujer no goza de autonomía para administrar dicho dinero, ni tampoco tiene conocimiento sobre los montos y usos que el hombre le da al suyo. Sin embargo, las esposas de los mineros desarrollan estrategias para evitar que sus maridos gasten su dinero en “cosas de mineros”, como otras mujeres, comida y alcohol; para ello extienden su gasto mensual a través de tarjetas de crédito, endeudándose para que su pareja aumente su contribución económica al hogar. En las parejas no mineras, los autores observan que si bien se mantienen posiciones desiguales y androcéntricas de administración del dinero, coexisten con discursos y prácticas que tienden a la igualdad, impulsados principalmente por las mujeres, quienes buscan mayor autonomía en la administración del dinero.

Las múltiples dimensiones que cruzan las negociaciones en pareja muestran cómo los hogares no son “naturalmente” equitativos en la distribución económica, ni es naturalmente esperable que los dineros individuales sirvan para financiar proyectos colectivos. Abrir la caja negra de la economía doméstica, implica complejizar la idea de que “naturalmente” en pareja el dinero no cuenta (Belleau, 2017).

Herramientas metodológicas

El presente artículo se enmarca en la fase cualitativa del proyecto “La odisea de llegar a fin de mes: estrategias de pago de deudas de familias jóvenes de clases medias en Santiago y Concepción”, financiado por el Fondo de Investigación Científica y Tecnológica de Chile, fondecyt, de iniciación Nº11150161 y aprobado por el Comité de Ética de la Universidad Alberto Hurtado el 15 de octubre del 2015, cuyo objetivo es analizar las estrategias que las familias jóvenes de clases medias utilizan para responder a una experiencia de endeudamiento problemático.

En ese marco y a partir de una estrategia metodológica cualitativa, se llevaron a cabo 34 entrevistas semiestructuradas a parejas jóvenes profesionales y trabajadoras de Santiago y Concepción. Los criterios de selección de la muestra fueron: parejas entre 25 y 40 años, donde al menos uno de ellos sea profesional, que vivieran bajo el mismo techo, que declararan compartir gastos, que al menos uno de ellos tuviera deudas de consumo y/o de estudio y declarara sentirse abrumado por ello y, donde al menos uno estuviera trabajando de manera regular. Nos centramos en parejas puesto que nos interesa observar y analizar la dinámica que se establecía entre sus miembros respecto a sus estrategias, priorizaciones y decisiones en torno al dinero y las deudas. En ese sentido, asumimos la existencia de diferencias de género en la gestión del dinero y deudas (Valentine, 1999). La selección de las parejas se hizo a través de tres medios principales: 1) se contactaron individuos a partir de la realización previa de una encuesta online, a quienes se les invitó a dejar su contacto si les interesaba participar en las entrevistas; 2) a través de una invitación lanzada en redes sociales y 3) a través de las propias parejas entrevistadas, quienes nos referenciaron a parejas conocidas. Las entrevistas se realizaron a ambos miembros de la pareja de manera simultánea, en tanto permite observar las interacciones conyugales, destacar la construcción común de la pareja y del discurso que tienen como pareja. Sin embargo, presentan el riesgo de provocar o de presentar conflictos entre los cónyuges (Belleau y Henchoz, 2008). Estos riesgos fueron explicados a los participantes en el consentimiento ético que cada uno de ellos firmó antes de comenzar las entrevistas.

Para los fines de este trabajo, nos centraremos en las negociaciones que las parejas realizaban para gestionar sus deudas y maniobrar sus ingresos. La idea es poder analizar las justificaciones que cada pareja moviliza para definir estas negociaciones. Para ello, nos centraremos en tres dimensiones: la herencia, entendida como el aprendizaje familiar que cada miembro de la pareja dice “portar” sobre su relación con el dinero y las deudas; las estrategias financieras de “resistencia” que las parejas participantes asumen para poder sostener los ajustes económicos en un contexto de endeudamiento y los “ajustes” y que las parejas asumen, dada la proyección temporal indeterminada que para algunas parejas implica pensar el pago total de las deudas que acarrean. Estas dimensiones, lejos de ser únicas, buscan dar cuenta de cómo la gestión de las deudas se negocia en las parejas y en ese proceso convergen experiencias pasadas y concurrentes, así como sus consecuencias y objetivos proyectados a futuro.

Cabe precisar que, en virtud del consentimiento informado que cada uno de los participantes suscribió en el momento de la entrevista, y de los cánones éticos a los cuales esta investigación se adhiere, los nombres de
los participantes fueron cambiados por nombres de fantasía.

Congeniar: las herencias

Agustina (29 años, dentista) y Darío (32 años, técnico) son pareja hace más de doce años y viven juntos hace tres años en Concepción, una ciudad al sur de Chile. Ambos acarrean deudas personales desde el principio de su vida en pareja. Las deudas de Agustina, que superan los 20 millones de pesos (25 mil $ usd aproximadamente), son en su mayoría educativas y las adquirió para pagar su carrera de odontología, mientras que las de Darío son deudas de consumo asociadas a lo que él denomina ser un “exagerado económicamente”. Según cuenta, él viene de una familia que tuvo muchas restricciones económicas y que, desde que las cosas están mejor, siempre ha disfrutado del presente en abundancia: “si vamos a hacer un asado para tres, hay que comprar para veinte, ésa es la regla”. Él nunca se ha restringido, si algo le gusta se lo compra: “para eso trabajo”, dice. Sin embargo, Agustina dice ser “todo lo contrario”. Ella se encarga de pagar las cuentas y de buscar las formas de ahorrar. A pesar no tener un sueldo fijo, siempre ha sido muy ordenada con el dinero, para soportar los periodos en que sus ingresos son menores y resguardar su tan valorada independencia económica:

Mis abuelos siempre le inculcaron a ella [su madre] que tenía que ser independiente, siempre, o sea era una cuestión de que ella tenía que estudiar; tiene dos hermanas; mi mamá siempre ha trabajado toda su vida, estudió qué sé yo, y mi tía nunca le ha trabajado un peso a nadie, siempre pidiéndole plata a mi abuelo hasta que falleció, lo dejó calzado hasta con unas chaquetas que le había comprado un par de meses antes, siempre acostumbrada a pedir, entonces mi mamá siempre me decía: “yo no quiero que seas como tu tía, o sea, tú tienes que valerte por ti misma, tú tienes que buscar tu pega, tienes que estudiar lo que a ti te gusta, ser independiente, nunca depender de un hombre ¿Y si el hombre te deja? ¿Tú qué vas a hacer? O si yo no estoy, y tu papá y tus hermanos no te pueden mantener, ¿qué vas a hacer tú?” Entonces siempre muy arraigado que nosotros teníamos que ser independientes, siempre (Agustina, 29 años, dentista).

Ser independiente económicamente es un mandato moral que Agustina intenta honrar. Para ello, decidió estudiar una carrera como odontología que, según ella, le permitía asegurar un mejor pasar económico. Además ajusta sus gastos en función de sus ingresos, asume la tarea de gestionar los gastos familiares y evita pedirle dinero a Darío. Proteger su independencia económica es una manera de demostrar que es capaz de “arreglárselas sola” y que es una mujer autónoma que no necesita, al menos económicamente, de un otro. La autonomía económica en este sentido es un mandato moral con consecuencias prácticas muy concretas: decisiones de estudio, de trabajo y los modelos de gestión del dinero se estructuran a partir de este mandato.

El mandato intergeneracional de proteger la independencia económica de las mujeres se escuchó con fuerza en muchos relatos. Mientras para algunas mujeres como Agustina (29 años, dentista) el mandato era explícito, para otras como Valentina (31 años, biotecnóloga) y Beatriz (32 años, psicóloga) el mensaje fue recibido por oposición: ellas no querían seguir el modelo de su madre:

al menos en mi caso la historia de mi familia, como que uno no quiere hacer la misma cosa que en la familia. En mi casa mi papá le entrega todo el sueldo a mi mamá, ella lo administra y mi papá no tiene idea de su plata, se le pierde la plata incluso cuando tiene plata entonces es como que eso para mi… no, yo no podría administrarle la plata a Claudio (Valentina, 31 años, biotecnologa).

Beatriz, por su parte dice sentirse tranquila pagando 50% de todos los gastos de la casa a pesar de que su salario sea inferior al de su pareja Rodolfo (35 años, psicólogo):

yo crecí en una familia donde mi mamá era la dueña de casa, entonces siempre nos inculcó que tenía que trabajar, que tenía que tener mis propias cosas, no ser una mantenida… a mí me caló profundo; entonces cualquier cosa que implicase que me pagaran algo que es mío, no… si es mitad y mitad.

La educación económica que las parejas sienten arrastrar desde sus familias de origen hacia sus relaciones de pareja afectan también su relación con las deudas. Aquellos que provienen de familias con experiencias problemáticas con las deudas prefieren mantenerse lo más alejados posible de ellas. Al menos así lo entiende Macarena (40 años, administradora pública), que vive desde hace diez años con Fabián (40 años, psicólogo) y que carga con la experiencia familiar de haber estado a punto de perder el hogar familiar por los problemas de deudas impagas de su padre. Para ella, esta “dura historia de endeudamiento” le hizo cambiar su relación con el dinero y las deudas. Macarena dice ser “austera” y evita endeudarse. Sin embargo, Fabián es totalmente distinto; él se reconoce como una persona gastadora, pero que mantiene las cosas “bajo control”:

él es bastante gastador, yo debo decir que igual he aprendido eso, pero uno también tiene costumbres. En mi familia somos súper austeros, aunque hubiese recursos, la cosa era súper austera porque uno no sabía qué podía pasar. Fabián no, es más de invertir, de gastar, tampoco tanto… o sea, es una persona solvente pero sí tiene más… cuál es la palabra, se endeuda más que yo, definitivamente. Si quiere comprarse algo y no tiene las lucas,2 se lo compra, se ordena, se planifica y lo paga igual (Macarena, 40 años, administradora pública).

Desde la línea de los estudios de la psicología económica (Denegri et al., 2012) las personas con mayor predisposición a endeudarse son las que confían en su futuro económico y en sus capacidades de generar recursos. En este sentido, la inestabilidad económica de Macarena podría explicar su temor a las deudas. Sin embargo, para ella la experiencia familiar “traumática” es la que, a su juicio, explicaría su reticencia a adquirir deudas.

Ahora bien, las relaciones con las deudas “heredadas” presentan distintos tipos de gradualidades valorativas. Mientras para Macarena (40 años, administradora pública) las deudas son algo que prefiere “evitar”, para Catalina (31 años, socióloga) las deudas son una “cuestión drástica”. En el momento de nuestra entrevista Catalina había recientemente comenzado a vivir con Soledad (33 años, psicóloga). Catalina tenía solo dos deudas: la del Fondo Solidario con las que costeó sus estudios de sociología y otra con un banco, que solicitó para iniciar un pequeño emprendimiento. Sin embargo, producto de su inestabilidad laboral, ha tenido muchas dificultades para pagar esa deuda:

yo también soy restringida con las platas, no sólo por el término de las platas y del ahorro, porque para mí fue súper penca quedar endeudada, en mi familia es una cuestión drástica… siempre me inculcaron mucho lo de que no endeudarse, no pedir plata prestada, como que ser ordenada con esas cosas, entonces era como una cuestión que me molestó psicológicamente, un poco financieramente, fue un cacho [problema] por caleta [mucho] tiempo y un dolor de colon. Que no le había contado a mis papás, no sabían que yo estaba endeudada, que estar endeudada en mi familia es terrible, fue tema la cuestión. Lo tuve escondido harto rato, el momento en que dije, “sí, bueno, yo tengo una deuda…”, mi papá al tiro saltó: “cómo deuda, de qué, de cuánto, si yo siempre te he pagado todo” (Catalina, sociologa, 31 años, Concepción).

Para Catalina las deudas representan una carga piscológica y una “traición” familiar. A pesar de que el monto que ella adeuda es uno de los más bajos de nuestra muestra, para ella la carga moral que representa es difícil de sostener. Ella aprendió de su familia que “se vive con lo que se tiene”; pedir un crédito rompe con la regla familiar. En este sentido, para ella las deudas representan una irresponsabilidad, en tanto comprometen dineros de los que no se dispone. Su pareja, Soledad, tiene una percepción totalmente opuesta. Para ella las deudas han sido parte de su vida. Su familia siempre ha estado muy endeudada y ella desde temprana edad ha ido adquiriendo deudas para resolver rápidamente distintos tipos de necesidades, según relata:

El auto, que era una deuda como pagable, como ciento cincuenta mil pesos, pero ya la había pagado y después eran leseras; el año pasado pensé que me iban a despedir pero no me despidieron entonces me fui a La Serena, me apareció un crédito preaprobado, apreté un botón y me transfirieron la plata, y en gastos ridículos, gastos así, salir a comer como bien rajada igual, como muy consumista como para mí y para el resto también, como una dinámica como bien parecida a cuando yo era chica con mi mamá, que en el fondo adquirí lo que queremos para mí y para el resto sin un poco mirar el precio de las cosas. Si yo quiero eso, ¿por qué no tenerlo? O sea, si a ella le hace falta eso, ¿por qué no dárselo?¿ Por qué no pagárselo? No sé por qué no rajarse con algo… (Soledad, 33 años, psicóloga, Concepción).

La simpleza con la que presenta el crédito en la vida cotidiana y lo natural que es su uso dentro de su vida familiar, hacen que para Soledad la deuda sea algo “arreglable” con lo que uno se “acostumbra” a vivir. Para ella los créditos y las deudas son parte de los artefactos ordinarios de los cuales se dispone; es decir, forman parte de los conocimientos prácticos y experiencias de contacto cotidianas con los que Soledad y su familia cuentan. Catalina y Soledad llevaban sólo un par de meses viviendo juntas, a pesar de que ambas saben que sus diferencias económicas serán algo que tendrán que aprender a congeniar, en el momento de la entrevista manifestaban su sorpresa de escuchar sus diferencias y las maneras opuestas en que ellas y sus familias se vinculaban con el dinero y las deudas. Confían en que estas diferencias no entorpezcan sus proyectos de pareja.

Tanto para Agustina y Darío, Soledad y Catalina, Macarena y Fabián como para la mayoría de las parejas entrevistadas, evocar su relación con el dinero y las deudas implica una referencia casi obligada a sus familias. La deuda sería “hereditaria” en el sentido de que se explica como una continuidad de un comportamiento erróneo de los padres, resultado de una falta de educación ligada a un tema tabú, o a un imperativo moral que le exige, particularmente a las mujeres, lograr independencia económica en sus relaciones de pareja.

Resistir a la precariedad económica

En todas las parejas entrevistadas, al menos uno de los miembros estaba trabajando en el momento de hacer la entrevista. La mayoría de ellos trabajaba en rubros asociados a sus profesiones y había logrado una independencia económica que permite construir una vida de pareja. En Concepción, la mitad de las parejas vivían solas y sin hijos, mientras que en Santiago, la mitad de las parejas tenían al menos un hijo. En relación con los ingresos, la mediana per cápita del hogar de las parejas de Concepción está en torno a los 690 mil pesos chilenos (800$ usd aproximadamente), mientras que la mediana del ingreso per cápita del hogar en Santiago es menor, pues llega a cerca de 520 mil pesos chilenos (680$ usd aproximadamente). A pesar de que los ingresos de las parejas superan la media nacional, todas acarreaban deudas, principalmente educativas y de consumo. En el gran Concepción, las parejas entrevistadas tenían en promedio 3.4 deudas en total; en cambio, en Santiago los hogares presentan un promedio de 3.8 deudas. Si bien el peso de las deudas de estudios en las finanzas familiares difiere en función de los ingresos fijos, el pago de la deuda se extiende en su mayoría a un plazo de 20 años, y sus valores definidos en uf pueden, en algunos casos, duplicar el total de la deuda asumida. Algunas parejas enfrentaban elevadas cargas mensuales por concepto de pago de deudas de créditos de consumo, lo que les dificultaba responder a tiempo con los pagos. En este sentido, la adquisición de nuevas deudas es para muchas parejas una estrategia que asumen para resistir la precariedad económica. En este apartado revisaremos particularmente dos tipos de estrategias: los préstamos de dinero o de instrumentos financieros entre la pareja y las estrategias que buscan “inflar” las tarjetas de crédito para mejorar el historial de crédito.

Rodolfo (35 años, psicólogo) y Beatriz (32 años, psicóloga) viven juntos hace tres años en Concepción. Se conocieron en la Universidad y han desarrollado un proyecto laboral en conjunto. Armaron una clínica de atención psicológica en Concepción a la que le dedican horario extra a su jornada laboral. Si bien ambos esperan en un futuro poder dedicarle tiempo completo, en el momento de nuestra entrevista ambos trabajaban jornada completa en centros de salud pública de la región y le dedicaban algunas tardes de la semana a ese proyecto. A pesar de que ambos ejercen la misma profesión y que estudiaron en la misma universidad, sus trayectorias laborales han sido distintas. La de Rodolfo ha estado marcada por la estabilidad: desde que egresó de la universidad trabaja en el mismo lugar y gana en promedio un 20% más que Beatriz, cuya trayectoria ha sido más intermitente: ha transitado por distintos programas con diferentes condiciones laborales, y por reiterados periodos sin trabajo. Para sostenerse económicamente en esos lapsos, Beatriz le pidió a Rodolfo en una oportunidad que le prestara dinero, y en otra, que le pidiera un préstamo bancario a su nombre. Las deudas que ella acarreaba le impedían pedir un crédito y necesitaba el dinero para pagar sus gastos básicos, las cuotas de sus créditos anteriores y diversos exámenes médicos que en esa fecha tuvo que realizarse. Beatriz tiene calculado el valor total de su deuda y los intereses que ha generado, y mes a mes le deposita el monto de su deuda y la mitad de los gastos de la casa, lo que incluye el dividendo del departamento donde viven pero que está a nombre de Rodolfo:

Me depositan y ya no tengo plata en la cuenta, estoy pagando todo, tengo varias deudas; bueno, lo que siempre priorizo es la plata mensual que se la transfiero a Rodolfo… le paso la mitad de los gastos de nosotros, que son 200, y le paso otros 180 por una plata asociada al crédito y por una plata prestada (Beatriz, 32 años, psicóloga).

A pesar de que el costo de pagarle a Rodolfo deja a Beatriz sin dinero para poder sostener los gastos básicos, que debe usar la línea de crédito para llegar a fin de mes o usar los ingresos intermitentes que recibe por la consulta privada, Beatriz lo prefiere así. Según explica, se siente

más tranquila, porque crecí en una familia donde mi mamá era la dueña de casa, entonces mi mamá siempre nos inculcó de que tenías que trabajar, de tener tus propias cosas, de no ser una mantenida, ¿“cachai”?,3 entonces a mí eso me caló profundo, cualquier cosa que implicase que me pagaran algo que es mío, entonces mitad y mitad (Beatriz, 32 años, psicóloga).

Los soportes económicos que Rodolfo pueda entregarle a Beatriz están permitidos sólo en la medida en que en la modalidad de traspaso estén también definidas las formas de retribución del dinero prestado. En esta negociación descansa la “justicia” del acuerdo de apoyo. A pesar de que en el proceso Beatriz se va empobreciendo. Este acuerdo de traspasos de dinero dentro de la pareja, atados a una modalidad de pago definida, eran muy comunes en las parejas entrevistadas, particularmente en las que presentaban diferencias salariales importantes. Catalina (36 años, trabajadora social) y Bastián (37 años, ingeniero); Laura (24 años, musicóloga) y Danae (30 años, diseñadora); Pedro (31 años, junior) y Loreto (29 años, abogada) y Maite (38 años, profesora de educación física) y Sebastián (29 años, profesor de educación fisica) se dividen los gastos mitad-mitad, y se apoyan económicamente a través de “préstamos” internos que eran sagradamente pagados por el deudor, independientemente de sus diferencias de ingreso.

En estas formas de circulación del dinero en el interior de la pareja se utilizan también otros instrumentos financieros de que se dispone. Las tarjetas de crédito de uso compartido eran una práctica muy común en las parejas entrevistadas y buscaba favorecer el acceso a los bienes de consumo del miembro “no financiarizado”, o resolver colectivamente los requerimientos económicos y poder llegar a fin de mes. Esta modalidad de acceso al consumo era una práctica recurrente en las parejas de menores ingresos o aquéllas cuyos ingresos fluctuaban mes a mes. Si bien la modalidad era relativamente la misma (tener una tarjeta común que la utilizaba quien tenía que hacer una compra en específico), las modalidades de rembolso eran distintas. Mientras Gabriela (30 años, trabajadora social) y Germán (28, carabinero) se endeudaban con los instrumentos financieros de Germán y pagaban las deudas con los ingresos comunes, independientemente de quién o para qué haya realizado el gasto, Francisco (33 años, tecnólogo médico) y Constanza (32 años, administradora de empresas) usan la tarjeta de crédito de Francisco, quien se encarga mes a mes de supervisarla y ver el tema del pago: “nosotros hacemos compras por separado, sabemos qué hicimos cada uno de compras, entonces después nos dividimos los montos y cada uno paga lo que corresponde” (Francisco, 32 años, tecnológo médico).

El uso compartido de las tarjetas de crédito de uno de los miembros de la pareja era una estrategia que no sólo se ocupaba para poder “llegar a fin de mes”, sino que también para algunas parejas era una manera de
“inflar las tarjetas” de alguno de ellos para poder mejorar el historial
de crédito. Para Agustina (29 años, dentista) y Darío (32 años, técnico) inflar las tarjetas de Agustina fue una estrategia para favorecer el acceso a un crédito hipotecario:

Como Agustina no tenía un sueldo fijo ni nada, y no tenía cómo declarar renta, empecé a inflar las tarjetas, a modo de generar un historial bancario; entonces todas las compras las hacíamos con las tarjetas para que hubiera movimiento en su cuenta y ella comenzara a generar un historial, y así lo hemos hecho hasta el día de hoy. Es que la idea es que va más enfocado hacia adelante también, o sea que con la inflada de las tarjetas, que tenga un historial bancario estable, que realmente partió con poco cupo y ascendió rápidamente porque hicimos también otro plan estratégico donde pedíamos a tantos meses, pero pagábamos la deuda del total mucho antes, entonces se fue ganando de a poco (Darío, 32 años, técnico).

En alguna parejas uno de cuyos miembros estaba dentro del registro nacional de deudores (dicom), inflar la tarjeta de crédito del otro era una estrategia para acceder al crédito “a través de otro”, suavizar el consumo (Seefeldt, 2015), mejorar el historial de crédito y proyectar un crédito hipotecario. David (50 años, ingeniero industrial) y Leticia (35 años, prevencionista) llevan juntos once años, se casaron hace tres y tienen dos niños. David arrastra una deuda educativa desde los años ochenta y hace diez años decidió dejar de pagar. Según cuenta, tomó la decisión cuando su hijo mayor, de otra relación, entró a estudiar a la universidad. Para que él no tuviera que endeudarse asumió distintas deudas con casas comerciales y bancos transformado en “socio honorario de dicom”:

Yo soy un paria de esta sociedad, no voy a ser sujeto de crédito nunca más en mi vida, porque llegó un momento en que me vi tan endeudado por el tema que te explicaba, por pagarle la universidad a mi hijo, después que me separé. No tengo crédito en ninguna parte. Ahora, desde hace unos diez años, ella tomó todos los créditos. Yo en un momento dejé de pagar todo lo que debía y no pagué y no pagué, no más (David, 50 años, ingeniero industrial).

Si bien acceder al crédito a través de Leticia les ha permitido a ambos poder responder a las necesidades económicas y de cuidado, en el momento de nuestra entrevista Leticia había adquirido a su nombre más de ocho deudas con distintos oferentes (bancos, casas comerciales, cajas de compensación, automotora, etc.). Ellos “bicicletan” todos los meses y esperan en un futuro próximo poder saldar todas las deudas que van dejando o que no pueden pagar a tiempo. La opción de “bicicletar” para poder llegar a fin de mes e inflar las tarjetas de crédito de Leticia la tomaron como una estrategia en dos sentidos: primero, como una manera de garantizar el acceso a una educación y salud privada para sus hijos y mantener, así, su calidad de vida; segundo, como una manera de acceder, a mediano plazo, a un crédito hipotecario: “de aquí a dos años más, si logramos esa estabilidad, ahí nos compraríamos una casa, un departamento. Y ahí tendríamos que entrar a madurar la estrategia para que yo no aparezca con todas mis deudas” (David, 50 años, ingeniero). La estrategia que ellos pretenden realizar para comprarse un departamento es separarse, de manera que los bienes de Leticia no estén vinculados con las deudas de David. Con ello, dicen, podrán lograr sortear las deudas de David y consolidar sus proyectos familiares.

Los préstamos entre la pareja, los usos colectivos de los instrumentos financieros o el “inflar las tarjetas de crédito” de uno de los miembros de la pareja es una forma de resistencia cotidiana que las parejas desarrollan para soportar las precariedades económicas. Estas resistencias de “baja intensidad” o “por abajo” (Scott, 1985, en Rojas y Pérez-Roa, 2019), menos organizadas y fuertemente nutridas por las emociones, buscan desafiar los embates de la economía domestica; son “rituales de rebelión” (Gluckman, 1993 en Rojas y Pérez-Roa, 2019) que, a pesar de estar cargados por la fuerte presión económica, les devuelven a las parejas la sensación de que hay, al menos, un margen de maniobra en el cual pueden decidir cómo afrontar el endeudamiento.

Ajustar los proyectos futuros

Cada deuda que las parejas han adquirido va amarrada a una temporalidad de pago. Algunas se proyectan más a largo plazo, como las deudas educativas e hipotecarias, otras tienen un plazo de pago a mediano o corto plazo, como las deudas de consumo. Proyectar el pago de las deudas orienta las prácticas económicas de las parejas hacia nuevos rumbos y modifica en su andar las representaciones que las parejas realizan de estos nuevos rumbos (Pérez-Roa y Gómez, 2019). En este sentido, pensar que “algún día” terminarán de pagar las deudas es, para ellas, una posibilidad de proyectar nuevos futuros posibles.

Para algunas parejas, esos futuros se construyen a partir de plazos acotados, que marcan etapas temporalmente definidas por las cuotas que les quedan para reducir su carga financiera y alivianar sus finanzas. Al menos así lo entiende Gloria (35 años, ingeniera) y Rubén (30 años, técnico), quienes viven juntos en una casa propia en una comuna periférica de Santiago. Llevan casados seis años. Ambos trabajan de lunes a domingo. De lunes a viernes, Gloria trabaja en una empresa de importación y él trabaja en el ejército como administrativo. Los fines de semanas ambos han asumido nuevos trabajos para incrementar sus salarios. El fin de semana Gloria trabaja en una empresa de servicios y Rubén reparte diarios. Su situación financiera es bastante crítica: tienen deuda de estudios, con casas comerciales, deudas bancarias, un crédito hipotecario, deudas municipales y con miembros de sus familias. Según cuentan, su situación empeoró cuando fueron estafados por una empresa piramidal y esa pérdida se les conjugó con los costos de la compra de su casa y con los créditos que tuvieron que solicitar para arreglarla. Sus deudas superan ampliamente sus ingresos: “cada vez que me pagan entro en depresión… se nos va toda la plata en pocos minutos. Todos los meses termino llorando en mi puesto de trabajo mientras voy pagando” (Gloria, 35 años, ingeniera). Dicen que sus expectativas futuras dependen de sus posibilidades de ir reduciendo sus deudas:

Sí, el mes pasado no me alcanzó ni si quiera como pa’ir al supermercado, entonces… eh… nos proyectamos al 2019, porque al final, si lo hacemos antes y no funciona… Hay deudas que las termino el 2019, y la idea es ir pagando como las más chicas, por ejemplo el tema de la basura, salimos ahora a fin de año y serían 36 lucas [51$usd aproximadamente] que quedarían como disponibles, y tratar de ir pagando lo que más se puede, no más. No me puedo proyectar de acá a fin de año, sino que de acá al 2019. Igual que tampoco puedo decir que quizás a este otro año en mi pega me cambien de puesto de trabajo y gane más lucas. Si fuera eso quizás podría dejar de trabajar el fin de semana, entonces todo va dependiendo de las cosas que vamos logrando mientras avance el tiempo (Gloria, 35 años, ingeniera).

La posibilidad de proyectarse fuera de esta sensación de “endeudamiento perpetuo” (Han, 2011) depende para Rubén y Gloria de los tiempos de pago definidos por cada uno de los préstamos que han adquirido y de “los pagos que vayan logrando”. En este sentido, la decisión de extender sus jornadas laborales es una manera de asumir los costos de sus deudas y sobreexigir su capacidad de trabajo para que las metas de pago se vayan alcanzando. Ampliar los horarios de trabajo es una estrategia particularmente usada por parejas que provienen de familias de menores recursos. Alejandro (28 años, técnico de nivel superior en construcción) y Florencia (27 años, técnica de nivel superior en construcción), por su parte, venden paltas (aguacates) en sus tiempos libres, a la vez que Alejandro trabaja como chofer de Uber en el tiempo que le queda. Carolina (30 años) es profesora de literatura; luego de su jornada laboral da clases en preuniversitarios, colegios nocturnos o particulares. Jorge (39 años, técnico) trabaja los fines de semana de cajero en el metro, y Nidia (33 años, trabajadora social) de cajera en un supermercado.

Ahora bien, las parejas que logran idear proyectos futuros más a largo plazo lo hacen ajustando sus deseos a los límites que les impone la deuda y renunciar a las ideas que se habían construído de “cómo deberían ser las cosas”. Carolina (30 años, profesora) y Diego (33 años, antropólogo) viven juntos desde hace dos años en un pequeño departamento de una comuna pericéntrica de Santiago. Carolina tiene una deuda de estudios con el Estado y con la universidad donde en la actualidad hace un magister. A pesar de que sólo por concepto de créditos paga 30% de su sueldo, paga religiosamente sus deudas todos los meses. Diego, por su parte, no ha podido titularse por la deuda que acarrea en su universidad. El no acceder al título le ha dificultado conseguir trabajos formales en su profesión. Hoy arrastra una deuda de más de 11.000 millones de pesos (22.000 usd aproximadamente), que no paga desde hace más de tres años. Su inestabilidad laboral lo llevó a un estado depresivo. En 2016, luego de muchos intentos fallidos por encontrar un trabajo estable, Carolina le pidió a Diego que se desentendiera de la búsqueda de trabajo y que tratara su depresión. Durante ese año Carolina asumió gran parte de los gastos de la casa y se encargó de la administración: “mi sueldo es el que sustenta la casa porque el de él va y viene… lo que gana él lo ocupamos para comprar cosas específicas pero no contamos con esa plata de manera regular”. Dicen vivir siempre con lo justo; las deudas universitarias que acarrean les impiden asumir otros proyectos económicos: “sufrimos con las deudas, porque los ingresos son de los dos, tenemos una vida compartida, y no nos alcanza”, dice Carolina. Poco antes de la entrevista, Carolina y Diego se habían comprometido. A pesar de que ambos querían casarse prontamente, no lograban definir cuándo ni cómo lo harían. Las deudas les han limitado la posibilidad de dar forma a su proyecto y les han exigido, particularmente a Carolina, renunciar a la idea que ella tenía sobre cómo debería ser su matrimonio:

Yo siempre soñé con tener un matrimonio así tipo de sueño de hadas, y yo dije “pucha, es muy posible que tenga que renunciar a eso, porque yo me quiero casar con él, pero cuánto nos vamos a demorar en juntar la plata para casarnos”. Ahora en el banco tengo, no sé, 600 lucas [860 usd], que es lo que cobré de mi indemnización de la pega de la que me echaron injustamente, y entre medio entre los dos hacemos 25 millones de pesos en deudas, puede ser, sin haber salido nunca de vacaciones, sin haber salido del país, sin tener plata pa’ nuestro matrimonio, es terrible. Es terrible, súper triste, y sobre todo considerando la manera en que vivimos, de una manera súper honesta, los dos trabajadores, esforzados, y es súper difícil realizarse como persona con un pie encima que es la deuda universitaria (Carolina, 30 años, profesora).

Al igual que Carolina y Diego, Fernando (31 años, piscólogo) y Valeria (23 años, profesora) también tuvieron que postergar su proyecto de matrimonio por no contar con los recursos suficientes. Si bien confían en que pronto podrán casarse, lo que las deudas no les han permitido resolver es el tema de los hijos. A pesar de que Valeria quiere tener hijos, Fernando no está dispuesto a soportar el costo económico que implicaría tenerlos en este contexto: “si tienes un hijo te casas con el sistema, porque tienes que darle la educación, tienes que darle la salud y tienes que trabajar como chino para que tu siguiente generación prospere dentro de este sistema, en lo económico… yo no tengo ninguna manera de hacer eso” (Fernando, 31 años, psicólogo). Si bien Fernando reconoce que su postura frente a la paternidad se inscribe en su experiencia de deudor, enfrentarlo de otra forma se le hace, en ese contexto, imposible.

Los ajustes de los proyectos futuros no sólo están relacionados con los hijos y el matrimonio, sino también con la posibilidad de retomar los proyectos de estudio truncados. En el caso de Valeria (26 años, técnica) y Camilo (28 años, funcionario de la armada), las deudas y las exigencias económicas les han obligado a postergar los estudios de enfermería de Valeria. En el caso de Gabriela (30 años, trabajadora social) y Germán (28, carabinero) la llegada de su hijo, las nuevas exigencias económicas y las deudas contraídas implicaron que Germán dejara de estudiar. Si bien, Valeria proyecta en un futuro cercano retomar sus estudios, para Germán ya no es una prioridad. Prefiere seguir una carrera en los carabineros de forma de mejorar sus ingresos. A su juicio eso es, a corto plazo, lo más eficiente.

En un contexto como el chileno, donde la mayoría de los proyectos personales implican una suma importante de dinero, los hijos, el matrimonio, la casa propia o retomar los estudios resultan difíciles de sostener económicamente, en especial en el caso de nuestras parejas entrevistadas. Si bien algunas realizan ajustes y transforman sus expectativas a sus realidades de deudores, otras simplemente las dejan pasar, privilegiando proyectos que les permitan a corto plazo aumentar sus ingresos e ir transformando su plan de pago en una realidad menos agobiante. Esta captura de los futuros posibles que induce la deuda, particularmente lo que se proyecta a largo plazo, es uno de los elementos que más oprimen a las parejas deudoras. Restringir el futuro no sólo implica limitar sus posibilidades y proyectos, sino que también genera un estado de resignación y provoca que las personas se sientan responsables de sus destinos, y genera al mismo tiempo un ánimo de pasividad que hace que sientan que no pueden hacer nada frente a sus destinos.

Conclusiones

En este artículo se exploran tres negociaciones que realizan las parejas de adultos jóvenes de Santiago y Concepción en un contexto de alta presión económica generada por las deudas. Primero, analizamos los comportamientos financieros previos, que son heredados de sus familias de origen y que marcan tanto su relación con el dinero como con las deudas. Segundo, vimos la resistencia o las estrategias financieras que las parejas activan para maniobrar en conjunto su precariedad económica, que se observan tan-
to en la circulación de dinero dentro de la pareja como en los usos que dan a los instrumentos financieros. Tercero, se señalaron las negociaciones o ajustes a los proyectos futuros que realizan; dichos ajustes están fuertemente vinculados a la temporalidad de pago que les imponen las deudas asumidas.

Uno de los aspectos que destacan es el mandato moral que para las mujeres entrevistadas tiene la autonomía económica y cómo es estructurante de sus prácticas financieras. Este valor heredado, ya sea por diferenciarse de sus figuras maternas o por responder a un mandato explícito de las madres, impregna fuertemente la relación de las mujeres con el dinero, las deudas y la necesidad de mantenerlos como ámbitos separados de sus relaciones de parejas. Esto a pesar de diferencias salariales que existan en ellas. En este sentido, la autonomía económica parece privilegiarse por sobre la equidad en la distribución de los gastos.

Otro elemento relevante se refiere a los usos estratégicos que las parejas hacen de sus finanzas en un contexto de precariedad económica. Asumen un “marco de calculabilidad”, en el sentido de Villarreal (2014), que interpone objetivos comunes por sobre las presiones financieras y los costos que estas decisiones puedan implicar. En tal sentido, las estrategias de pago de deudas pueden ser una práctica de cuidado (Han, 2011), que les permite proteger económicamente a los suyos y proyectar un futuro común. Resistir a la presión de las deudas en pareja usando estrategias financieras, como inflar las tarjetas de crédito de uno de los miembros, es una manera de utilizar el pequeño margen de maniobra que el sistema financiero les deja para sostener económica y afectivamente sus proyectos.

En relación con las negociaciones que las parejas realizan de sus proyectos futuros, nuestros resultados nos permiten sostener que éstos se construyen a partir de la temporalidad de pago definida por los compromisos financieros adquiridos. Esa sujeción de los comportamientos futuros a través de los instrumentos de deuda ha sido uno de los elementos más analizados por la línea de los estudios de la gubernamentalidad (Lazzarato, 2011). En este sentido, nuestro trabajo da cuenta de cómo la posibilidad de proyectarse a futuro en pareja está fuertemente determinada por los montos de pago. En los discursos de las parejas sobre sus futuros posibles es donde aparecen con más fuerza la desesperanza y la resignación: proyectos de matrimonio, hijos y vivienda se suspenden indefinidamente,
producto de obligaciones crediticias que se proyectan a largo plazo o por los altos montos adeudados. Ahora bien, la temporalidad de pago requiere que las parejas ajusten sus estrategias para aliviar los montos mensuales y así maniobrar de mejor manera las deudas. Esto implica que algunas extiendan sus jornadas laborales para aumentar sus ingresos y renuncien, por ende, al tiempo libre y al destinado a la pareja.

Entre todos los participantes de este estudio, al menos uno de los miembros de cada pareja es profesional, tiene un trabajo cuya remuneración supera la mediana nacional y, sin embargo, cargan con deudas que, de alguna forma u otra, les recuerdan que son profesionales que, por mucho que se esfuercen, no están donde “debieran” estar. En este sentido, creemos que sería interesante analizar con mayor profundidad los cruces entre desigualdad y endeudamiento problemático, sobre todo en una sociedad que desde octubre de 2019 no deja de reiterar públicamente su demanda de mayor dignidad.

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Lorena Pérez-Roa es profesora asistente de Trabajo Social en la Universidad de Chile e investigadora asociada de la Iniciativa del Milenio de Chile sobre Autoridad y Asimetrías de Poder. Es doctora en Ciencias Humanas por la Universidad de Montreal, magíster en Antropología por la Universidad de Chile y licenciada en Trabajo Social de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Su investigación se centra en las relaciones socioeconómicas, las prácticas financieras de los hogares y la financiarización de la vida cotidiana.

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