En los márgenes de la sociedad del trabajo. Resistencia al empleo y asimiento del futuro de individuos contrarios al trabajo

Recepción: 14 de abril de 2020

Aceptación: 5 de noviembre de 2020

Resumen

Este artículo documenta otro modo de pensar y arrostrar la incertidumbre y la gestión del futuro desde unas formas de relación con el trabajo situadas “al margen” de la sociedad del trabajo. Es una investigación empíricamente construida a base de entrevistas semiestructuradas a profesionales que se resisten al trabajo y que muestran que para esta categoría de individuos la incertidumbre implica asumir nuestra común vulnerabilidad sin mucho preocuparse por lo que pueda advenir mañana, y conlleva una forma activa y autónoma de apropiación de su vida y de revaloración de formas de construir solidaridades desde la gratuidad. En suma, se trata de una forma de construir materialmente la vida y el futuro en ruptura con la sociedad de trabajo-consumo.

Palabras claves: , , , , ,

On the Sidelines of a Labor Society. Resistance to Employment and Seizing the Future of Individuals Against Salaried Work

This article documents another way of thinking and facing uncertainty and managing the future from a way to relate to work that is on the “sidelines” of a work society. An empirically built investigation, based on semi-structured interviews to professionals that resist working shows that, for this category of individuals, uncertainty implies assuming our common vulnerability without worrying much for what the future holds, leading to an active and autonomous appropriation of their lives and reassessing ways to build solidarity from gratuity. In sum, it is a way to materially build a life and the future while breaking away from a society of work and consumption.

Keywords: labor society, work dogma, resistance to work, appropriation of oneself, uncertainty, seizing the future.


Introducción

Este artículo aborda la cuestión de la relación con el trabajo y con el futuro de un grupo de individuos que se declaran en resistencia contra el trabajo. La idea filosófica del rechazo al trabajo ha estado presente en textos de diversos autores casi desde el mismo surgimiento del capitalismo industrial fundado en el trabajo. Figuras como Thoreau, Dewey, Morris, Russell, entre muchas otras, dedicaron memorables páginas a criticar con acritud la colonización de la vida por el trabajo.

Hasta la actualidad, la sociología del trabajo apenas ha abordado esta cuestión desde la perspectiva de los trabajadores, a pesar de que hace eco a un conjunto de prácticas e ideas a las que se adhieren cada vez más agentes. La poca presencia de dicho tema en los estudios del trabajo está quizá vinculada con la prevalencia, aun en el medio académico, de la creencia social muy compartida sobre el carácter evidente e innegable del trabajo como medio de vida deseable para todo individuo adulto (Frayne, 2017).

Aquí conviene conjurar un posible malentendido que podría conducir al lector a una lectura desafortunada de todo el texto. En primer lugar, las prácticas de resistencia y las críticas al trabajo han acompañado al capitalismo industrial desde sus inicios (ver Thompson, 1994; Federici, 2010; Castro, 1999; Díez, 2014; Rifkin,1996, entre otros). Es un truismo que muchos campesinos y gente de los oficios, entre otros, prefieren ser “su propio patrón” y que, a partir de cierto nivel de ingreso, la gente prefiere cambiar horas de trabajo por horas de ocio o placer (Rifkin, 1996: 41). Mas, a reserva de detallar un poco su perfil en la segunda parte de este texto, los sujetos que aquí me ocupan tienen casi todos estudios profesionales y provienen de familias de la clase media mexicana. Con Bourdieu (1979) aprendimos que esta categoría social propende a invertir fuertemente en la escolaridad de los vástagos a fin de garantizarles un futuro profesional y laboral de éxito, principalmente como empleados de una gran empresa o una institución pública o privada.

La mayoría de los sujetos de marras son hijos e hijas de individuos que forjaron una vida articulada en torno al trabajo, y anhelaban para los suyos un destino al menos parecido. Intento mostrar en este texto que en momentos diversos todos rompieron con estas expectativas y asumieron una postura de abierta oposición al “dogma del trabajo”, con lo que han concitado el enfado o disgusto de más de un miembro de su familia de origen.

Como ha mostrado Frayne (2017), hay una dominante propensión social a considerar como chiflados o como hippies (calificativo más bien despectivo) a las personas que deciden negarse a pasar buena parte de su vida “encerradas” en una oficina,1 bajo la vigilancia de un jefe o un patrón. Por no estar insertas en el polo normativo del mundo del trabajo o, en palabras de Kurz, Trenkle y Lohoff, por resistirse a “empeñar la mayor parte de la energía vital en un fin absoluto ajeno”(2004: 120), se da por hecho que viven abrumadas por la incertidumbre contra la que, en teoría, abriga el trabajo.

Ahora bien, concedamos que los márgenes de la sociedad del trabajo están marcados por la incertidumbre y la dificultad para asir el futuro. Mas, como ha mostrado Sennett (2005) entre muchos otros, esta misma situación impera también entre quienes están plenamente integrados en dicha sociedad. No niego que haya quienes son felices en el trabajo; pero esto no significa en absoluto que sólo mediante la adhesión a esta condición laboral se pueda construir una buena vida. Como se verá en la narrativa de los entrevistados, es viable forjarse una vida plena sin emplearse en una institución o una empresa.

Aquí me atrevo a romper una lanza afirmando que la concepción del trabajo que heredamos del siglo xix ha colonizado nuestra mente de forma tal que nos ha vuelto incapaces de siquiera esforzarnos por comprender y aceptar la existencia de otra forma de relación con el trabajo. Así las cosas, en este texto intento defender el siguiente argumento: los individuos que hacen su vida en la resistencia, cuando no el rechazo, al trabajo están habitados por un ideal de vida que no condice con la entrega de su autonomía, su creatividad y la mejor parte de su tiempo a cambio de vacaciones que, en palabras de un entrevistado, “sólo sirven para reproducir la fuerza de trabajo”, y de un salario que da acceso al consumo de objetos que no tienen tiempo de disfrutar. Mostraré que dedicarse a lo que Flichy (2017) llama “el otro trabajo” conlleva una concepción diferente de la incertidumbre que, a su vez, implica arrostrarla de otro modo.

El desarrollo de esta tesis se despliega a lo largo de los cuatro apartados que integran el texto. El primero contiene un marco de análisis que sirve para dar sentido a la narrativa de los entrevistados sobre su percepción y su relación con el trabajo. Ofrece un marco de comprensión del rechazo al trabajo. A esto siguen unas consideraciones metodológicas que ofrecen un atisbo sobre cómo procedí para construir y analizar los datos empíricos que sustentan este artículo. En los apartados tres y cuatro reporto la narrativa de los individuos en lo tocante al significado de su resistencia al trabajo y a la forma como conciben y arrostran la incertidumbre que lleva emparejada su “no” al trabajo. Concluyo con una reflexión sobre el mensaje ético y político implícito en la relación de resistencia de estos individuos con el trabajo y lo que se ganaría en hacer caso a su crítica y resistencia.

Marco de comprensión del rechazo al trabajo

Existen diversas señales que conducen a pensar que los individuos actuales tienen relaciones muy ambiguas o aun contradictorias con el trabajo. En Francia, por ejemplo, la mayoría de ellos reportan estar contentos con su trabajo, mas apenas la mitad se consideran satisfechos con él (Flichy, 2017). Los sociólogos explican esta ambigüedad a partir de la distinción entre el sentido o el contenido y las condiciones del trabajo. Lo primero concierne a la utilidad o el fin de la actividad laboral, mientras que lo segundo apunta, entre otras cosas, a los medios y a la autonomía para decidir sobre el proceso de trabajo. Los individuos estarían contentos con el alcance de sus actividades en su dimensión de contribución a algo colectivo y por la oportunidad de mostrarse capaces o competentes, pero lo serían mucho menos por “los nuevos modos de organización del trabajo, que exigen más implicación personal del trabajador…, aumentan el estrés, porque implican una intensificación del trabajo. Si existe cierto gusto por el trabajo, regularmente se acompaña de sufrimiento” (Flichy, 2017: 96). Los datos y análisis que ofrece Pfeffer (2018) para Estados Unidos y otros países son coincidentes con lo observado en Francia. En general, los individuos encuentran cierto placer en realizar sus actividades por las que experimentan cierto apego, pero al mismo tiempo el marco en el que las llevan a cabo les genera mucho sufrimiento.

En lo que hace a México, el World Happiness Report (whr, 2019), en una escala de 0 a 10, reportó para el 2018 un índice de satisfacción en la actividad principal o la ocupación de los mexicanos encuestados de 8.8. Sólo las relaciones personales puntuaron más alto que la ocupación. Mientras que los académicos hablan una y otra vez, con cierto dejo de lamentación, de informalidad y de precariedad laboral, los trabajadores hacen una evaluación subjetiva más bien muy positiva de su actividad. Sin embargo, hay indicios de que la situación de sufrimiento, agotamiento o burnout descrita para otras sociedades también ocurre en estas latitudes. En 2017, la Organización Internacional del Trabajo reportó que 40% de los empleados mexicanos sufrían de estrés laboral debido, en parte, a la presión en el entorno laboral; en el mismo año, el presidente de la Asociación Mexicana de Psiquiatría observó que “hoy los trabajadores se ven sometidos a cargas de estrés que sobrepasan los niveles normales que puede manejar un individuo en un cargo que represente responsabilidades” (Poy Solano, 2017).

Otra señal del disgusto de los individuos por las actuales condiciones de trabajo la ofrece el gran número de “memes” llenos de sarcasmo y de burla, a menudo autorreferenciales, que circulan en torno a los empleados de oficina. El grupo de Facebook “Mundo Godínez”, que acumula poco menos de dos millones de seguidores, ofrece un sinnúmero de imágenes, acompañadas de miles de comentarios que permiten acercarse, de modo limitado cierto es, pero también valioso dada la espontaneidad de los comentarios, a la percepción y la evaluación de esos trabajadores de las formas actuales de organización del trabajo (asalariado). Imágenes y comentarios suelen apuntar a los “infortunios” que son como el shibboleth de la vida de oficina: la falta de autonomía, los constreñimientos de horarios, la vigilancia, el burnout, el boreout, etc. Estas situaciones entrañan una forma de precariedad que Linhart (2009) califica de subjetiva, la cual puede llegar a ser más perniciosa que la forma de precariedad (objetiva) de la que tanto se habla en los estudios del trabajo.2

Numerosos autores atribuyen la actual degradación de las condiciones laborales al auge de la ideología gestionaria de la gerencia (management) en la organización del trabajo (Thoemmes, Kanzari y Escarboutel, 2011; Marzano, 2011; Gaulejac, 2008; Bermúdez, 2017), la cual coloca a los empleados frente a exigencias contradictorias de ser autónomos bajo órdenes o de seguir determinados estándares de excelencia y éxito contrarios o ajenos a sus propias perspectivas de buen desempeño y de bienestar.

Al contrario de lo que se cree, la muy socorrida flexibilidad de la organización del trabajo de la época posfordista no significa en absoluto menos vigilancia o más autonomía en la realización de las tareas. Como han mostrado algunas investigaciones (Boltanski y Chiapelo, 1999; Marzano, 2011), la autonomía prometida en el posfordismo no es más que un señuelo que ha servido para conducir a una implicación o una entrega mucho mayor de los empleados, en desmedro de su vida personal y familiar (Thoemmes, Kanzari y Escarboutel, 2011; Marzano, 2011) y de su integridad psíquica (Aubert y Gaulejac, 1993).

Esto ha llevado a Linhart (2016) a ver en el posfordimo una radicalización de ciertas prácticas nodales del taylorismo, como la vigilancia mediante los nuevos instrumentos tecnológicos y la colonización de la vida por el trabajo. Como se sabe, muchos empleados de los niveles de responsabilidad más altos tienen jornadas laborales muy largas y deben estar disponibles en todo momento para potenciales requerimientos de las empresas o de los clientes (Thoemmes, Kanzari y Escarboutel, 2011; Reid, 2015; Laillier y Stenger, 2017). Con la aspereza que caracteriza su prosa, Kurz, Trenkle y Lohoff describen así esta realidad:

La vida tiene lugar en otro sitio, o en ninguno, porque el ritmo del trabajo se adueña de todo. A los niños se les adiestra para el tiempo, para que después sean “laboralmente aptos”. Las vacaciones sólo sirven para reproducir la “fuerza de trabajo”. E incluso cuando comemos, salimos por las noches o amamos, suena el reloj de fondo (2004: 112).

En el taylorismo el trabajo se adueñaba del cuerpo de los trabajadores, mas no de su mente, que podía lanzarse en idílicas ensoñaciones mientras realizaban sus tareas; en cambio, en el postfordismo, el trabajo los acompaña a todas partes, en todo momento (Marzano, 2011).

Ahora bien, la tendencia dominante, ayer y hoy, a perder su vida en el esfuerzo no es inherente a la naturaleza humana. No está en la constitución biológica o evolutiva del animal humano, como quizá de ningún otro, el amor al esfuerzo agotador o a una vida de dedicación absoluta al trabajo sin tregua (Bohler, 2019). La actual cultura del esfuerzo físico y emocional, tanto más duro cuanto mejor, es el resultante de cerca de dos siglos de conspicua construcción de la ética del trabajo y de su deriva lógica, la sociedad del trabajo (Graeber, 2018; Bauman, 2000).

Esto ha implicado que se busque

Desterrar, por las buenas o por las malas, …el difundido hábito que vieron como principal obstáculo para el nuevo y espléndido mundo que intentaban construir: la generalizada tendencia a evitar, en lo posible, las aparentes bendiciones ofrecidas por el trabajo en las fábricas y a resistirse al ritmo de vida fijado por el capataz, el reloj y la máquina (Bauman, 2000: 18).

La fe en las virtudes éticas y cívicas del empleo supera los tradicionales clivajes políticos; y el fomento de éste se ha convertido en la obsesión de todo gobernante o de todo candidato a tal que tome en serio su éxito y su popularidad.

Como han mostrado varios autores (Frayne, 2017; Polanyi, 2003; Méda, 2001), el vínculo entre trabajo, sentido cívico y conciencia de la autovalía es una construcción históricamente fechada cuya aparición entrañó el aniquilamiento o invisibilización de otras formas más antiguas de construir la vida y el sentido del propio valor en torno a referentes otros que la relación laboral de subordinación. El asimiento de esas otras formas de relación con el trabajo exige pensar éste en términos diferentes a los de “valor” de cambio, “ganancia”, “acumulación”, etc. (Panoff, 1977). Lo que conduce a formular la tesis en torno a la cual se articula este texto: hacer su vida “al margen” de la sociedad del trabajo o resistirse a éste es otra forma de fabricarse a sí mismo, de asumirse de modo autónomo y de ser socialmente útil de otra manera.

Las consideraciones anteriores tienen toda su pertinencia por cuanto la posición de los entrevistados hacia el trabajo, que expondré más adelante, tiene mucho de reacción sea contra la situación de agotamiento laboral, porque más de algunos de ellos lo padecieron en su pasado de empleados, sea contra el imperativo de hacer del trabajo el fundamento de la vida.

Investigar los márgenes de la sociedad del trabajo: consideraciones metodológicas

Flichy (2017) distingue dos perspectivas metodológicas en el estudio del trabajo: la primera es la más tradicional y se centra en el estudio del trabajo propiamente dicho; esto es, se focaliza en las variables más bien objetivas relativas a los trabajadores y las empresas. Este enfoque se interesa en la dinámica general del mundo del trabajo. La segunda perspectiva se interesa por la actividad de los trabajadores. Su foco de atención es lo que hacen cotidianamente los individuos, que pueden ser múltiples ocupaciones, los posibles vínculos entre una actividad y otra y, sobre todo, la manera como vinculan la o las actividades laborales y otras dimensiones de su vida. En otras palabras, la mirada se pone en el contenido de lo que hacen los individuos y el sentido que dan a ello.

Este enfoque se interesa por “el hacer” (le faire) (en la herencia de Dewey) y asume al ser humano como un hacedor de objetos, un “fabricante de herramientas” (Renault, 2012: 127); así, “el hacer” se vuelve constitutivo de la vida de todo ser humano. Allende el espectro del empleo, la vida de numerosos individuos transcurre en un constante bricolaje en el que llegan a mezclarse esfuerzo, fatiga, placer y satisfacción. Como muestra Flichy (2017), muchos asalariados hallan en el “hacer” el espacio de creatividad, de sociabilidad, de florecimiento humano que les es negado en sus empleos. Ésta es la perspectiva que adopto en la investigación en que se basa este texto; en ésta intento documentar formas actuales de relación con el trabajo que en el discurso y en la práctica rompen, o al menos lo intentan, con el paradigma (simbólicamente) dominante de vinculación con el mundo del trabajo.

Dewey (1998, 2008) distingue y opone “trabajo” a “labor”. El trabajo es, para él, asimilable al juego y al arte, por cuanto supone experimentar, crear, expresarse como un ser libre y singular; además, y es lo más importante, el fin del trabajo es intrínseco, es el placer mismo de hacerlo o, in fine, es la confirmación del trabajador como hacedor o generador. El resultado del “hacer/trabajo” es una suerte de gratificación interior, una afirmación de sí en su unicidad. En cambio, llama “labor” a la actividad gravosa cuyo fin es extrínseco y ajeno a los fines personales del individuo. El capitalismo industrial articuló y enalteció la “labor” en detrimento del “trabajo” o del “hacer”.

Cuando hablo de rechazo o resistencia al trabajo de los sujetos de mi investigación debe leerse como rechazo a la “labor” en el sentido de Dewey; y esa negatividad conlleva una defensa del trabajo entendido como “hacer”. Son individuos portadores de un discurso sobre el trabajo que los asemeja a los que estudió Frayne (2017) en el Reino Unido; esto es, rechazan el trabajo o se resisten a él por razones diversas y ensayan formas más autónomas, lúdicas, creativas y, en unos casos, solidarias de ocuparse y generar recursos o bienes. En esto, la mayoría de ellos se mantiene a distancia de la vulgata en torno al emprendimiento. Si bien comparten algunos rasgos con los emprendedores (sobre todo los del mundo de las startups), en todo caso pienso que se distinguen de ellos en lo que hace al sentido o al objetivo del trabajo. En general, aquéllos están plenamente insertos en las lógicas del nuevo capitalismo, mientras que la mayoría de mis entrevistados son más bien críticos de ellas.

Con base en entrevistas realizadas a individuos que explícitamente se declaran contrarios o resistentes al trabajo, ofrezco en este texto un acercamiento a su manera de percibir el futuro, de vivir con la incertidumbre y las posibles inquietudes que los habitan en estos respectos. Este artículo concierne entrevistas realizadas a 19 de ellos, nueve mujeres y diez varones. Estudiaron al menos hasta la licenciatura, a excepción de dos, cuya resistencia al trabajo conllevó el rechazo de la universidad. Empecé por entrevistar a conocidos cuyas críticas hacia el trabajo ya conocía; ellos mismos me contactaron con amigos con quienes comparten estas disposiciones. También, a partir de compartir una breve descripción del estudio y el tipo de perfil que me interesaba entrevistar, varios colegas me pusieron en contacto con potenciales colaboradores a quienes también he entrevistado. Las entrevistas duraron entre hora y media y dos horas y media.

En todos los casos, al menos uno de los progenitores tienen estudios profesionales y se desempeñan como tales. Por ende, se trata de individuos bien provistos en capital cultural y pertenecen a la clase media. Es sabido que, en América Latina, el surgimiento y la expansión de la clase media están directamente vinculados con las acciones del Estado en materia de desarrollo (Bertaccini, 2009; Escobar y Pedraza, 2010, Wortman, 2010; León, Espíndola y Sémbler, 2010). Dicha categoría social se benefició de la modernización, la urbanización y la expansión del Estado, que crearon millones de ocupaciones y “condiciones favorables en materia de precios, servicios sociales y urbanos y de crédito, que facilitaron el acceso a un nivel de vida más elevado para los trabajadores urbanos formales” (Escobar y Pedraza, 2010: 358). En otras palabras, dicha clase social es hija de la industrialización, de la democratización educativa o de la creación de la economía de servicios; todo esto de la mano del Estado en Latinoamérica. Así, Bertaccini (2009) hace de la clase media mexicana moderna una construcción del poder público, cuyo comienzo sitúa en los primeros años de la década de los cuarenta.

Producto de la movilidad social ascendente que impulsó el Estado desarrollista, la clase media tiene una especial relación con el trabajo y el imaginario que lo han sustentado. A esta categoría social, Bourdieu (1979) la hace portadora de la “buena voluntad cultural”; esto es, hace de la inversión en la educación y de la apropiación de bienes culturales el principal activo para la conservación de su posición en la sociedad. Lo que se lega a los hijos, a fin de preservar dicha posición, es la formación profesional superior y el celo laboral. Así, el rechazo al trabajo tiene un poco de ruptura con una herencia familiar, que no deja de concitar desacuerdo, suspicacia, malentendido o crítica.

Los entrevistados se dedican a las más variadas ocupaciones. Entre ellos hay quien fabrica cerveza artesanal, quien hace traducciones e interpretaciones, dos elaboran panes y hacen trabajos de carpintería más otros oficios, quien da clases de yoga, de danza y hace terapias alternativas, quien hace tatuajes, quien escribe, traduce y está fundando una pequeña editorial, etc. Una característica común a la mayoría es que aborrecen de la especie de “nobleza ocupacional” a la que suele vincularse la posesión de un título universitario (Crawford, 2010); esto es: no tienen reparo en desempeñar cualquier actividad (socialmente útil y sancionada).

Por lo mismo, profesan cierto gusto por los oficios y el trabajo manual (“aprender a hacer cosas con mis manos” es en lo que considera una entrevistada que ha crecido desde que dejó de vivir para el trabajo). En este punto se emparentan con los makers y con los hackers (Berrebi-Hoffman, Bureau y Lallement, 2018), con los individuos contrarios al trabajo estudiados por Frayne (2017) y los empleados apasionados por el bricolaje y por disponer de espacios para “otro trabajo”, para el “hacer”, observados por Flichy (2017). También están en total coincidencia con las posiciones críticas de escritores contemporáneos como Smart (2004), Abenshushan (2013), Weeks (2011), entre muchos otros, hacia el culto del trabajo.

Los entrevistados coinciden en que estar “al margen” de la sociedad del trabajo-salario requiere ocuparse en diferentes actividades por el gusto y la necesidad existencial de hacerlo. Para fines de este texto, analicé las entrevistas centrándome en la parte de las narrativas concernientes a las formas de asir el futuro y de proyectarse en él, de arrostrar la incertidumbre y de significar su particular relación con el trabajo, esforzándome por “comprender” (Bourdieu, 1993) las razones de unos y otros por construir una relación de relativa distancia o de abierta resistencia hacia el trabajo. Asumir que alguien puede tener suficientes razones para tener aversión a la relación laboral patrón-empleado (como las puede haber para estar relativamente bien en ella) constituye un buen antídoto contra el riesgo de imponer inconscientemente a los entrevistados las preguntas no controladas, espontáneamente extraídas de las ficciones socialmente compartidas sobre la relación legítima con el trabajo o de mi propia condición de empleado de una universidad.

Es notable la coincidencia en el discurso de estos individuos en lo que hace a las razones de su distanciamiento del trabajo, a su aprehensión de la incertidumbre, a su modo de asir el futuro, entre otras cuestiones. A este respecto, variables como sexo, edad, estado civil, tener o no hijos, escolaridad, lugar de residencia no hacen diferencia. Por lo mismo, los fragmentos citados de tales o cuales entrevistas son relativamente representativos de la visión de todos sobre el tema en cuestión. No significa esto que la muestra sea homogénea; al contrario, procuré que lo fuera lo menos posible en cuestiones como trayectoria escolar y socioporfesional, mas estas variables no aportan variación alguna en lo que hace a la percepción sobre el lugar que el trabajo debe tener en la vida.

El principal elemento de variación entre las posiciones es de orden ideológico, por cuanto algunos se sitúan “abajo y a la izquierda” y con ciertas afinidades con el anarquismo y el anticapitalismo, mientras que otros se describen como indiferentes o distantes de la política; más allá de estas diferencias, hay cierta convergencia acerca del sinsentido de entregar su vida al trabajo y de ocuparse en actividades de poco interés y utilidad social.

Ilusiones perdidas” o de la vida prometida y soñada que nunca fue ni será

La sociedad que se construyó en torno al salario se caracterizó por la entrega de la autonomía del trabajador al patrón a cambio de la estabilidad de su empleo y la seguridad material (Castel, 1995). A esto se añadió, como tercera característica, la promesa de cada vez mayor capacidad de consumo (Rifkin, 1996). En un mundo en el que la fabricación de objetos aumentaba a velocidad vertiginosa, la viabilidad del capitalismo pasaba por el fomento irrestricto del consumo y la promoción de la entrega asidua al trabajo como vía de acceso a la “felicidad” de una vida saturada de objetos manufacturados. No es exagerado afirmar que el éxito del capitalismo fordista descansó en el ajuste entre trabajo y consumo mediante el crédito (Rifkin, 1996). El trabajo se construyó como constitutivo del valor individual y de la pertenencia social de los individuos, mientras que el consumo fue erigido en medida del éxito alcanzado por éstos. Una duradera ideología subyacente a esta organización social, fuertemente articulada en torno al trabajo, consiste en la firme creencia en una vida de bonanza como resultado inevitable de la entrega al trabajo. Desde hace unas cuatro décadas o más, la realidad del mundo laboral camina en sentido contrario a dicha creencia que, paradójicamente, continúa alimentando la visión y expectativas de muchos sobre el trabajo.

A Liliana, con estudios de licenciatura en medios y de posgrado en desarrollo urbano y cerca de 25 años de experiencia laboral en diferentes medios de comunicación, sus padres y profesores le hicieron creer que trabajando con dedicación y seriedad tendría una vida materialmente decorosa y su bienestar futuro estaría garantizado. Durante años se la creyó; descuidó su vida personal, su familia, sus amistades y otras actividades de interés en aras de materializar esa promesa.

En una primera conversación, reflexionó:

Me vendieron la idea de que trabajando desde pequeña y mucho seguramente iba a tener una vida cómoda. Hasta ahora, he hecho eso pero nada de lo prometido ha ocurrido. Antes bien, cada vez trabajo más, pero los resultados son cada vez menores (entrevista con Liliana, 46 años, madre de dos niños, julio 2019).

Su visión del trabajo corresponde con los dos principios arriba referidos, con los que Graeber (2018) caracteriza los empleos de nuestros tiempos modernos. Nuestra sociedad hace depender el valor y la dignidad de las personas de su relación con el trabajo, pero al mismo tiempo éste se ha vuelto aborrecible. En otras palabras, el trabajo se ha vuelto un fin en sí mismo y tiene que ser nocivo para la vida de las personas. Según Graeber, “es por ser horrible que el trabajo moderno tiende a verse como un fin en sí mismo… En otras palabras, los trabajadores obtienen sentimientos de dignidad y autoestima porque odian sus trabajos” (2018: 242).

Liliana considera que ha estado persiguiendo la soñada realidad de darse una buena vida con el trabajo, pero dicha realidad siempre se le ha escapado; mientras más la persigue más lejana, evasiva, escurridiza se vuelve. Ha llegado a un punto en que se dio cuenta que mientras más trabaja, más difícil le resultaba llegar a fin de mes con un poco de dinero. Categórica, remata su reflexión con esta afirmación: “Ya no quiero más de eso”. Su resistencia a la sociedad del trabajo tiene su base en cierto despertar al principio de realidad.

En un segundo encuentro, reiteró la reflexión sobre su experiencia de trabajo en el medio periodístico y ofrece su visión del trabajo:

Yo cuando salí de la universidad quería trabajar, ya estaba trabajando, me encantaba trabajar, pero empecé a sospechar desde muy temprano que eso que me encantaba hacer que era el periodismo; había empresas que aprovechaban de ese amor que yo tenía de esa chamba para explotarme. Por ejemplo, en un periódico tenía cinco años, éramos muchísimos, de hecho en cinco años a nadie le subieron el sueldo, jamás. O sea, cinco años trabajamos sin aumento. Y como estaban empezando a despedir y recortar, recortar, recortar y recortar, cada vez había menos gente y cada vez teníamos más chamba. Y como te dije: anteriormente eran otras dos chambas además del periódico. Entonces como que llegó un momento en el que incluso el cuerpo de las personas se va deteriorando: su salud, sus emociones, su vida en pareja; pues en mi ambiente laboral, en el ambiente en que me he movido, las personas se divorcian dos, tres, cuatro veces, y por supuesto que hay muchísimos factores que generan un divorcio, pero uno muy importante en el caso de mi campo es la falta de tiempo. La gente no tiene tiempo para estar con alguien más que con sus compañeros de trabajo… O la gente se emborracha muchísimo… Entonces, para mí qué es el trabajo en este momento de mi historia… pues es algo terrible, es algo que está generando explotación, que no deja que la gente viva feliz o con calidad de vida; si quieres poner así un adjetivo no emocional que se pueda medir: que no vea a sus hijos, que no puedas tener aun así unas vacaciones en un pueblito de Jalisco, que de todas maneras nunca tengas dinero, tampoco tengas tiempo y además tampoco puedas, aunque quisieras, criar a tus hijos o estar con tu pareja, etc. …Siempre la gente está pensando que la van a despedir, desde mi percepción a cambio de nada, a cambio de un sueldo pinche que no te deja siquiera llegar a la quincena (entrevista con Liliana).

Esto es coherente con la idea del trabajo convertido en un fin en sí mismo, aun a expensas de la sostenibilidad de la vida de los trabajadores. Una vez que se ha erigido la entrega al trabajo en cifra de una vida plena, se vuelve uno incapaz de reconocer y de dar importancia a miles de otras cosas que dan contenido a una vida humana. Frayne (2017) habla de colonización de la vida por el trabajo cuando se vive bajo el imperativo de someter toda la existencia a la tiranía del reloj de una oficina o de estar siempre disponible para “lo que se ofrezca”. La resistencia de Liliana es contra dichas tiranía y colonización de la vida por el imperio del trabajo. Así lo expresa:

A mí me parece que el trabajo se ha vuelto algo… desde que estaba en el periódico, digamos, hay un sistema que te hace pensar y creer que si no estás ahí todo el tiempo eres menos productivo, tu trabajo vale menos o simplemente eres un huevón [holgazán]. Y siempre cuestiono… el hecho de que alguien tiene que trabajar de 9 a 2 y de 4 a 7 de la noche. Esto implica salir de su casa a las 8 de la mañana y regresar a las 8 de la noche; o sea, son 12 horas reales de trabajo fuera de tu casa. Yo creo que el trabajo es algo importantísimo, pero tendría que ser algo placentero, social, útilmente social, y además que no implique que tengas que dar tu vida o dejarla solamente en una oficina. Es decir, una persona tiene distintos momentos, distintas necesidades más allá que solamente el trabajo… O sea, aunque no tienes hijos, tienes una pareja, quieres ir al cine, quieres ir a un concierto, oír música, ver a tus amigos, blablablá (entrevista con Liliana).

Al igual que Liliana, los otros colaboradores de la investigación concuerdan en que el trabajo debe ser una fuente de alegría, de progreso personal, de manifestación y de desarrollo de las potencialidades de los individuos. Lo que rechazan es la dominante tendencia actual a imponer el trabajo como “única alegría verdadera”. Ya a principios del siglo xx había visos de esto; por eso Robert Walser le dedicó varias páginas de mordaz sátira, pero nunca imaginó que, un siglo después, el trabajo llegaría a ser, en palabra de Liliana, “una sanguijuela” que causa graves estragos en la vida de cada vez más personas en todo el mundo (Pfeffer, 2018).

Macrina también vivió, por un tiempo, con la convicción que el trabajo da acceso a los bienes que, a su vez, conducen a una vida plena. Con formación en trabajo social, durante cinco años trabajó para una empresa de telecomunicaciones que le permitió conseguir los bienes que creía esenciales para su vida; mas al conseguir eso, se dio cuenta de que la plenitud de su vida no pasaba por tener un trabajo así ni por la adquisición de los bienes con que suelen vincularlo.

Estar un año entero con un horario de 8 de la mañana a 8 de la tarde todos los días, no, ya no lo hago. Antes yo lo hacía porque tenía una meta. Mi meta era hacer dinero para irme a viajar. O sea, yo tenía ese trabajo porque sabía que en algún momento me iría, tenía metas. Una era comprarme la furgoneta para viajar, otra era el coche, el otro era hacer dinero para viajar, ¿sabes? Pero en el momento en que yo empezaba a tener todo ese dinero y todo, no me gustaba eso. No. No creo que sea sano para nadie. El ser humano no ha venido aquí para trabajar. Ha venido para gozar y para compartir. Y hay trabajo para todo el mundo como para que todo ser humano trabajáramos cuatro horas al día, que todos pudiéramos trabajar, ¿sabes? Todos tener su montón de dinero, todos poder estar felices, tener trabajo y tener [viabilidad]. Pero el sistema nos quiere atrapados, el sistema nos quiere esclavos. Yo ya no quiero formar parte de este sistema (entrevista con Macrina, 37 años, soltera, junio de 2019).

Lo que llama sistema se cifra en la organización de la vida en torno al trabajo sin tregua y al consumo de fin de semana como forma de compensación o de olvido de la vida que se le va a uno en las largas jornadas de trabajo (el motor del capitalismo). Es otra manera de decir que el trabajo coloniza nuestra imaginación de forma tal que nos resulta impensable otra forma de construir la vida que no sea trabajando y mucho (Russell, 2017) “en cosas que especialmente no [se] disfrutan”, según Graeber (2018), y comprando cosas superfluas o que no se tiene tiempo de usufructuar (Frayne, 2017).

Así, en opinión de Mariana (33 años, maestría en traducción, soltera, julio de 2019), la vida de la mayoría de las personas se resume en que “uno nace, crece, trabaja, trabaja… y muere”. Y considera que quienes se someten a esta forma diminuta de organización de la sociedad y de la vida lo hacen porque no conocen otra manera de forjar y llevar la vida que no sea trabajando. Los participantes de esta investigación, por razones diversas, se han despertado a su manera de ese “sueño dogmático” llamado “vivir para trabajar o trabajar para vivir”, y buscan forjarse una vida de miles de formas, entre las que el trabajo es sólo una más.

De otro modo de construir el futuro y arrostrar la incertidumbre

La sociedad industrial (o la modernidad misma) despojó a los individuos de las posibilidades de construir su mundo y de forjar su vida usando sus propios recursos materiales e imaginativos. Al convertirlos en trabajadores u obreros de fábricas cuyo propósito les era ajeno, desarticuló sus mundos de vida y les desposeyó de sus capacidades instituyentes (Polanyi, 2003). Los arreglos instrumentados en el marco del Estado de bienestar que otorgaron a esos trabajadores ciertos medios para aminorar las incertidumbres de la vida y arrostrar el futuro con cierto sentimiento de “seguridad”, en realidad, los volvió “frágiles”. Esta consideración es contraria a la socorrida creencia que vincula seguridad o certidumbre con la condición laboral con contrato por tiempo indefinido.

Nassim Taleb (2013) ha acuñado el término “antifragilidad” para referirse a una propiedad de los individuos y otros sistemas complejos que los hace beneficiarse o crecer en la adversidad y los vuelve ágiles para enfrentar el riesgo y la incertidumbre. Siguiendo su razonamiento, sostengo que la sociedad del trabajo que a finales del siglo xix y primeras décadas del xx se construyó condujo a la producción de individuos frágiles y carentes de recursos para plantar cara a crisis como el cierre de una fábrica o un despido cualquiera. La lectura que hace Cole (2007) del drama del desempleo de los varones de Marienthal que hicieran famoso Jahoda y colegas se condice con esta proposición. Cole muestra que la instalación en dicha comunidad austriaca de la empresa cuyo cierre dejó en el desempleo a cientos de hombres destruyó las antiguas formas de sociabilidad, de dominio sobre el tiempo, de relación con el futuro, de construcción de sentido de su vida; y esa transformación en su modo de hacer su vida que los hizo depender absolutamente del trabajo fabril los volvió frágiles, incapaces de arrostrar con entereza las vicisitudes y de idear otras formas de dar contenido y de forjar su vida. Como afirmara Thoreau (1983), la sociedad del trabajo, al imponer éste como única forma de vivir, escamoteó todas las otras vías de construirse una vida y hacer sociedad. Privó a los individuos del sentido de utilidad y de verdadero impulso de vida.

En la percepción de Taleb (2013), los sistemas que propenden a eliminar la aleatoriedad y la variabilidad (suertes de “lechos de Procusto”) en la vida son ellos mismos frágiles y conducen a la constitución de individuos también frágiles. Así, sostiene que un taxista con ingresos sumamente variables es mucho menos frágil (o más “antifrágil”) que un empleado cualquiera de tiempo completo y contrato por tiempo indeterminado. En consecuencia, pienso que situarse en los márgenes de la sociedad del trabajo entraña una condición de “antifragilidad” que vuelve positiva la incertidumbre y permite imaginar el futuro como posibilidades antes que como amenaza.

Esto explica, en parte, el rechazo de los individuos de esta investigación a la idea de pasar sus vidas entre cuatro paredes, realizando tareas monótonas definidas por otros, en un horario rígido. He dicho que todos se ocupan en diversas cosas que realizan en espacios diferentes, en horarios flexibles y a ritmos autónomamente definidos. Rechazar el trabajo conduce a (o proviene de) apostar por la antifragilidad de vivir en la aleatoriedad y por la diversificación de las formas de trabajar, de estar en el tiempo, de consumir y de vivir.

Para Tomás, quien abandonó tres licenciaturas y es contrario a toda forma de estructura vertical de subordinación del estilo de la escuela y la empresa, la incertidumbre es más propia de los que trabajan por un sueldo, porque son los que están pensando en un futuro. En lo que hace a él, sabe ya qué habrá en su futuro: anarquía como escritor y editor, el oficio de panadero, más alguna(s) otra(s) cosa(s) dejada(s) a la aleatoriedad de su existencia. Aquí su posición sobre la incertidumbre y el futuro:

Tomás: No, ésas son cosas en las que piensan los que trabajan (risas). Porque esas personas son las que piensan en certidumbre o en incertidumbre a futuro.

Entrevistador: En tu caso, ¿por qué no piensas en eso?

Porque… para qué pensar en eso (risas). Digamos que hasta ahora nunca me ha faltado nada, todo se ha dado. Y entonces para qué preocuparme, ponerme a pensar en cosas que me pueden preocupar si desde que tomé esta decisión, siempre ha salido algo, incluso cuando así… así sin dinero y nada; o sea, de repente sale la carpintería, ¿no?, me la pasé genial. Y luego las traducciones y luego el pan, siempre ha salido algo que me mantiene a flote. Y claro, o sea, sí, hay momentos en que ¡puta!, ahora sí, hace un mes que no pasa nada, mis ahorros se están yendo. Hay momentos así, no sé, ya después de 15 años así ya estoy un poco calado y digo: algo va a salir. Y siempre aparece algo. Entonces, por eso, no, incertidumbre ninguna (entrevista con Tomás, 37 años, soltero, oficios diversos, 19 de septiembre 2019).

Para estos individuos, la certidumbre que otorga el trabajo es una debilidad (o una fragilidad) por cuanto coarta la creatividad y aleja de los problemas y los retos. Desde luego, cuando se ha tenido la experiencia de tener un ingreso fijo a fin de mes y, más aún, durante años la educación los ha llevado a asumir que es el legítimo anhelo, permanece el miedo frente a los azares de la existencia incluso cuando ha habido un firme y razonado rechazo a la vida de entrega al trabajo. En todo caso, la vida de trabajo con su incierto oropel de seguridad infunde más miedo. Reflexiona Liliana:

[No contar con ingresos fijos] me da un poco de miedo pero me da más miedo todavía tener los beneficios de la vida laboral insegura, como lo es, a cambio de estar en una oficina, por más bonita que sea, por más de oro que sea… Y sobre todo, perder el contacto con lo que hay afuera. Me espanta esa posibilidad, me espanta la posibilidad de no poder ir al centro un día entre semana a ver cómo funciona la ciudad, de no poder ir en un autobús urbano, de no poder… O sea, esas cosas que deberían, deberíamos todos tener la posibilidad de hacerlas, en realidad, no muchas personas podemos hacerlas. Me espanta muchísimo esas cosas. O quiero hacer otras cosas además de trabajar, ¿no? Entonces, ahora quiero hacer arte, otras cosas que no sea trabajar. No sé cómo lo voy a hacer, pero estoy pensando (entrevista con Liliana).

Muchos de los participantes en la investigación renunciaron a empleos “estables” y bien remunerados porque no era como deseaban hacer su vida. En palabras de una de ellos, siempre tenía la posibilidad de trabajar más y ganar más y así insertarse en un espiral de trabajo y consumo sin sentido. Por el arrojo que tuvieron para esa renuncia, aun para el disgusto de su círculo cercano, tienden a proyectarse hacia el futuro con desenfado confiados en que en caso de presentarse una dificultad, como vimos con Tomás, sabrán resolverlo como hasta ahora lo han sabido hacer. Así también Macrina:

la palabra preocupar es ocuparse antes de tiempo. Entonces, todo tiene solución, todo es perfecto. No hay que preocuparse por nada (risas). Estoy loca, ¡eh! Eso piensa la gente cuando me escucha. Pero sí, a lo mejor estoy loca, pero estoy feliz, así siendo loca (entrevista con Macrina).

Ella se proyecta un futuro de nómada; y lleva ya varios años viajando por diversas partes del mundo. Gracias a diversas habilidades que tiene (clases de yoga, masajes, reiki, etc.), donde sea que haya llegado ha sabido hacerse de recursos para mantenerse y seguir viajando. En el transcurso, ha aprendido a vencer el miedo a lo que pueda ocurrir y confiar en que, pase lo que pase, al final todo se arregla. Cuenta que al principio de su último viaje a la Argentina, donde fue a visitar a una amiga que conoció durante otro viaje y donde también se hizo varios nuevos amigos,

era de qué será de mí, qué pasará si no encuentro un lugar, si no encuentro dinero y tal. Y siempre lo encontré; siempre, siempre en el momento en que necesitara cualquier cosa, esa cosa ha aparecido. Y el último miedo que he tenido es: “si me quedo sin los ahorros que tengo, y si me quedo sin poder sacar dinero…” Y, aquí ahora en este último mes, nos fuimos a viajar con unos amigos y me quedé sin dinero porque mi tarjeta no funcionaba aquí en [la región], no podía sacar dinero, me quedé sin un peso, no tenía ni un peso en mi bolsillo. Y todo, todo se dio. No me faltó comida, no me faltó… unos amigos que aparecieron que fueron ángeles, que estuvieron a mi lado y me ayudaron en lo que pudieron y ellos también hacían música y me enseñaron que haciendo música y malabares se podía hacer más dinero y poder vivir. Entonces, ahí fue cuando perdí el miedo a todo, porque se puede y que … la magia existe. El último miedo que era ése, y creo que me lo creé yo, lo manifesté yo, porque fue como “qué pasaría si mi tarjeta no funciona y si me quedo sin poder sacar dinero y tal”, y pasó. Lo manifesté y pasó. Supongo que el universo lo manifestó para enseñarme que no pasa nada, que todo sigue igual. Ahora ya no tengo ninguna preocupación, ninguna. Perdí el último miedo que me quedaba (entrevista con Macrina).

Aludí a la renuncia que consintieron la mayoría de estos individuos; a ella corresponde una apuesta por una vida de sobriedad. Consideran que no tuvieron que renunciar a la posibilidad de hacerse de ciertos bienes materiales porque eran cosas que ya habían considerado no esenciales para su vida, eran cosas que de todos modos no querían. Esto está en consonancia en varios de ellos con cierta preocupación por las urgencias climáticas actuales y una posición contraria al consumismo.

Reflexiones finales

En este artículo he intentado dar cuenta de la forma en que un grupo de individuos se esfuerzan por probar otra manera de forjar su vida y de afiliarse a la sociedad situándose, en lo posible, “al margen” de la organización del trabajo fordista o posfordista. En realidad, esos individuos no manifiestan un rechazo al trabajo en cuanto tal o en su dimensión de “hacer”; como he dicho, la mayoría de ellos están ocupados en al menos un tipo de actividad regular y muchos se audefinen como “multiusos”. A lo que oponen resistencia o “rechazo” es a la “labor” típica de la sociedad del trabajo surgida del fordismo, que predomina en la mayoría de las grandes empresas y organizaciones públicas y se caracteriza, para una proporción de trabajadores de alta cualificación, por una absorción total del tiempo de vida de los individuos, la falta de autonomía, el agotamiento psíquico, el estrés y la falta de sentido o de utilidad social de las tareas a realizar.

Quienes en el mundo actual se resisten a someterse al imperio del trabajo, cuyos efectos deletéreos sobre la vida son quizás más graves hoy que hace un siglo, buscan ocuparse en actividades que les permitan hacer una vida por mucho coincidente con el ideal ético deweyano. Su concepción del trabajo y la forma como buscan ocuparse corresponde a lo que ese filósofo conceptualizó como “hacer”. Este concepto se refiere a un tipo de trabajo cuya utilidad asumida como medio de hacer vínculo con otros y de florecimiento personal antecede la dimensión económica.

Al negarse a entregar su vida al trabajo, estos individuos optan también por priorizar muchas otras cosas que una vida de trabajo suele marginar. Abre la vía para dedicarse a una diversidad de actividades en las que se ponen a funcionar propiedades antropológicas y habilidades distintas de cada uno. A mi parecer, lo decisivo es que en su relación con el trabajo subordinan todo a su bienestar, subordinan la producción de objetos o la generación de recursos a su integridad física, mental, emocional y a la sostenibilidad de sus relaciones humanas y, en algunos casos, medioambientales. Hoy como en el pasado, se trata de una categoría de individuos minoritarios, y en algunos aspectos privilegiados, quienes optan por cuestionar la reducción de la vida al trabajo y otean otras formas de hacer de la actividad laboral una dimensión existencial más. Con todo, la fuerza de su resistencia está en su posible alcance simbólico; a saber: hay posibilidades de construir una (mejor) vida apostatando de la religión del trabajo.

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Ducange Médor es doctor en Ciencias Sociales por el Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social (ciesas). Actualmente es académico del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara. Ha realizado investigaciones sobre dinámicas socioeconómicas de hogares monoparentales, egresados universitarios e inserción laboral, profesionales autónomos y emprendedores y su relación con el trabajo y prácticas de resistencia al trabajo asalariado. Sus temas de interés son trabajo, educación, género y subjetivación.

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